
La palabra neurodivergente parece sacada de un episodio de Star Trek. Neurodivergente va bien con palabras como teletransportado, hiperespacio y multiverso. Sin embargo, es una palabra de nuestros tiempos. De nuestro aquí y de nuestro ahora. Le pregunto a la IA y me dice: «Ser neurodivergente significa tener un cerebro que funciona, aprende y procesa información de manera diferente a lo considerado típico o estándar. No es una enfermedad, sino una variación natural del cerebro humano que incluye condiciones como TDAH, autismo, dislexia y otras. Implica formas únicas de pensar y sentir, a menudo con fortalezas creativas, pero con retos en entornos diseñados para mayorías».
Creo que cada uno de nosotros tiene un cerebro que funciona, aprende y procesa información de forma diferente a todos los demás. Creo, también, que todos tenemos un corazón que late y siente de forma única. A la vez, entiendo que haya profesionales que se dediquen a estudiar nuestros cerebros y nuestros corazones y entiendo que hagan clasificaciones para entender, concienciar y dar visibilidad a las distintas formas de entender y sentir el mundo.
Creo que Rafael Dávila López ha percibido y ha sido consciente de las neurodivergencias humanas desde hace mucho tiempo. Basta hablar con Rafael durante un rato para distinguir en él una sensibilidad muy especial. Y, gracias a su trabajo, ha aprendido mucho más sobre ellas, hasta tal punto que, desde hace unos años, se ha volcado en el estudio de una de esas neurodivergencias, las altas capacidades. Lo que lo distingue es que aborda el tema desde su formación y desde su pasión como educador social.
A veces pienso que vengo más de los caminos que de un lugar concreto. Nací en Toledo, sí…, pero mi historia no se ha quedado quieta casi nunca. El trabajo de mi padre en el ejército convirtió mi infancia y mi juventud en una especie de mapa en movimiento: Toledo, Madrid —y distintos rincones dentro de Madrid—, Palma de Mallorca, Almería, Gran Canaria… Cada destino era una despedida y, al mismo tiempo, una oportunidad sin saberlo. De niño no eres consciente de lo que significa cambiar tantas veces de lugar. Solo sientes que tienes que volver a empezar: nuevos amigos, nuevos colegios, nuevas formas de hablar, de relacionarse, de entender el mundo. Con el tiempo he entendido que ese ir y venir fue, en realidad, una escuela invisible. Me enseñó a mirar sin juzgar demasiado rápido, a entender que no hay una única manera correcta de ser, a desarrollar una sensibilidad especial hacia lo diferente. Quizá ahí empezó todo. Mi infancia, a pesar de ese movimiento constante, fue profundamente feliz. Crecí en una familia grande, de esas en las que siempre hay ruido, vida, conflictos y abrazos. Soy el cuarto de seis hermanos: María, Brezo y Alejandra por delante; Lucía y Guillermo por detrás. Y, en medio de ese pequeño universo, aprendí a encontrar mi lugar. A veces acompañando, a veces observando, a veces perdiéndome un poco…, pero siempre sintiendo que pertenecía a algo importante. Si tuviera que buscar las raíces de lo que soy, sin duda miraría hacia mi familia. Mis padres, Rafael y Pilar, han sido el sostén silencioso de muchas cosas que hoy forman parte de mí. Y mis abuelos… mis abuelos fueron algo más que referentes. Especialmente mis abuelos Manolo y Eugenio. De este último, más allá de los cargos que ocupó en el ámbito educativo, lo que realmente me marcó fue su forma de estar en el mundo: esa manera de entender la educación y la vida desde el compromiso con los demás, desde la idea de que ayudar no es una opción puntual, sino una forma de vivir.

