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Entrevista con Bernardo Alfonsel

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Los escoceses siempre se muestran orgullosos de sus inventores y de sus descubrimientos. En 1769, James Watt patenta la máquina de vapor. Pocos años después, sir James Young Simpson descubrió las propiedades anestésicas del cloroformo y fue el primero en introducir la anestesia en la medicina general. Un siglo más tarde, Alexander Fleming descubre la penicilina. Otro Alexander, Graham Bell, inventó el primer teléfono. En 1923, John Logie Baird inventa la televisión y, más adelante, la primera televisión a color. En deportes, los escoceses presumen de ser los inventores del golf. Son también los responsables directos del deporte que protagoniza la entrevista de hoy. En 1839, el escocés Kirkpatrick Macmillan construyó la primera bicicleta de pedales. Casi cincuenta años más tarde, en 1887, un veterinario, otro escocés afincado en Belfast, John Boyd Dunlop, desarrolló el primer neumático con cámara de aire. Al parecer, Dunlop lo ideó al ver a su hijo de nueve años sobre un triciclo que no paraba de dar botes por las calles llenas de baches de Belfast.

Bernardo Alfonsel no nació en Escocia. Nació en la vecina Getafe (Escocia tiene su lago Ness y Getafe tiene al lado Leganés) y su vida lleva pegada a la villa de Valdemoro desde hace treinta y un años. Pero las bicicletas sobre las que montó Bernardo para participar en las diferentes competiciones nacionales e internacionales de ciclismo en poco se diferenciaban del modelo de Macmillan sobre los neumáticos perfeccionados por Dunlop. Un orgulloso escocés le diría a Alfonsel que el ciclismo, ese deporte de las dos ruedas que giran a golpe de pedal, el mundo se lo debe a Escocia.

La trayectoria como ciclista profesional de Bernardo Alfonsel se desarrolló entre 1977 y 1986. La década en la que la letra K aparecía en los equipos fuertes de la época. De hecho, Alfonsel corrió con tres de ellos: formó parte del equipo de Teka, más tarde del Kas y terminó en el Kelme. Nada más retirarse del ciclismo profesional, Bernardo y su hermano se enteraron por un amigo de que alguien traspasaba un bar en Valdemoro y en febrero de 1987 comenzaron su negocio en nuestra localidad. Empezaron en la calle Estrella de Elola y, una década después, se llevaron el bar Yassy a la calle Doctor Severo Ochoa. Allí me recibe Bernardo para la entrevista. Es el final de su jornada laboral. Están terminando de recoger y Bernardo me recibe con una sonrisa amable que no le abandona durante toda la entrevista.

¿Cómo y cuándo comenzó tu afición por el ciclismo?

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Fue un poco de casualidad. La mayoría de los chicos jugábamos al fútbol y, para llegar al campo, yo iba con la bicicleta. La dejaba allí, a un lado, y me ponía a jugar al fútbol. Un día vino un señor, uno de los espectadores del partido, que era aficionado al ciclismo y se fijó en mi bicicleta. « ¿Y esa bicicleta?», preguntó. Le dije que era mía y me comentó que en Madrid podía hacerme socio de un club de ciclismo. Entonces tenía trece o catorce años. Y allí comenzó mi aventura. Me apunté con la intención de salir con la bici los domingos. Irnos de excursión y cosas así. Nada serio. Lo que pasa es que, luego, vieron que iba bien, yo también me di cuenta de mis posibilidades y me lo empecé a tomar más en serio. Empezamos a correr carreras de cadetes, infantiles, después juveniles y, así, progresivamente, hasta llegar a profesional.

Como amateur, ganaste, entre otras cosas, una etapa del Gran Premio Guillermo Tell de Suiza y un par de etapas de la Vuelta Ciclista a Chile.

