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Entrevista a Antonio Amer

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«A través del diorama rememoro la esencia de Valdemoro»

 Una de las cualidades de la cultura y el arte que mayor interés me suscita es su capacidad de crear, promover y conservar el imaginario colectivo. Desde la infancia acumulamos experiencias que se vinculan a imágenes que se quedan grabadas en nuestra memoria. Esas imágenes, de manera consciente e inconsciente, contribuyen a la construcción de nuestra personalidad y la forma que tenemos de relacionarnos con el mundo.

Las grandes producciones cinematográficas o las obras literarias por excelencia contribuyen a un imaginario e identidad colectivos que abarcan temas de gran calado, que aúnan colectivos. Fuera de las grandes poblaciones, la identidad local se construye a base del esfuerzo de sus propios integrantes por mantener viva la esencia de su entorno. Es aquí donde la labor del arte y la cultura se vuelve más necesaria. Sin la inquietud de los vecinos que la habitan y la viven, la identidad local desaparece.

Antonio Amer es un vecino que, aunque ha vivido gran parte de su vida fuera de nuestro municipio, nunca ha perdido ese vínculo tan especial que ha tenido con Valdemoro. Ese mismo arraigo es el que llevó a hacer de Valdemoro su residencia hace ya dos décadas. Su tiempo lo invierte en la creación de dioramas, pequeñas representaciones de fachadas emblemáticas de nuestro municipio. Aproximadamente ochenta obras, que en su mayoría reflejan el Valdemoro de la segunda mitad del siglo XX.

En el mes de febrero pudimos disfrutar de más de una cuarentena de dioramas expuestos en la muestra «Dioramas de Valdemoro» que ocupó la sala Juan Prado durante todo el mes.

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Posees un recuerdo muy amplio sobre el Valdemoro de finales del siglo pasado; sin embargo, no ha sido tu lugar de residencia hasta hace relativamente poco. ¿Cómo has forjado tu vínculo con el municipio?

Mis abuelos de parte paterna son de Valdemoro de toda la vida, al menos cuatro generaciones previas habían vivido aquí. Yo nací en Madrid porque mis abuelos se conocieron allí. Aunque vivían en Madrid, venían todos los fines de semana a Valdemoro para no perder el contacto con el resto de la familia.  Cuando se jubiló, mi abuelo se vino a Valdemoro. Aquí compró una casa y pasaban varios días a la semana entre Valdemoro y Madrid para no perder la relación con la gente de ambos sitios. Mi madre, que también era madrileña, veraneaba en Valdemoro. Con catorce años mis padres se conocieron, se hicieron novios unos años más tarde y vivieron toda la vida juntos. Mi padre trabajaba en Madrid, lo que hizo que nosotros viviéramos y estudiáramos también en la capital. Todos los viernes, cuando salía de trabajar, nos montábamos en el coche y pasábamos el fin de semana en Valdemoro.

Has vivido uno de los últimos resquicios de Valdemoro como pueblo, ese lugar de vacaciones. ¿Qué recuerdo tienes de esa época?

Antiguamente las distancias eran mucho más largas que ahora. La carretera nacional tenía solo un carril en cada sentido y tardabas más de una hora en llegar. Mi padre venía en una Vespa en verano. Para nosotros el mayor reclamo de Valdemoro era que gran parte de nuestra familia estaba aquí. Todos los amigos que he tenido en mi juventud eran de Valdemoro. En Madrid hacíamos vida de diario, sin apenas ocio. El fin de semana y Valdemoro eran nuestro momento de diversión, aquí pasábamos el día en la calle jugando. Muchas veces nuestros padres nos traían el viernes y hasta el domingo no nos volvían a ver el pelo.

¿Cómo describirías el Valdemoro de tu infancia?

Tengo muchas imágenes del Valdemoro de mi infancia. Una de las más presentes es de la figura de la aguadora, que nos traía todas las mañanas el agua en cántaros de barro en un carro con mulas. Además, traía las mejicanas y los suizos de la pastelería de La Manolita. Antiguamente se desayunaba con mucha tranquilidad. Hacíamos otras tareas hasta que llegaba la aguadora con la repostería y nos sentábamos en el jardín a desayunar. Valdemoro era un pueblo tradicional castellano con su plaza ancha para el mercado. Las calles no estaban asfaltadas, solo los vecinos que se lo podían permitir ponían cemento en la parte de calle que les correspondía a su fachada. Era un pueblo agrícola y ganadero por excelencia. Por la mañana pronto y por la tarde se llevaba a los animales a la fuente de la Villa a beber. Y cuando terminaban subían la cuesta de la Villa hacia el pueblo.

¿Sentiste un contraste grande entre Madrid, una gran ciudad, y Valdemoro?