En el colegio, sin embargo, mi historia no era tan clara. No fui un alumno brillante en el sentido tradicional. No era de sobresalientes ni de destacar en lo académico tal y como se esperaba. Iba avanzando, sí, pero con esa sensación constante de no terminar de encajar del todo. A veces era «vago». Otras, «lento». Etiquetas que caen rápido cuando alguien no responde como el sistema espera. Pero de vez en cuando aparecía alguien. Un profesor o una profesora que miraba un poco más allá. Y entonces cambiaba la narrativa. Dejaba de ser el que no llega para convertirme en el que pregunta, el que imagina, el que conecta ideas, el que se sale del guion. Esos momentos eran pequeños destellos… aunque en aquel entonces no sabía muy bien qué significaban. Tardé años en entenderlo, en ponerle nombre a esa forma de pensar, de sentir, de procesar el mundo. Tardé años en comprender que aquello que parecía desajuste tenía mucho que ver con algo mucho más profundo: la neurodivergencia. Y cuando lo entendí, muchas piezas empezaron a encajar. No solo en lo profesional, sino también en lo personal.
Supongo que eso explica el tiempo que te llevó encontrar tu carrera profesional.
Sí… aunque más que alargarse en el tiempo, hoy lo veo como un proceso. Durante un tiempo intenté seguir un camino que parecía escrito de antemano. Tras terminar mis estudios y la Selectividad, dediqué un par de años a prepararme para continuar con la tradición militar familiar. Pero algo no terminaba de encajar. Había esfuerzo, sí, pero no había sentido. Y cuando eso falta, tarde o temprano aparece la desmotivación… y la necesidad de parar y preguntarte hacia dónde estás yendo. Ahí empezó, de verdad, mi búsqueda. Entre dudas, intentos y pasiones como la fotografía o el diseño gráfico, acabé en Madrid formándome en algo que, al menos, conectaba más conmigo. Y en uno de esos giros inesperados que tiene la vida, apareció una oportunidad en Valdemoro: dinamizar un «ciberespacio» desde el Área de Juventud. Me presenté sin tener muy claro que ese fuera mi sitio… y, sin embargo, lo fue. Porque allí empezó todo. Empecé a trabajar con jóvenes en riesgo de exclusión social, con chicos y chicas con discapacidad, con realidades que hasta entonces no había vivido tan de cerca. Y algo cambió. Siempre digo que ahí me picó el bicho de lo social. No fue algo racional, fue más bien una sensación profunda de estar donde tenía que estar. De repente, todo cobraba sentido. Esa inquietud me llevó a dar un paso más: mientras trabajaba, comencé a estudiar Educación Social a distancia. Y ahí terminó de encajar todo. Me apasionó lo que aprendía, pero sobre todo me transformó lo que vivía en el día a día. Entendí que no se trataba solo de una profesión, sino de una forma de mirar, de acompañar, de estar con los demás. Y, casi sin darme cuenta, Valdemoro dejó de ser un lugar de paso para convertirse en hogar. Entre búsquedas, dudas y pasiones como la fotografía o el arte, la vida me fue trayendo hasta aquí. Y aquí llevo más de veinte años. Aquí he echado raíces. Aquí he formado mi familia con Gloria, mi compañera de vida, la persona que camina conmigo en todo esto. Y aquí nació lo más importante de todo: mi hijo, Rafael, que de alguna manera vuelve a dar sentido a todo lo anterior. Supongo que, al final, Rafa Dávila viene también de ese recorrido: de probar, de equivocarse, de no encajar del todo… y de aprender a convertir todo eso en propósito.
Educación Social es un grado desconocido y, con frecuencia, lo mezclamos con otros campos.