Mi experiencia como amateur fue lo más bonito de mi carrera deportiva. Para mí ha sido la mejor época de mi vida. No te manda nadie. No hay tanta responsabilidad. No hay tanto dinero. Corres con la ilusión de ser algo. De llegar a ser algo. Entre los propios compañeros de equipo, si podías ganarle a un compañero en una etapa, le ganabas… en profesional, eso es impensable. En 1975, gané el Campeonato de España de ciclismo amateur. También, por entonces, en Chile, me fue muy bien. Gané dos etapas, el premio de la montaña y no sé si hice tercero o cuarto en la clasificación general…

Antes de llegar a profesional, a los 23 años, formaste parte del equipo nacional de ciclismo y participaste, así, en las Olimpiadas de Montreal.

Es una experiencia para vivirla siempre. Entonces los participantes del equipo olímpico nacional eran amateurs. No eran profesionales, como ahora. El dinero lo cambia todo y la gente quiere espectáculo. Estuvimos en Montreal unos diez días y yo participé en la prueba de fondo en carretera. Eran unos ciento noventa kilómetros. Hice el décimo puesto, pero, siempre he pensado que pude haber logrado mucho mejor posición. Yo iba muy bien, pero las circunstancias de la carrera están ahí.

En 1977 te haces ciclista profesional y corres tu primer Tour de Francia.

Sí. Corrí siete Tours en total y ocho Vueltas a España. Empecé con mucha ilusión, como todos. Pero, desde el comienzo me encasillaron como gregario y, a pesar de que años más tarde, en 1982, por ejemplo, iba muy bien, una vez encasillado, es muy difícil reclamar otras posiciones en el equipo. Empecé como currante, como gregario, y así acabé, trabajando siempre para el equipo y, por lo tanto, trabajando para el líder del equipo. Hay gregarios que trabajan a comienzo de carrera, otros trabajan más al final, otros apoyando en las etapas de montaña… Todos son importantes. El caso es que acabé mi primer Tour y, como se dice entre los compañeros, cuando se acaba un Tour de Francia, te dan el carné de ciclista. Siempre he dicho que es más difícil acabar un Tour que terminar dos Vueltas a España. El Tour es lo máximo del ciclismo. Antes y ahora. Y eso que ha cambiado mucho de cuando yo iba a nuestros días

Cuéntanos algunos de los cambios más llamativos.

Recuerdo que íbamos todos juntos en el autobús del equipo. Ahora van en avión. Antes los corredores participaban en todas las carreras que les permitían las fechas. Ahora, la mayoría de los corredores se preparan para participar nada más en una de las grandes vueltas. Antes empezabas a correr en febrero y acababas en octubre. Hoy en día, la mayoría de los corredores llegan al Tour con treinta o cuarenta carreras en esa temporada. Antiguamente, llegábamos con ochenta o noventa. El doble. Y la verdad es que se llegaba en peores condiciones. Ahora exigen más a los corredores. Y está todo más controlado. Cuando yo corría, no había pinganillo. Los directores de equipo iban en el coche a unos dos kilómetros del pelotón. Y, sí, había un corredor que tenía más contacto con el director del equipo e iba dándonos instrucciones, pero era muy diferente. Había muchos momentos en los que debías tomar una decisión rápidamente y no había nadie para dirigirte. Cuando necesitabas al director del equipo para ayudarte o aconsejarte, este tardaba, como poco, diez minutos en poder acercarse a ti y hablar contigo.

Supongo que sucedían cosas en el Tour de Francia que serían más difíciles de ver hoy en día.

En una etapa del Tour de Francia, en el famoso tramo entre Paris y Roubaix, pero como etapa del Tour de Francia, a un compañero se le rompió la bici e iba el hombre de farolillo rojo. Se le rompió la bicicleta a unos veinte kilómetros de Roubaix. Y el hombre se quedó tan descolgado del pelotón principal que ya no tenía coche auxiliar ni nada parecido que le pudiera ayudar. En esto que había allí un espectador con su bicicleta de paseo y le propuso que la intercambiaran para poder llegar a la meta. Lo hicieron de aquellas maneras, con el poco francés que sabía. Mi compañero, luego nos reíamos mucho con él recordándolo, acabó la etapa con una bici de paseo. Y, cuando ya daba por perdida su bicicleta de carreras de ciclista profesional, llega al hotel y se encuentra otra vez al mismo espectador francés esperándole para devolverle la bicicleta.