No tenía un gran contraste con la vida de la ciudad porque hace cuarenta años Madrid era una ciudad más humilde. No había el estrés que hay ahora y la gente era mucho más cercana. Nunca eché de menos las comodidades de la ciudad. En la cocina siempre había dos cántaros de treinta o cuarenta litros y con un grifo nos servíamos agua del cántaro. El único inconveniente es que había que calentar el agua para ducharse. Pero nunca eché nada de menos porque Valdemoro era el sitio para divertirse. Cuando vivíamos en la villa todos los vecinos éramos de la misma edad, y los primos se unían el fin de semana. Con toda esa panda hacíamos batallitas, nos íbamos al campo, cogíamos almendrucos o bajábamos a la estación. A medida que pasan los años vas conociendo a gente del pueblo y cambian tus amistades. Nosotros éramos una parte más del pueblo, pasábamos todo el verano aquí, desde junio hasta septiembre.

¿A qué te has dedicado profesionalmente?

Desde muy joven desmontaba todos los aparatos que había por casa y los arreglaba sin ayuda de nadie. Era muy mañoso y arreglaba cualquier cosa que se rompía en casa. Como se me daba muy bien, opté por estudiar electrónica. Finalmente lo dejé porque no me gustaba la idea de tener que hacer aquello que me gustaba por obligación. El resto de mi vida me he dedicado a ser comercial. He vendido cosas de lo más variopintas, desde neumáticos a dientes de excavadora, pasando por bolígrafos y fotocopiadoras. Siempre he tomado el riesgo de ir donde había una oportunidad para crecer profesionalmente.

Has vivido la mayor parte de tu vida fuera de Valdemoro; sin embargo, ahora es tu lugar de residencia. ¿Por qué decidiste volver?

Decidí volver a Valdemoro en el año 2004 para cuidar a mis padres. He tenido la oportunidad de vivir en Madrid o incluso en una ciudad de costa como Málaga. Pero las prioridades cambian y Valdemoro me aporta la tranquilidad que no tiene una gran ciudad. Además, aquí conozco a mucha gente y me encuentro muy cómodo.

¿Cómo definirías el vínculo que tienes con Valdemoro?

Valdemoro para mí es como una impronta. Soy menos consciente de haber vivido en Madrid que aquí. Durante muchos años este pueblo ha significado para mí el lugar de la diversión, de la familia y los amigos. Toda mi vida social se ha desarrollado aquí y eso genera un sentimiento de arraigo, tanto con la gente como con el pueblo. Haber vivido eso desde pequeño genera un vínculo muy fuerte que es el que me ha hecho volver.

Por lo que nos cuentas, tu inclinación por el trabajo manual viene desde joven.

Me gusta mucho trabajar con las manos. Lo de ser mañoso creo que es algo heredado tanto de mi padre como mi abuelo. El motivo de trabajar los dioramas con cartón viene de mi abuelo. Los domingos, cuando se aburría, cogía un trozo de cartón y hacía útiles: una caja para guardar las llaves, una funda de gafas, etc. Ese referente, unido a mi afán por desmontar todo aquello que me regalaban, es lo que me anima a construir cosas. De pequeño, cuando me regalaban un coche lo desmontaba por completo. Recuerdo que mi padre siempre me decía: «!Luego te van a sobrar piezas!». Yo siempre le contestaba que me iban a faltar, porque lo quería transformar. Más tarde me ha gustado mucho el bricolaje y cualquier trabajo que pudiera hacer con las manos, sobre todo las miniaturas.

 ¿Cómo descubres el mundo de los dioramas?

Hace algunos años mi hermano Manuel tuvo un bar en la Cava Baja de Madrid. Yo le regalé por su cumpleaños un diorama de la fachada del bar realizada por mí, que estuvo expuesta allí durante mucho tiempo. Hace relativamente poco comencé a reflexionar sobre el Valdemoro antiguo y en Facebook encontré una página en la que la gente compartía fotos del pueblo en diferentes épocas. Esto me animó a hacer el ejercicio de ver cómo era el pueblo en cada época. Yo no me considero artista, no sé pintar al óleo, pero sí se me dan muy bien las manualidades. Los dioramas me permiten expresarme y materializar esos recuerdos que tengo.

 ¿Cómo concibes los dioramas?

Un diorama es crear una escena en relieve y se pone mucho énfasis en el nivel de detalle. A diferencia de las maquetas, que suelen estar prefabricadas, se crean de manera artesanal y se tiene la pretensión de crear un elemento que inspira vida, que está vivido. Personalmente, el diorama es un ejercicio de memoria, reconstrucción y creación de elementos que inspiren esa vida que tenían. En Valdemoro, las fachadas se encalaban muy a menudo. Tengo un recuerdo muy presente de la tinaja con cal viva en el patio de mis abuelos. Cuando echábamos agua en la cal salía humo. Con unas brochas muy gordas encalábamos toda la pared. Si manchábamos la catalana, con cemento volvíamos a darle su relieve. Todas esas experiencias pretendo reflejarlas en los dioramas.

