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Entrevista a Maximiliano Lasén Paz

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 Fisioterápia Reyes Medina

«Tenemos la obligación de devolver a la sociedad lo que ella nos ha dado»

Retomamos la actividad tras el parón estival de la mano de un personaje muy interesante para Valdemoro tanto por su actividad dentro del pueblo como en una institución tan vincula a este como es la Guardia Civil. Hablamos de Maximiliano Lasén Paz, coronel retirado de la Guardia Civil y vecino de Valdemoro desde 1972.

Cántabro de nacimiento y el mayor de una familia de cinco hermanos, a una temprana edad sufrió la pérdida de su padre, sargento de la Guardia Civil, en acto de servicio. El testimonio de Maximiliano es muy interesante porque, a pesar de haberse criado entre la casa cuartel y el Colegio de Huérfanos de la Guardia Civil Infanta María Teresa, ha desarrollado un espíritu crítico con el cuerpo y su actividad.

Maximiliano es un hombre que se preocupa por la vida civil y el desarrollo cultural. Desde su llegada a Valdemoro ha llevado a cabo una amplia actividad social, promoviendo iniciativas como los cursillos prematrimoniales, el asociacionismo vecinal o la mejora en los centros de educación. En los más de cuarenta años que Valdemoro es su residencia estable ha sido miembro de la Asociación de Vecinos de Valdemoro, fundador de la primera asociación de padres en el antiguo colegio Carrero Blanco, actual Vicente Aleixandre, ha participado de la vida política valdemoreña entre los años 2011 y 2014 como concejal, y en la actualidad es coordinador de la Plataforma Mayores en Acción como representante de la Asociación Mayores de Madrid XXI.

Tras haber sufrido un episodio tan trágico como la pérdida de tu padre en acto de servicio, ¿por qué decides optar por una carrera profesional militar?

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La Buha Valdemoro

Nunca había pensado en pasar a formar parte del ejército o la Guardia Civil. En el Colegio de Huérfanos de las Infantas estudiábamos hasta los diecinueve años. Cuando acabé el bachillerato y la reválida, la dirección del colegio había cambiado, antes estaba al cargo de un civil que impulsaba mucho la educación cívica y las actividades culturales. En su lugar entró un señor de segunda fila y empezaron a primar los coroneles. Me presenté a Aviación, pero por cuestión auditiva me rechazaron. Finalmente, tuve que optar por la Guardia Civil como un empleo más rápido, era el mayor de cinco hermanos y no podía perder el tiempo. La Guardia Civil no era desconocida para mí; en primer lugar por mi padre y, en segundo, porque el Colegio de Huérfanos estaba unido al parque, a la imprenta y la radio del cuerpo, en lo que se denominaban Las Cuarenta Fanegas. En navidades íbamos a pedirle el aguinaldo a los guardias. No tenía una vocación primigenia, pero es cierto que los cuarenta y tres años que he estado dentro del cuerpo han sido muy satisfactorios para mí porque el propio cuerpo te da la posibilidad de desarrollarte en muchos ámbitos sin tener que renunciar necesariamente a aspectos de la vida civil. El poder que te da el Estado para ayudar a la gente es muy importante.

Me parece muy interesante esa concepción de tu profesión como un poder que se te otorga para servir a la gente.

El poder que te otorga el Estado indudablemente es para servir a la población, artículo 104 de la Constitución. En mi experiencia con las fuerzas de seguridad francesas aprendí el artículo 12 de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano (1789), que viene a decir que interesa crear una fuerza pública para su garantía y el beneficio de todos, no para la utilidad particular de a quienes está confiada. Lo que evitaría los Villarejos y la politización de las policías, de la que el cuerpo está alejado: no cambian los mandos con los cambios de Gobierno. La cartilla del guardia civil tiene una reflexión e impulso muy interesante en cuanto al servicio al ciudadano se refiere. Un aspecto muy importante dentro de este tema es el honor. Cuando se creó el cuerpo solo se otorgaba el honor a los oficiales. Para los guardias el honor era algo muy importante porque te posicionaba en un rango superior en una sociedad estamental donde se hacía distinción por las vestimentas que llevabas.

