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Entrevista a Miguel Peñas: el arte de transformar el metal en escultura

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Miguel Peñas no estudió Bellas Artes ni recuerda una infancia especialmente marcada por el dibujo o la escultura. De hecho, cuando se le pregunta si se considera artista, duda, sonríe y rebaja rápidamente cualquier pretensión: «Bueno, un poquito». Su camino hacia la creación ha sido bastante menos académico. Comenzó entre limas, tornos y fresadoras en los Salesianos de Atocha y continuó en talleres industriales, primero mecanizando piezas y después descubriendo que prefería cortar, doblar y soldar el metal con sus propias manos.

De aquella inquietud por fabricar cosas terminaron surgiendo pequeñas motos, flores, rosas de chapa, dioramas y, mucho después, esculturas construidas con cientos o miles de tuercas soldadas una a una. Así nació Nutskull Art, un proyecto que Miguel mantiene deliberadamente a medio camino entre la afición y algo más serio, sin permitir que las obligaciones terminen por arrebatarle aquello que precisamente encontró en el metal: la libertad de hacer algo simplemente porque le apetece hacerlo.

Nacido en Madrid en 1976 y vecino de Valdemoro desde comienzos de los años 2000, este verano ha protagonizado su primera exposición individual en el municipio. Hablamos con él en su casa, justo encima del pequeño taller en el que las ideas que le rondan la cabeza acaban convirtiéndose, soldadura mediante, en objetos que probablemente aquel adolescente que llegó a los Salesianos sin saber demasiado bien qué quería estudiar nunca habría imaginado.

Naces en Madrid. ¿Cómo recuerdas tu infancia? ¿Había ya alguna inquietud artística?

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No especialmente. Era un niño inquieto, que no nervioso. De pequeño me gustaba muchísimo la bicicleta y, cuando tuve catorce años, llegaron las motos. Sí que me gustaba enredar con ellas, desmontar cosas, tocar la mecánica… Al final soy mecánico industrial y seguramente algo de aquello ya estaba ahí, pero no tenía ninguna relación con el arte. No dibujaba ni hacía esculturas. Lo más parecido fue el dibujo técnico que estudié después.

¿Cómo llegas entonces a los Salesianos de Atocha y al mundo del metal?

Un poco por mi padre. Yo no tenía nada claro qué quería estudiar. Había empezado primero de BUP y repetí, y recuerdo que un amigo que estudiaba en La Paloma me habló de máquinas-herramienta. Me contó aquello y pensé: «Pues yo quiero hacer eso». Cuando llegó el momento de elegir centro, mi padre puso los Salesianos porque él había estudiado allí de joven. Finalmente entré y le estaré toda la vida agradecido por aquella decisión. Fue un acierto porque conecté enseguida con aquello. Empezabas limando piezas y después pasabas a mecanizarlas y a transformar realmente el metal. Estudiábamos torno, fresadora, neumática, algo de autómatas programables, dibujo técnico, física, química, etc. Estuve cinco años y los hice del tirón.

¿Conservas algún recuerdo especialmente importante de aquellos talleres?

Recuerdo a un profesor de ajuste, Jota. Era muy cercano a los alumnos y siempre estaba dando consejos. Un día estaban modificando un aula y había que mover una separación. Me dio una radial grande y me dijo que adelante. Para un chaval de aquella edad, coger una máquina así imponía bastante. Allí también di mis primeros puntos de soldadura. Ahora puede parecer que todo estaba encaminado hacia la escultura, pero no era así. En ese momento ni se me pasaba por la cabeza. Lo que sí nació allí fue la base para entender el material y perderle el miedo a las herramientas.

Tu primer trabajo fue como tornero. ¿Cómo fue aquel aterrizaje en la industria?

Aprendí lo que era el mundo laboral de golpe. Trabajábamos haciendo discos de freno, bieletas y otras piezas para automoción y para el sector naval. Había días de trece horas y media en el taller y el trabajo era muy monótono: colocar una pieza, controlar cuatro medidas y volver a empezar. La máquina me gustaba, pero ya entonces me fijaba mucho más en un compañero que no estaba siempre haciendo lo mismo. Soldaba, plegaba, resolvía problemas… hacía un poco de todo. Aquello me llamaba mucho más la atención.

Y después llega la calderería industrial. ¿Ahí cambia tu relación con el metal?

Completamente. Pasé de trabajar con una máquina, donde pulsas un botón y es la máquina la que transforma el material, a manipularlo yo. Cortar con un soplete, calentarlo, doblarlo, soldarlo… Ahí descubrí que lo que realmente me gustaba era trabajar con las manos. Hacíamos equipos a presión, calderas para cogeneración, instalaciones de fluido térmico… Era un trabajo industrial, por supuesto, pero el contacto con el material era completamente diferente. Por aquella época, sin tener demasiada experiencia, ya empezaba a tener inquietud por crear y le hice unas rejas y una puerta a mi padre. Recuerdo pensar: «Esto es lo que me gusta».

¿Cuándo deja el metal de servir únicamente para fabricar cosas funcionales?