Es una pregunta que me ha acompañado casi desde que empecé. «Educación Social… ¿y eso qué es?». Y lo curioso es que, durante mucho tiempo, no tenía una respuesta clara. No porque no creyera en lo que hacía, sino porque es una profesión que no cabe fácilmente en una definición rápida. No es algo que puedas explicar en una frase sin que se pierda lo importante. La Educación Social vive en un lugar un poco incómodo. Entre lo educativo, lo emocional, lo comunitario… entre lo visible y lo invisible. Y quizá por eso cuesta tanto entenderla. Porque no trabaja solo con contenidos, ni solo con conductas, ni solo con problemas concretos. Trabaja con personas. Con historias. Con procesos que no siempre se ven, pero que lo cambian todo. Con el tiempo, he sentido la necesidad de ponerle palabras propias. De encontrar una manera de explicarla que conecte también con lo que yo siento cuando trabajo. Y de ahí nace un concepto muy mío, casi inventado, pero muy real para mí: la salud social. Para mí, la Educación Social tiene que ver con cuidar la salud social. Con acompañar a una persona en cómo se relaciona consigo misma —cómo se mira, cómo se valora, cómo se entiende—; en cómo se relaciona con los demás —cómo construye vínculos, cómo gestiona los conflictos, cómo encuentra su lugar—; y en cómo se relaciona con el entorno —cómo lo que vive le afecta y cómo, a su vez, ella también transforma ese entorno—. Es una profesión profundamente humana. De esas que no siempre se ven, pero que sostienen mucho más de lo que parece. Y, sin embargo, también es una profesión que convive constantemente con cierta sensación de invisibilidad. Con ese fantasma del intrusismo, de pensar que cualquiera puede hacer lo que hace un educador o educadora social. Y no es así. Hay una mirada, una sensibilidad, una formación… una forma de estar y de intervenir que es muy específica. Que no se improvisa. Por eso, desde hace años, hay algo que defiendo con mucha convicción. Creo que la Educación Social tiene que ocupar el lugar que le corresponde dentro del ámbito educativo. Y que, si de verdad queremos cuidar a las personas, necesitamos equipos de orientación que sean realmente multidisciplinares. Equipos donde se atienda la salud mental —con psicólogos—, la salud pedagógica —con psicopedagogos—… y también la salud social —con educadores sociales—. Porque educar no es solo transmitir ni solo adaptar metodologías. Educar es acompañar vidas. Es estar en los procesos, en las dificultades, en las preguntas que no siempre tienen respuesta. Y ahí, en ese espacio más humano, más complejo, más real… la Educación Social no es un complemento. Es una pieza clave.
Trabajas durante unos años en la Concejalía de Juventud y ahora llevas doce años formando parte de la Concejalía de Educación. ¿Cuándo empieza a llamarte la atención el mundo de las altas capacidades?
Creo que, en realidad, todo empezó mucho antes de ponerle nombre. Desde que entré en el Ayuntamiento, mi trabajo siempre ha estado ligado a los jóvenes. A su parte más social, más emocional… y también a esa parte académica que muchas veces se tambalea cuando lo demás no está bien. Durante años, en Juventud, fui entendiendo que detrás de cada conducta, de cada dificultad, de cada etiqueta, había siempre una historia que merecía ser escuchada. Pero hubo un momento en el que todo cambió. Hace ya más de diez años, cuando tuve la oportunidad de acercarme al mundo educativo de una forma más directa, más cotidiana, más real… sentí que entraba en un lugar distinto. Como si, de alguna manera, empezara a ser de verdad. Fue en un proyecto llamado aula de convivencia, trabajando con alumnado en situaciones complejas: fracaso escolar, expulsiones, problemas de conducta… chicos y chicas que, de algún modo, estaban fuera del sistema. Y allí apareció Dylan. No es su nombre real, pero su historia sí lo es. Dylan venía de repetir dos veces, con un historial de fracaso absoluto, de esos que parecen ya escritos de antemano. Pero cuando empezamos a trabajar en ese espacio más cercano, más individual… algo pasaba. En el one to one, Dylan brillaba. Había algo en su manera de pensar, de conectar ideas, de mirar el mundo, que era imposible ignorar. Recuerdo perfectamente esa sensación: la de estar viendo algo que no encajaba con la etiqueta que llevaba puesta. Cuando más adelante supe que tenía altas capacidades, algo hizo click dentro de mí. Un click profundo. Incómodo, incluso. Porque entendí que Dylan no era una excepción. Era una señal. Ahí empecé a ver lo que hasta entonces no había sabido mirar. Un auténtico coladero. Una grieta en el sistema por la que se estaban escapando muchos chicos y chicas como él. Perfiles que no respondían al mito de altas capacidades = alto rendimiento académico. Perfiles invisibles. Malinterpretados. A veces incluso señalados. Y entonces apareció la necesidad. La necesidad de entender, de formarme, de investigar. De no volver a mirar hacia otro lado. Fue ahí cuando decidí especializarme, cuando hice el máster en Altas Capacidades y Desarrollo del Talento… pero, sobre todo, cuando empecé a cambiar mi forma de mirar. Porque, al final, de eso se trata. Los últimos años de mi vida han sido, en gran medida, para aprender a ver lo que otros no ven. Para poner nombre a lo invisible. Para acompañar de otra manera. Y, en el fondo, creo que todo empezó aquel día… en un aula pequeña, con un chico al que el sistema ya había dado por perdido, pero que, cuando alguien se detuvo a mirarlo de verdad, simplemente brillaba.