¿Cómo has concebido tu labor dentro de la Guardia Civil?

Cuando entras como oficial tienes que aprender como desempeñan su trabajo las personas bajo tu mando, siguiendo el dicho de «para saber mandar hay que saber obedecer», y sus dificultades de toda índole. Cuando yo ingresé, tenía cierta reticencia y desconfianza hacia las instituciones porque hay diferencia entre los principios, los reglamentos y la práctica. Existe un corporativismo y una oficiosidad que desvía a las personas que las ocupan. Esta visión me permitió mirar mi oficio con cierta perspectiva crítica como un instrumento del poder, que ordena, como un servicio público, que cada cual puede requerir y como una profesión, que tiene sus propios intereses.

Formación en el patio del Colegio de Guardias Jóvenes de Valdemoro. 1975

¿Consideras que fuiste un agente rebelde dentro del cuerpo?

Es mucho decir, pero me tocaron unos tiempos de apertura hacia las libertades personales que había que ejemplificar en acciones o comportamientos que no entraban dentro de lo establecido. Durante bastante tiempo ejercí mi servicio en poblaciones pequeñas del norte de España y siempre me gustó tener un compromiso con los ciudadanos. Históricamente, la Guardia Civil se erigió como una institución muy relevante en los núcleos rurales. De mi etapa en Muros de San Pedro recuerdo salir a correr hasta la playa y al cabo de un rato tener a varios chavales detrás de mí corriendo también. Eso me llevó a juntarles para salir a correr y a formar también una liga de fútbol junto con el médico del pueblo. Más tarde, en 1982, me hice cargo de todos los deportes de la Guardia Civil, lo que me permitió fomentar el deporte gracias a la estructura orgánica que se creó para tal fin. En los años 70, cuando fui a la facultad, la gente no conocía a la Guardia Civil. Los deportes ayudaron a que los agentes se integraran mejor con la población civil.

¿Cómo compaginaste la labor de educar dentro de un cuerpo militar teniendo una visión tan particular de la educación?

En el año 1973 empecé la carrera de Sociología porque entendí que lo que aprendes en una academia al cabo de diez años se te queda obsoleto. Si no estudias otros ámbitos, no te reciclas. Ese proceso de aprendizaje te abre nuevos puntos de vista y conoces otras realidades. La vida en el Colegio de Guardias tenía sus limitaciones y una de las que más me preocupaban era la incomunicación. Aunque yo diera clases de matemáticas, les pedía a mis alumnos que al comienzo de la clase apuntaran en la pizarra la noticia más importante del día. Ellos tenían sus transistores a escondidas y se enteraban de la actualidad. Recuerdo que en la Academia General Militar de Zaragoza solo entraba el periódico Le Figaro en la biblioteca, hoy ya no es así. En la del Colegio de Guardias Jóvenes la fecha de las obras se había parado en 1936, pero se continuó en los años 70.

Dirección General de la Guardia Civil. 1998

¿Encontraste limitaciones por parte de la institución?

Para nada. La Guardia Civil, y en general la Administración, es muy flexible si tú asumes la responsabilidad de tus acciones. Estando como instructor de un equipo de campo a través vi la posibilidad de que los jóvenes pudieran salir a la Casa de Campo a correr. Para entonces los jóvenes tenían prohibido viajar a Madrid, de ahí que Valdemoro se llenara de jóvenes uniformados en fin de semana. Era un problema formativo e intenté que salieran lo máximo posible.

¿Cuándo se produce tu primer vínculo con Valdemoro?

