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Entrevista con Fernando Martín Pescador

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Me consta que Fernando Martín Pescador es muy feliz en su trabajo, cuando se encuentra delante de sus alumnos intentando enseñarles inglés. Llegó por primera vez a Valdemoro en septiembre de 1997 con esa misión: enseñar inglés en la Escuela Oficial de Idiomas de nuestra localidad. Pero a Fernando le gusta también escribir. Ha publicado un par de novelas y el próximo 18 de mayo presentará su último libro, Valdemoreños, una recopilación de entrevistas publicadas en La revista de Valdemoro en los últimos tres años.

Nos encontramos, puntuales, a la entrada de La Taberna de Sole, donde llegamos, prácticamente, a la vez. Con una sonrisa y un gesto de mano, me deja pasar primero.

Sonríes mucho.

Creo que muchos de nosotros nos debatimos entre lo difícil que es la vida y lo agradecidos, lo afortunados, que nos sentimos por seguir vivos. A partir de ahí, es importante decidir cómo encarar cada uno de nuestros días. Mi experiencia personal me dice que con una sonrisa ayudamos a los demás, y nos ayudamos a nosotros mismos, a hacer la vida un poco más liviana. De todas formas, tengo muchas razones para sonreír. Me van bien las cosas. Este mes de mayo podrían salir a la luz hasta cuatro de mis obras: primero, un texto un tanto inusual dentro del catálogo de la exposición de mi amigo Carmelo Rebullida; luego, mi segunda traducción del español al inglés; el 18 de mayo presento Valdemoreños, un libro que me ha reportado muchas satisfacciones; y, por último, mi tercera novela, un proyecto con el que llevo siete, tal vez ocho, años.

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Un texto para una exposición. Una traducción. Un libro de entrevistas. Una novela.

En el Renacimiento, aparecieron numerosos artistas que se dedicaban a distintas disciplinas y triunfaban en todas ellas. Todas se les daban bien. Yo pertenezco a ese grupo de personas inquietas que se dedican a muchas cosas y todas las hacen mal. En primaria, escribía obras de teatro que representábamos en los festivales de la escuela. Colaboraba con la revista de la escuela. En el instituto, comencé a formar parte de un grupo de rock. Creamos la nueva revista del instituto. En la universidad, empezamos a rodar películas. Lo mejor de todo esto es que las personas con las que llevé a cabo todas esas actividades siguen siendo mis mejores amigos. A partir de segundo de carrera, descubrí una de las tres cosas que más me gustan en esta vida: conseguí viajar a Estados Unidos con un trabajo y una estancia de cerca de tres meses. He recorrido medio mundo, intentando, siempre, tener un propósito en el destino elegido. Así, he pasado largas temporadas en Estados Unidos, en Italia, en Gran Bretaña, en Australia, en Francia… Ahora me es más difícil encontrar oportunidades de hacer viajes largos. Sin embargo, en el último año y medio he viajado a Malta, a Inglaterra, a Portugal, a Polonia y a Rumanía. Este verano me voy a Berlín… Estoy en-tu-sias-ma-do.

¿Vas a hablarnos del texto que has escrito para la exposición, de la traducción, del libro de entrevistas y de la novela?

Mi amigo Carmelo Rebullida es uno de los pintores contemporáneos con más talento artístico y con más intuición que conozco. Por eso, me hizo mucha ilusión que me pidiera un texto para su catálogo. El 10 de mayo presentó su última exposición en uno de los lugares más especiales de Zaragoza. Va a ser estupenda.

Seguro que sí.

La traducción literaria siempre me ha gustado mucho. El primer texto que traduje al español fue un cuento en italiano de Dino Buzzati, Siete pisos. Es una historia fascinante. Luego, encontré un libro americano que me gustó mucho, Mole People, sobre la gente pobre de Nueva York que vive en los túneles del metro. Consulté si estaba traducido al español y me puse a traducirlo en cuanto vi que no. No tenía una editorial, pero sabía que podría encontrarla fácilmente. Cuando estaba a punto de terminar, publicaron una traducción al español con el título de Bajo el asfalto. Todo se quedó en un buen ejercicio de estilo. Entre 2007 y 2012, colaboré con una organización de educación bilingüe en Nuevo México. Ayudan a escuelas y a profesores a crear una sociedad estadounidense bilingüe y, al mismo tiempo, conseguir la mejor integración de los estudiantes bilingües en los Estados Unidos. Esta organización, DLeNM, me encargó en 2012 la traducción al español de un libro fundamental sobre educación bilingüe. Los autores son Virginia Collier y Wayne Thomas. En 2014 me pidieron la traducción de un segundo libro de los mismos autores. Esta segunda traducción podría ver la luz este mayo. En todo caso, está a punto de ser publicada.