¿Cuándo comienzas a llevar tus ideas a las redes sociales?
Creo que no fue una decisión concreta, sino más bien una consecuencia inevitable de todo lo que estaba viviendo. Cuando las altas capacidades entran en mi vida, algo se abre. No sabría explicarlo de otra manera. Es como si, de repente, empezara a mirar el mundo —y especialmente la educación— desde otro lugar. Ya no podía entender la enseñanza igual, ni mirar el aprendizaje de la misma forma. Todo cobraba más sentido… pero al mismo tiempo aparecían muchas más preguntas. Y con ellas, una necesidad muy profunda: entender… y compartir. Porque cuando empiezas a ver cosas que antes no veías, es difícil quedarte en silencio. Sentía que todo aquello no podía quedarse solo en mí. Al principio lo intenté de formas más tranquilas: escribiendo en un blog, grabando algún pódcast… espacios donde ordenar ideas, donde dar forma a todo lo que estaba descubriendo. Pero había algo que todavía no terminaba de encajar del todo. Hasta que un día, casi sin pensarlo demasiado, empecé a grabar vídeos. Recuerdo bien ese momento. Febrero de 2023. Caminando. Aprovechando para hacer algo de deporte —porque llega un punto en la vida en el que ya no es negociable—. Móvil en mano, una reflexión, sin guion, sin estrategia… y lo subí a Instagram y a TikTok. Y algo pasó. No fue tanto el número de visualizaciones… fue la respuesta. El tono. El cariño. La sensación de que al otro lado había personas que se estaban reconociendo en lo que contaba. Familias que encontraban respuestas. Docentes que empezaban a hacerse preguntas distintas. Sin darme cuenta, había tocado alguna tecla. Y a partir de ahí, todo empezó a crecer. Hoy somos una comunidad grande —más de 17 000 personas en Instagram y más de 27 000 en TikTok—, y en el camino han llegado cosas que nunca imaginé: premios, reconocimientos… como el de Madresfera en 2023, el de Educador Social del Año en la UNED en 2024, o ser finalista en los premios Educa Abanca como mejor docente de España en educación no formal. Pero si me paro a pensarlo, eso no es lo más importante. Lo más importante ha sido lo invisible. Las personas que escriben. Las historias que llegan. Los «gracias» que no se ven pero se sienten. Y, sobre todo, esa sensación de que cuanto más lejos llega el mensaje, más posibilidades hay de ayudar. De acompañar. De hacer que alguien, en algún lugar, se sienta un poco más comprendido. Al final, todo empezó como algo muy personal… y, sin darme cuenta, se convirtió en algo compartido.
Y poquito más tarde, en 2025, llega tu novela Grietas y semillas.