 Tienen por tanto un componente sentimental muy fuerte.

Los dioramas no los considero tanto arte como melancolía. Haber vivido este pueblo desde los años sesenta hasta hoy hace que haya visto todas y cada una de las fachadas del pueblo, las historias que había detrás y cómo han ido cambiando a lo largo del tiempo. Todos esos recuerdos e imágenes los tengo en la memoria y mi intención es rememorarlos y materializarlos. Mi abuelo me decía una frase que hoy la vivo más que nunca: «Me acuerdo más de lo que pasó hace cincuenta años que de lo que ocurrió ayer». La cabeza me lleva a recordar todas esas experiencias vividas hace años y tengo la necesidad de sacarlas. Principalmente porque el pueblo cambia a pasos agigantados y muchas de esas fachadas se han perdido o han cambiado drásticamente su pátina.

¿Cómo afrontas el proceso de creación?

La mayoría de los dioramas salen de la memoria fotográfica o se apoyan en su mayoría en ella. En algunas ocasiones existen fotos donde se ven las fachadas de fondo y me ayudan a mejorar el nivel de detalle. Por ejemplo, de la fachada de Pleximar no he conseguido ninguna fotografía. La reconstrucción está hecha a raíz de mi recuerdo. Yo iba a ese local a comprar los minicar, unos cochecitos de plástico que costaban una peseta y estaban colocados en un expositor. Del cine Alarcón o del bar de la estación tampoco existen fotografías de la fachada. Antes de crear cualquier diorama hago una búsqueda exhaustiva de material que haga referencia a la fachada. Busco materiales fotográficos, pero también escritos o, incluso, de alguna pintura que ha hecho algún artista. El diorama exige un ejercicio de investigación y de invención. La mayoría del material fotográfico que consigo está en blanco y negro, por lo que tengo que investigar sobre los colores y los materiales que se empleaban. El yeso muerto y la piedra caliza no tienen el mismo color. Es un ejercicio complejo pero muy enriquecedor. Mi material de trabajo principal es el cartón, a los que sumo telas y alambre. Me han sugerido en varias ocasiones comprarme una impresora 3D. Para mí, la esencia del diorama radica en la creación manual de todas y cada una de las piezas. Me produce mucha satisfacción dotar de sentido a materiales tan nobles como el cartón, que incluso lo despreciamos a diario. El proceso consiste en dibujar a grandes rasgos los huecos de las puertas y ventanas en un cartón de tamaño DIN A3. El resto de la construcción la realizo en base a la documentación que haya conseguido y, principalmente, a los recuerdos que tengo sobre esa fachada. La pátina es una de las partes más laboriosas; pero es cierto que hay otras, como las rejas de los balcones, que en ocasiones resultan muy complejas. En la minuciosidad y ambientación de todos los detalles es probablemente en lo que más tiempo invierto.

 ¿Cuáles son tus fuentes de documentación?

Los cuatro tomos del Libro de Valdemoro me ayudan mucho a conocer las peculiaridades de Valdemoro y a extraer el concepto. Desafortunadamente, las fotos no son todo lo específicas que me gustaría. También he pedido a mucha gente fotografías del pueblo y documentación al Archivo Municipal. Lamentablemente, la información es muy escasa, por eso tengo que hacer tanto uso de la memoria. Me encantaría poder disponer de una documentación amplia para cada uno de los dioramas, porque mi pretensión es crear una pieza lo más fiel posible a la realidad. Al final, mi ejercicio de memoria me arroja una imagen de un momento determinado que, incluso, puede ser errónea en matices como el color de las paredes, la marca que aparecía en tal cartel o el número de ventanas que tenía la fachada.

Tus obras se caracterizan por un nivel de detalle muy cuidado. ¿Tienes esa sensación tan peculiar de lo artístico que te hace pensar que una obra nunca se acaba?

Algunos dioramas no tienen la complejidad que tienen otros. Hay fachadas que tenían unos determinados elementos y nada más. Intentar agregar más detalles y elementos supone alejarse de la imagen de realidad que tengo. Sin embargo, otros poseen una mayor complejidad, donde el detalle puede ser casi infinito. A medida que depuro los procesos y las técnicas observo dioramas anteriores en los que detecto carencias. En ocasiones los vuelvo a retomar para mejorarlos. A pesar de ello, en la mayoría de los dioramas suelo saber el momento en el que ya está terminado.