Ahora podríamos hablar de tus libros de ficción.

Publiqué, primero, una colección de cuentos que se tituló Mi feo mundo (Drume Negrita, Braulio Casares, 1995). Aunque fue un ejercicio literario casi adolescente, cada vez que vuelvo a él veo las bases de mi sensibilidad literaria. A lo mejor, hasta de mi sensibilidad personal. Luego vino Hamburguesas (Xordica, 2004). Es una novela vivencial que narra mis desventuras como profesor en una escuela secundaria del gueto de Oakland, en California. Para mí, escribir es siempre una terapia. Sin embargo, Hamburguesas es la más terapéutica de mis novelas. Acto seguido, escribí Carabinieri (Xordica, 2012), aunque tardó unos años en publicarse. Me gusta el momento en el que escribí Carabinieri porque, posiblemente, es el periodo de mi vida en el que he escrito con más constancia. Con más ilusión. Con más fluidez. Mientras escribía la novela, escribí un libro de ensayo sobre la televisión y mi proyecto de investigación en mis cursos de doctorado. Carabinieri es un libro sobre la seguridad. La seguridad con todas sus aristas. Tras la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, a Occidente se le ofrecían dos soluciones posibles: la libertad o la seguridad. Y, de la forma que nos las ofrecían, parecía que fueran excluyentes. Carabinieri es el libro en el que más he intentado hacer reír a propósito, lo cual dice mucho —o muy poco— de mi pobre sentido del humor. Carabinieri concluye que, queramos o no, la Guardia Civil es nuestro FBI. A lo mejor, con menos glamour. Pero nuestro FBI al fin y al cabo. En cuanto se publicó Carabinieri, hay dos tipos de personas en el mundo: los que prefieren Hamburguesas y aquellos a los que les gusta más Carabinieri (Fernando sonríe). Por último, he escrito una tercera novela. Es una biografía novelada de un vaquero del oeste americano. Es mi primera novela escrita en tercera persona. A lo mejor no se publica nunca. Y eso me pone.

Ahora podemos hablar de tu faceta como periodista.

Tengo muchísima suerte. El periodismo ha sido siempre una vocación. Era mi primera opción cuando acabé la secundaria. Sin embargo, no pudo ser y ahora me alegro muchísimo. He podido trabajar como periodista a lo largo de mi vida sin que se haya convertido nunca en una obligación. Como con mi literatura, gran parte de mis logros se los debo a Félix Romeo. ¡Confiaba tanto en las posibilidades de la gente! A mí me dio múltiples oportunidades. Gracias a él, pude trabajar como redactor cultural en el programa La Mandrágora de Radio Televisión Española. Gracias a él, pude colaborar con el dominical de Heraldo de Aragón. Allí, escribía desde los Estados Unidos y me sentía inteligente escribiendo análisis social del mundo estadounidense. Luego llegó la radio. Cope Madrid Sur me dio la oportunidad de crear un programa cultural de radio, 100 años de cultura pop. Fueron dos temporadas de programas semanales que, creo, fueron de menos a más. Les estoy muy agradecido. Casi a la vez, surgió la oportunidad de colaborar con La revista de Valdemoro.

Fruto de esa colaboración, nace Valdemoreños, el libro de entrevistas que presentas este mes.

El libro Valdemoreños solo me ha dado satisfacciones. En primer lugar, me ha permitido trabajar con un equipo humano estupendo. Empezando por el director, José Manuel, todo el equipo de la revista, Sergio, Paco y Julián son gente formidable. Por otro lado, las entrevistas me han permitido conocer a gente superinteresante. Gente que trabaja a través de su creatividad para que este mundo sea un poco mejor. Cada vez que tengo una entrevista, normalmente una vez al mes, salgo de ella con las pilas cargadas. Además, coincide que son seres humanos fantásticos. Humildes. Honestos. Por último, he tenido la fortuna de trabajar con Nati y Ana, de la editorial Yagruma, con base en Aranjuez, responsables de la edición de Valdemoreños. Desde el primer momento, confiaron en este proyecto. Miman todo lo que hacen y me siento también muy agradecido.

Imprimes siempre tu personalidad en todas tus entrevistas.