Sí… y, de alguna manera, también nace de todo lo anterior. De estos más de veinte años trabajando con jóvenes, con niños, con familias. De todo lo vivido, lo aprendido… y también de todo lo sentido. Porque hay cosas que no caben en una intervención, ni en un informe, ni siquiera en un vídeo de un minuto. Y ahí vuelve a aparecer esa necesidad de compartir. Pero en esta ocasión desde otro lugar. Quizá más pausado. Más profundo. También, si quieres, con una idea un poco viejuna… esa sensación de que las redes están en una especie de nube que puede desaparecer, que es efímera. Y yo necesitaba dejar algo tangible. Algo que se pudiera tocar. Que se pudiera subrayar. Que alguien pudiera cerrar… y quedarse pensando. Así nace Grietas y semillas. Y desde el principio tuve claro algo: no quería escribir un libro teórico. No quería hacer un manual. Lo que necesitaba era contar. Contar desde dentro. Desde lo vivido. Desde lo que he visto en tantos chicos y chicas… pero también desde cómo yo lo he sentido. Para quien no lo conozca, Grietas y semillas: El despertar de lo invisible es una novela juvenil que mezcla realidad, emoción y pequeños toques de fantasía. Está narrada por Carla Gibson, una orientadora que llega a un instituto y se encuentra con cinco alumnos con altas capacidades que, hasta ese momento, han sido ignorados o malinterpretados.
A través de ellos, la historia muestra esa diversidad que muchas veces no se ve, rompe estereotipos y abre conversaciones necesarias entre alumnado, familias y profesorado. Pero, en el fondo, es una historia para cualquiera que alguna vez se haya sentido demasiado raro o fuera de lugar. Porque al final, mi manera de entender todo esto siempre ha tenido más que ver con acompañar que con explicar. Grietas y semillas es eso. Es experiencia, es formación, pero sobre todo es mirada. Es intentar poner palabras a esas grietas que a veces duelen… y a esas semillas que, incluso en los contextos más difíciles, siguen estando ahí, esperando a que alguien las vea. Y en ese camino no he estado solo. Ha habido personas fundamentales que han hecho que el libro sea lo que es. Lara Carrasco, con su sensibilidad y su talento, le ha dado alma a cada página a través de sus ilustraciones. Y Sonia Molinero, que me ha ayudado a ordenar, a dar forma, a convertir todo ese mundo interno en algo que pudiera llegar de verdad a quien lo leyera. Y luego está lo que vino después… que, sinceramente, me ha sorprendido. A día de hoy, Grietas y semillas ha llegado ya a más de mil personas. Pero más allá de ese número, lo que de verdad me emociona son los mensajes. Las palabras de quien lo ha leído. Personas que se han visto reflejadas, que han entendido algo de sí mismas o de sus hijos, que han sentido que alguien estaba poniendo voz a lo que ellos llevaban tiempo sintiendo sin saber cómo decirlo. Ahí es donde todo cobra sentido. Porque, al final, escribir el libro no era tanto publicar… era acompañar de otra manera.

¿Tienes algún proyecto nuevo entre manos?
Ahora mismo estoy en ese momento bonito de parar un poco y disfrutar. Grietas y Semillas me está regalando algo que no esperaba: personas, historias, viajes, encuentros… y esa sensación de que todo esto está llegando donde tiene que llegar. Más que pensar en un gran proyecto nuevo, siento que el camino es seguir. Seguir escribiendo, seguir divulgando, seguir compartiendo lo que veo y lo que aprendo. Seguir viajando, dando conferencias, conociendo a familias, a docentes, a chicos y chicas que te cambian. Creo que no es tanto lo que viene… sino no dejar de hacer lo que da sentido a todo esto: acompañar y ayudar.
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Rafael Dávila presentará su libro, Grietas y semillas: El despertar de lo invisible, el próximo viernes, 15 de mayo a las 18.30 en la Biblioteca Ana María Matute de Valdemoro. Es una oportunidad estupenda para conocer, saludar y escuchar al autor. Es una oportunidad maravillosa para aprender sobre nosotros, sobre cómo razonamos, cómo socializamos, cómo reaccionamos ante lo que ocurre a nuestro alrededor; sobre cómo podemos hacer que el mundo que nos rodea sea un poquito mejor.
Texto: Fernando Martín Pescador
Fotografía: Ncuadres
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