Al menos a la llegada a Roubaix, teníais un hotel esperándoos.

Sí, en aquella época, las carreras eran duras y al final de muchas de las etapas de 250 kilómetros, nos alojaban a todos juntos en colegios. Nos metían allí a todos juntos, nos acomodaban en literas, con mantas de separación por equipos, sin agua caliente en las duchas y allí no se quejaba nadie¡Ah! Y ahora hay móviles. Cuando yo empecé, me iba de casa un mes y medio y apenas conseguía hablar con mi madre tres veces en todo ese tiempo. Desde Francia, llamabas cuando podías y la familia sabía que estabas bien por lo que leían en los periódicos.

Supongo que la forma de entrenar también ha cambiado mucho.

Entrenar en carretera era mucho más fácil que ahora porque no había tantos coches. Yo entrenaba muchas veces por la Nacional IV. Eso ahora sería muy peligroso. Hoy en día se ha desarrollado mucha tecnología y la ciencia deportiva ha avanzado mucho. Recuerdo que, cuando yo entrenaba, leía libros de atletismo y entonces empezaban a hablar de hacer series, algo que ahora es muy frecuente. Y yo me preguntaba «¿Y yo cómo hago series sobre la bicicleta?» El caso es que se me ocurrió hacer las series siguiendo los postes de la luz. Por ejemplo, hacía tres postes de la luz a tope y, luego, hacía cinco postes bajando un poco el ritmo.

Háblanos de tus victorias de etapa.

Gané una etapa en 1979, en la llegada a Santander, dentro de la Vuelta a España, pero hice varias segundas posiciones. Podía haber ganado más etapas, pienso yo. Como todos. Pero había que ayudar siempre al que mejor se colocaba. Mi tarea, no lo olvides, era trabajar para el equipo y también debo decir que siempre me reconocieron bien mi trabajo.

¿Ganaba bien un ciclista en los años que fuiste profesional?

Para aquella época, estaba bien. Si lo comparas con ahora, sin embargo, hoy en día, ganan más. Proporcionalmente. En mi época, un ciclista no se hacía millonario. Hoy, sí podría. En mi época, Ocaña, Perurena, los grandes corredores que había entonces, cuando dejaron la bicicleta tuvieron que seguir trabajando.

¿Abordaste alguna otra modalidad dentro del ciclismo?

Hice un poquito de todo. Toqué algo de bicicrós. Hice algo de pista. Hasta corrí la Burdeos-París, una clásica que ya ha desaparecido. Era una burrada. Se corría desde Burdeos hasta París, que son casi seiscientos kilómetros. Del tirón. Se hacía en grupo hasta Poitiers, por la noche. Cuando amanecía, te cambiabas de ropa y, a partir de allí, más de trescientos kilómetros, era ya tras moto. Casi toda la carrera se hacía detrás de una moto. Es decir, entrenabas con un motorista para hacer la carrera juntos. Y yo tuve la mala suerte de que a mi motorista se le estropeó la moto a mitad de carrera. Eso descabaló un poco el tema. Al final, me pusieron otro motorista, pero yo no me entendía mucho con él. No habíamos entrenado juntos y no me llevaba el ritmo adecuado. Acabé la carrera, pero la acabé el duodécimo. Estoy seguro de que podía haber conseguido mejor puesto. Me propuse mejorar la posición al año siguiente y me entrené para ello. Pero tuve una caída, me rompí el hueso de la mano y la nariz y ya no la pude correr.

Una vez retirado del ciclismo, portaste la antorcha olímpica en 1992, para las Olimpiadas de Barcelona.