¿Hay algún rincón en Valdemoro que todavía guarde esa esencia?

Por suerte, quedan fachadas de ese Valdemoro antiguo. Quizás el Centro Ocupacional, antigua casa de Estrella de Elola, sea uno de los más característicos. La casa que está al lado del Centro Cultural también conserva su esencia, o la parte de atrás de lo que era el bar de Telefónica, donde se encontraban las teleoperadoras.

¿Qué opinión te merece el cambio de Valdemoro?

El crecimiento me parece bien y necesario. Creo que el crecimiento no es enemigo de la conservación. Hay pueblos muy próximos a Valdemoro, como Chinchón, que se han preocupado por la conservación de su esencia. En Valdemoro no se ha tenido esta mentalidad y hemos perdido mucha de las imágenes que representaban la esencia de Valdemoro. No solo no se ha conservado la construcción de la época, sino que aquello que se ha caído por falta de mantenimiento se ha vuelto a construir sin respetar la estética tradicional. El crecimiento no debería suponer la pérdida de la identidad local.

En el mes de febrero tuviste la oportunidad de exponer tus obras en la sala de exposición del Juan Prado.

La exposición ha sido un regalo fruto de las redes sociales. Subo todas mis obras a Facebook porque suelo perder toda la información cuando cambio de ordenador o teléfono. Bastante gente de Valdemoro comenzó a visitar mi perfil y comentar en cada diorama que subía. Eso se tradujo en un mayor número de visitantes y de historias compartidas en los comentarios. Las redes sociales me promocionaron hasta que se pusieron en contacto conmigo para exponer. Cuando la propuesta se formalizó, empecé a sentir mucho respeto hacia la exposición porque era algo completamente novedoso para mí. Finalmente, la exposición ha sido una de las más visitadas porque el tema es muy próximo a los vecinos. También he sido un afortunado por poder exponer durante un periodo largo de tiempo.

¿Qué sensaciones te han transmitido los visitantes?

Cada día de exposición ha sido muy enriquecedor. El intercambio de experiencias y sentimientos era constante. Muchos visitantes me contaban sus historias en cada uno de los dioramas. En ocasiones los sentimientos estaban a flor de piel. Guardo el libro de firmas con mucho cariño porque todos los comentarios halagan la labor que he hecho y me animan a seguir haciendo más.

¿Qué te ha aportado en lo personal?

La exposición ha sido una carga de energías y un impulso para seguir haciendo nuevos dioramas. También me ha motivado a buscar sitios más emblemáticos, documentarme más sobre ellos y adentrarme en proyectos más complejos. También ha alimentado esa sensación de sorpresa que me producen cuando los veo terminados. Creo que una de las cosas más gratificantes de hacer dioramas es ver la sorpresa de alguien que, como yo, ha vivido ese lugar que representan. En lo personal, crear estas piezas me hacen conocer nuevas capacidades de mí mismo. Desde que empecé hasta hoy he conseguido perfeccionar mucho mi técnica, mejorando los efectos y texturas que tienen las fachadas e investigando en nuevas maneras de conseguir otros tantos. Enfrentarme al reto de los nuevos procesos me parece muy enriquecedor y me permite deleitarme en los detalles. Los dioramas también me han otorgado una paciencia extraordinaria. El factor tiempo a la hora de dotar de vida a las piezas es muy importante. Disfruto el proceso de rememoración y también el de creación. Además, el diorama me otorga la satisfacción de traer al presente algo que se quedó en el pasado.

Visitar la casa de Antonio, como su exposición, nos permite experimentar un ligero viaje en el tiempo. Cada una de sus obras alberga una pequeña parte de la esencia de nuestra localidad. Esa misma esencia que todavía hoy podemos disfrutar en las calles de su casco histórico. Antonio demuestra con sus palabras una clara devoción por lo que hace, así nos lo hace saber con unas últimas palabras:

«Todos los dioramas son un ejercicio de reflexión y reconstrucción. Los recuerdos que me arrojan esas imágenes mentales están estrechamente vinculados con historias que he vivido. Cada una de las fachadas que he creado lleva detrás una historia personal que he vivido en ese lugar. A raíz de la exposición, ha sido muy gratificante saber que esas mismas fachadas también evocan al resto de personas que las observan sus propias historias y experiencias personales. Aunque no tengas una historia concreta con una fachada, todas contribuyen al imaginario colectivo porque han sido parte del entorno en el que nos hemos desarrollado. Todos los valdemoreños que hemos vivido hace unas décadas aquí, transitábamos el pueblo andando, y eso nos permitía observar lo que nos rodeaba».

Texto_Sergio García Otero

Fotografía_Ncuadres

 

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