Cuando trabajé en La Mandrágora, las directrices eran claras: el entrevistador no debía aparecer. Tampoco sus preguntas. Delante de las cámaras, solo debía aparecer el entrevistado y su obra. La idea era perfecta. Un día me tocó entrevistar a Neneh Cherry, una cantante a la que admiro muchísimo. Ella comenzó la entrevista de mal humor. No quería estar ahí. Yo me sentí pequeño pequeño. Mis preguntas no le interesaban y respondía lo más brevemente posible. Sin embargo, poco a poco, comenzó a mostrar interés. Mi actitud y alguna de mis preguntas consiguieron cambiar su estado de ánimo y acabamos la entrevista en un ambiente muy cordial. Si lee esta entrevista, ella seguro que ni se acuerda de mí, pero me hizo sentir bien. Luego, cuando me encargaron una entrevista para la Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, me pidieron entrevistar a Tony Mares, uno de mis mejores amigos nuevomexicanos. Cuando le hice la entrevista, sabía que no podía mantenerme fuera de ella. Así, en el momento en el que decidí colaborar con La revista de Valdemoro, sabía que quería algo diferente. En las primeras entrevistas, fui más comedido. Conforme iban pasando los meses, las introducciones y algunas de las conclusiones se nos hacían necesarias.

He encontrado en la entrevista uno de mis géneros periodísticos favoritos —para mí, es también un género literario—. Sabes dónde empiezan la mayoría de las entrevistas, pero no sabes dónde van a acabar. Entre el comienzo y el final de la entrevista hay una interacción maravillosa. Magia que va más allá de la creación de un perfil personal del entrevistado. Hoy en día, las entrevistas son importantísimas para casi todos los aspectos de la vida. Encontramos un trabajo a través de una entrevista. Cada vez con más frecuencia, la gente encuentra su pareja a través de una entrevista virtual. La tecnología va a sustituir a los seres humanos en muchísimos gremios, pero hay trabajos en los que será más complicado. Me refiero a todos esos campos en los que la palabra es la protagonista. Tardarán en sustituir a un buen vendedor, a un buen abogado, a un buen político, a un buen profesor. Debemos enseñar a las nuevas generaciones a hablar bien. A desarrollar las diversas técnicas de la oratoria. Les servirá no solo para encontrar un trabajo mejor. También para ser consumidores críticos, para entender a nuestros políticos y aprender a dirigirlos hacia el lugar adecuado.

¿Hasta dónde llega el poder de la palabra?

Mi amigo David Rogers cree que el poder de la palabra es ilimitado. Yo, siendo lingüista, pienso que tiene sus limitaciones. Supongo que si consideramos la palabra como el fruto y la extensión de una línea de pensamiento, mi amigo David tiene razón. Sin embargo, las palabras expresan y defienden muchas más cosas que una línea de pensamiento racional. Ya sé que lo fácil es acudir a los extremos, pero es la mejor forma de entender ciertas cosas: en febrero de 1938, el canciller austriaco Kurt von Schuschnigg decidió reunirse con Adolf Hitler para convencerle de que Alemania y Austria debían ser dos países distintos. Schuschnigg llevaba una serie de argumentos para defender sus tesis, pero el caso es que Hitler se anexionó Austria un mes después de la entrevista.

¿Tienes más proyectos para un futuro próximo?

Mi sueño sería participar en la escritura de un episodio de Los Simpsons. Formando parte de un grupo de guionistas. Supongo que tendrían que pasar muchas cosas muy raras para que eso fuera posible. Me gustaría, también, participar como guionista en un largometraje. Creo que tampoco será fácil. Normalmente, escribo mis novelas primero en la cabeza. Al tiempo, me pongo a pasarlas a palabras. Tengo una novela casi escrita desde hace un tiempo. Es una novela de ciencia ficción, por decirlo de alguna forma. Un grupo de amigos crea un sistema de trabajo que soluciona todos los problemas del mundo. Además, uno de ellos inventa el logómetro, una máquina que casi todos los seres humanos deciden llevar adosada al cuerpo de forma voluntaria y que muestra, en una pantalla que tenemos a la altura del pecho, con cuánta frecuencia tenemos razón. Aquellos que tienen razón con mucha frecuencia toman las decisiones más importantes de la sociedad y aquellos que casi nunca tienen razón son encuestados, también, como grupo de contraste, para saber qué es lo que no debemos hacer… A lo mejor un día escribo esa novela…

Sobre todo, me gustaría tener tiempo para viajar. Para leer. Para besar.

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Hace tres años, La revista de Valdemoro comenzó a describir la actividad social, cultural y deportiva de nuestra localidad. Una de las partes más importantes de una población son las personas que pululan por sus calles. Cuantas más personas especiales haya en un lugar, más especial será ese lugar. Fernando Martín Pescador ha sido uno de los responsables de las entrevistas de nuestra revista. Tres años entrevistando a nuestras celebridades, a esas personas que nos han inspirado con sus enseñanzas, que nos inspiran con su arte y que levantan nuestras pasiones con sus logros deportivos.  Personas especiales que nos hacen sentir especiales. Personas que os hacen sentir orgullosos de vivir en Valdemoro. En este número de la revista, el entrevistador, no ha podido evitarlo, ha sido entrevistado.

 

Texto_r.a.k. Sony Tram

Fotografía_Ncuadres

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