La primera impresión es muy temprana porque estando de alumno en el Colegio de Huérfanos recuerdo haber venido al Colegio de Guardias Jóvenes de visita. A pesar de ser muy temprana no era muy diferente a cuando llegué en 1972. La calle Grande seguía teniendo sus cunetas porque era la carretera que iba a los torrejones. Era un pueblo también de veraneo en el que eran habituales casas de una envergadura considerable, fruto de las relaciones que se tenían con la familia real como ciudad de paso hacia Aranjuez. Llegué destinado al Colegio de Guardias Jóvenes como profesor de Educación Física tras haber obtenido la titulación en Toledo. Me hice cargo de la Sexta Compañía en cuanto a la educación cívico-militar se refiere. También impartí clases de muchas materias diferentes.

¿Cómo era el Valdemoro de comienzos de los años setenta?

Era un pueblo que ya había comenzado un proceso de cierta industrialización, además de las fábricas de yeso, con la llegada de empresas como Lamana o Milupa. Por esos años el franquismo estaba en el debate y la contestación, pero tenía, y tiene, sus adeptos. Yo me limité a que las cosas salieran a la luz, que fueran visibles. Creamos una asociación de vecinos con la que una de las medidas más importantes que llevamos a cabo fue la acción vecinal para mejorar la calidad del agua corriente y un concierto para que llegara el Canal de Isabel II también a otros municipios como San Martín de la Vega o Ciempozuelos. El pueblo comenzó a poblarse con gente que venía de diferentes puntos de Castilla-La Mancha y Extremadura.

Campeonatos mundiales de ciclismo en San Sebastián. 1965

¿Por qué decides quedarte en Valdemoro?

El Colegio de Guardias Jóvenes fue mi destino más duradero, eso hizo que mis hijas crecieran aquí. Eran pequeñas, y mi mujer y yo decidimos quedarnos porque estar cerca de la capital nos otorgaba cierta estabilidad. Para entonces el pueblo había crecido; en los años noventa decía de Valdemoro que era el Beverly Hills de Madrid, pues tenía todos los servicios y la tranquilidad de ser una población de unos veinticinco mil habitantes.

El Valdemoro de los años ochenta se caracterizaba por una importante movilización vecinal quizás algo dormida en la actualidad.

Había un espíritu por querer mejorar las muchas deficiencias que por entonces tenía el municipio. Yo lo viví en la asociación vecinal, pero con los primeros alcaldes democráticos la participación cayó hasta quedarnos los dos vecinos que la clausuramos. Creo que ha sido un gran error de los ciudadanos pensar que los políticos de la democracia «eran de los nuestros» y no haber mantenido esos organismos de control vecinal. Estoy seguro de que si hubieran perdurado en el tiempo iniciativas como la que creamos en su momento, muchos de los políticos que han gobernado la localidad no habrían tenido tan fácil abusar de las arcas públicas. Las asociaciones vecinales han pasado de ser las auténticas impulsoras de las políticas de modernidad de los municipios a convertirse en organismos completamente inanes. Y la gente se organiza para resolver sus problemas al margen de las instituciones, como es el caso del barrio de La Estación para defenderse del crematorio.

Ocupando el puesto de comandante de la Escuela de Tráfico, afincada en nuestro municipio, emprendiste una nueva etapa en París con la Gendarmería francesa.

Se presentó la posibilidad de un curso de Estado Mayor en Francia que suponía una muy buena oportunidad para mi carrera profesional. Gracias a que pertenecía al estamento de Tráfico, creo que tuve mayor facilidad para poder pasar un periodo en París formándome con los gendarmes. Estuve en la escuela militar de París durante un par de años en una experiencia que fue muy enriquecedora y en la que pude conocer a cargos militares, no solo de Francia sino de muchos países que se dieron cita allí. Fuera de lo militar, también participé en el AMPA del Liceo Español de mi hija. A diferencia de España, en Francia el AMPA sí tiene una relevancia política.

Has realizado varios estudios que analizaban la situación de la Guardia Civil. ¿Cuáles fueron las principales conclusiones?