La culpa la tuvo el padre de Jesús España. Su padre trabajaba entonces en Getafe y dijo: « ¿Cómo es posible que un tío de Getafe que ha sido olímpico no vaya a llevar la antorcha?» Y él fue el que lo lio todo. Fue algo también muy bonito. Nos reunieron por autobuses y por zonas y había que correr unos quinientos metros y pasar el relevo al siguiente. A mí me tocó en un tramo de Villaverde hacia Getafe. Por la carretera de Andalucía.

¡Qué opinas de la afición por el ciclismo de hoy en día?

La afición por la Vuelta a España ha aumentado muchísimo y eso siempre es bueno. Sin embargo, se ha perdido afición dentro del mundo amateur. Antes había carreras de cadetes y de infantiles en todos los pueblos. Había carreras en Valdemoro, en Getafe. Había clubs y empezabas allí. Eso ha desaparecido. Ahora apenas quedan escuelas. Empiezas y eres casi profesional o no hay otra opción. Y casi todas las carreras son para gente mayor. Y eso no es bueno para el futuro del ciclismo. La cobertura en los medios es también importante. Ahora toda la cobertura va para el fútbol o para las grandes vueltas. Antes en los periódicos había crónica de gran cantidad de carreras locales. Llegó a haber cromos y naipes de los ciclistas y de los equipos ciclistas más importantes. Todavía guardo por ahí una cajetilla de cerillas que hicieron con mi foto. Ahora, casi todo va para el fútbol…

El dopaje también ha hecho mucho daño al ciclismo. Cuando yo comencé como profesional, no había médicos en los equipos. Aparecieron luego. Más tarde. Si te resfriabas, te tomabas lo que te daban en la farmacia. Recibías una lista de productos que no se podían tomar porque eran considerados ilegales y tenías que mirar tú mismo si la medicina que te habían dado en la farmacia tenía alguno de esos productos. Ahora cualquier equipo tiene varios médicos. Hay mucha más información.

¿Y qué hay de tu afición por el ciclismo?

Hemos tenido ciclistas muy buenos en España. Induráin y Contador han sido de mis favoritos. Coincidí con Induráin dos o tres años. Cuando él comenzaba y nadie pensaba que podía ganar cinco Tours. Pero, luego, le cambió el cuerpo. Su talento estaba en cómo controlaba los paquetes, cómo iba siempre delante. Daba mucha seguridad a su equipo y hacía ver a sus rivales las pocas posibilidades que tenían de vencerle. Mi favorito de todos los tiempos, sin embargo, fue Eddy Merckx. Corrí con él cuando él ya estaba en la etapa final de su carrera. Era un señor con mucho carácter, con muchas agallas. Era muy ambicioso y un gran deportista. Lo ganaba todo y lo quería ganar todo. Esprintaba por cada meta volante, por cada línea de meta, por cada paso de montaña. Cuenta la leyenda ciclista que, durante una Vuelta a España en la época de la Transición, en un pueblo por el que pasaba ese día la etapa, habían colgado una pancarta del partido comunista. Merckx no se lo pensó dos veces y, en cuanto vio la pancarta, aceleró para llevarse los puntos de bonificación hasta que se dio cuenta de que nadie competía por ella…

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Bernardo Alfonsel, como hizo su hermano el año pasado, se jubila al año que viene. El bar Yassy, después de treinta y dos años en Valdemoro, cerrará o cambiará de dueños. Como el ciclismo, para Bernardo, también el negocio de la hostelería ha cambiado mucho en los últimos años. Antes, todos los bares y restaurantes estaban en el centro, en la calle Grande y en los alrededores. Ahora, en Valdemoro, ya hay otras zonas donde poder salir. La gente tiene más oferta y, por lo tanto, puede exigir mejores precios, mejor calidad. Todo cambia, todo evoluciona, dice Alfonsel, y debemos amoldarnos a esos cambios porque también traen muchas cosas buenas.

Texto_Fernando Martín Pescador

Fotografía_Ncuadres

 

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