Durante mi etapa en la Jefatura de Enseñanza realicé una especie de libro blanco sobre la formación en el cuerpo y un estudio sobre su estructura. La Guardia Civil se había transformado poco a poco de ser un cuerpo homogéneo, donde los guardias eran polifacéticos en una jerarquización territorial que reposaba sobre el Puesto, a una organización compleja y especializada, es decir, con unidades especializadas como Seprona, Tráfico, Geas, Montaña, etc. Las especialidades provocaron una pérdida de efectivos en aquellos destinos de menor demanda. Esto se tradujo en una disminución del número de Puestos o en la reducción drástica del número de agentes en las poblaciones rurales. En 1997 ocupé la vacante de Jefe del Estado Mayor durante un año y regresé a Francia como agregado para la relación con la Gendarmería y también para recabar informaciones de los numerosos estudios e investigaciones que se publicaban al año para transmitirlos a la Guardia Civil. El intercambio de información entre ambos cuerpos es constante.

Regresas de París en el año 2000 y tras un periodo de segunda actividad, te jubilas en 2007. Es entonces cuando tienes una mayor dedicación política en Valdemoro. ¿Cómo crees que ha afectado su crecimiento al tejido social del municipio?

El crecimiento desmesurado ha alterado por completo la relación social, hoy en recomposición. Antes había una mayor cohesión social porque los vecinos estaban encuadrados en un tejido empresarial reconocible, donde las relaciones personales se mantenían y los sindicatos podían mantener cierta actividad. En la actualidad el crecimiento ha provocado una gran desconexión total entre los barrios y sus vecinos. Muchos vecinos de Valdemoro solo vienen a la localidad a dormir y hay partes del pueblo que ni conocen. En esta desconexión juegan un papel muy importante las nuevas edificaciones de viviendas en manzanas o urbanizaciones cerradas sin tejido comercial de proximidad que aísla a las personas. La seguridad la crean las relaciones entre personas y no el aislamiento, que, a mi parecer, tan solo fomenta la venta de cerraduras y sistemas de alarma.

¿Cuáles crees que son las principales carencias de Valdemoro?

No creo que Valdemoro tenga unas carencias diferentes a las de la sociedad española en general. En Valdemoro no existe un contraste económico muy fuerte, no hay grandes fortunas y tampoco una gran pobreza, eso genera una clase media conservadora que busca la estabilidad y no quiere meterse en líos. Existen iniciativas, sobre todo de tipo deportivo, que hacen ver que la localidad se está construyendo como ciudad. A pesar de todo, y es una crítica que llevo haciendo desde mi etapa en el Consejo Escolar del Instituto Villa de Valdemoro en el año 1997, la implicación con la sociedad creo que tiene que ser mayor. En particular hacía referencia a la responsabilidad que creo que tiene el profesorado como agente dinamizador de la actividad cultural local, aunque es una actitud que se debe extrapolar a todos los ciudadanos. Nos limitamos a las tareas que entran dentro de nuestro salario y no pensamos en la obligación que tenemos de devolverle a la sociedad lo que nos ha dado. Lo que somos hoy es gracias a que hemos tenido al lado gente que se ha movido y ha conseguido cosas.

Al hilo de ese proceso de transformación en ciudad que está sufriendo Valdemoro, ¿qué modelo urbanísitico sería el más idóneo a tu parecer?

El desarrollo ha sido tan violento que no se ha hecho de una manera sostenible. Creo que Valdemoro debería preservar esa conexión que ha tenido tradicionalmente con el campo. Esto no quiere decir que se construyan zonas verdes dentro de la ciudad, sino que la masa urbana sea compacta y se cuiden sus alrededores con la conservación del medio ambiente. Antes hacíamos marchas con los colegiales por los caminos de El Espartal, hoy está vallado para los vecinos. Zonas como el parque Bolitas del Airón o El Espartal deberían ser zonas en las que poder desarrollar actividades para disfrutar de la naturaleza, conocer nuestro entorno y cuidarlo. En definitiva, incorporar a nuestros hábitos la conducta de salvar el planeta con residuos cero, consumir menos energía buscar la economía circular que evita el desperdicio, revalorizar la economía de proximidad para hacer de Valdemoro una población más agradable, más vivible donde se respete a todo el mundo.

Texto_Sergio García Otero

Fotografía_Ncuadres