Fue progresivo. Siempre me ha gustado hacer cosas. Hubo una época en la que hacía figuritas, las pintaba, preparaba dioramas… Después empecé con rosas de chapa, flores, pequeños racimos de uvas, motos para compañeros, unas pinzas para la barbacoa. Una cosa fue llevando a la otra. Cuando llegué a Valdemoro vivía en un piso de la calle Febo y echaba mucho de menos disponer de un lugar donde trabajar. Veía a mi cuñado con su banco, sus herramientas y pensaba: «Eso es lo que me falta». Cuando finalmente tuve mi pequeño espacio fue cuando pude empezar a hacer muchas más cosas. Para mí continúa siendo una especie de terapia. Hay quien se va a un bar a echar la partida o sale a correr; yo bajo al taller.

¿Recuerdas cuándo comenzaste a hacer piezas únicamente por el placer de crearlas?

Hace alrededor de veinte años. Trabajaba en una empresa de Pinto y empecé con aquellas piezas pequeñas: motos, flores, rosas, racimos… Ya no tenían por qué solucionar ningún problema. Simplemente me apetecía hacerlas.

Sin embargo, te cuesta bastante definirte como artista.

Muchísimo. Yo no me considero artista. Bueno… podemos dejarlo en que soy un poquito artista [ríe]. Veo a gente pintando, trabajando la piedra o haciendo determinadas cosas y pienso: «Ese sí es un artista». Para mí un artista tiene cierta habilidad para crear algo, ya sea una canción, un cuadro, una escultura o incluso ser un buen DJ. Hay algo ahí, una capacidad especial. Yo no sé si tengo algo innato. Creo que tengo inquietud, imaginación y bastante visión espacial. Quizá alguien puede llevar veinte años soldando perfectamente y nunca se le ocurre hacer determinadas cosas con ese conocimiento. A mí sí se me ocurren.

¿Qué buscas cuando decides hacer una nueva pieza?

No sigo una línea demasiado rígida. Muchas veces veo algo y se me ocurre. El zapato, por ejemplo, salió porque en algún momento vi algo que me llevó a pensar en hacerlo. Llevaba mucho tiempo queriendo construir una cabeza de gran tamaño y finalmente la hice. Ahora tengo en mente unas manos sujetando una cámara. Igual la hago algún día o igual pasan años. Los cuerpos aparecieron también porque resultaban accesibles técnicamente. Puedes conseguir un maniquí y sacar un molde de escayola de un busto. Además, los bustos femeninos me parecen muy elegantes. Pero no existe un programa que diga que ahora tengo que hacer cinco cuerpos y después otra cosa. Voy siguiendo aquello que me apetece.

¿Y tienes referentes artísticos?

Veo mucho trabajo de otros artistas, vídeos, escultores… Hay gente trabajando la piedra a cincel que me parece increíble, por ejemplo. También me interesa observar cómo resuelven otros las piezas. Pero mi formación artística es completamente autodidacta. Nadie me ha enseñado a hacer esto. Estoy acostumbrado a resolver problemas por mi cuenta. Igual que puedo reparar un carro, construir una estructura o hacerme un porche sin haber hecho uno antes, con las esculturas ocurre algo parecido: pienso cómo puedo conseguirlo y tiro hacia delante.

¿Cómo nace una de tus esculturas?

Depende mucho de la pieza. Algunas las construyo directamente, sin molde. La Harley, por ejemplo, es trabajar el metal, calcular proporciones y medidas e ir construyendo una moto. Ahí entra mucho la visión espacial. Cuando utilizo tuercas y necesito reproducir una forma, normalmente parto de un molde. Para la cabeza grande encargué a un chico de Torrejón una cabeza masculina de unos setenta centímetros realizada mediante impresión 3D. Me la entregó dividida en diez partes, las uní y, a partir de ahí, fui sacando diferentes moldes con vendas de escayola. Tienes que pensar muy bien cómo dividirlos porque después hay que desmoldar. Una oreja, por ejemplo, no puedes encerrarla entera dentro de un único molde porque luego no habría manera de sacarlo. Vas haciendo secciones, colocas las tuercas dentro y las sueldas por la parte posterior para que la soldadura quede escondida. Después unes todas esas partes.

Parece casi un diálogo constante entre planificación e improvisación.

Sí. La soldadura además tiene mala leche [ríe]. Cuando aplicas calor, el metal dilata y las piezas se mueven. Por eso primero se puntean y después se sueldan. Si das demasiado calor en un lado, el material tira hacia allí y tienes que corregirlo. También voy decidiendo dónde termino una zona, dónde dejo un hueco o si quiero que la pieza aparezca completa o rota. Me gusta bastante dejar algunas partes sin terminar para que quien mira imagine lo que falta. Hay piezas enteras, pero otras funcionan precisamente porque tu cabeza completa el resto.

¿Todavía te sorprende el resultado cuando desmoldas?

Siempre. Y normalmente me gusta más de lo que esperaba. Ese momento de levantar el molde y ver por primera vez la cara exterior es de los mejores. Claro que surge algún fallo y piensas: «Bueno, aquí habrá que darle dos golpes con el martillo», pero casi siempre el resultado supera la imagen que tenía en la cabeza.

¿Cómo aparecen las tuercas y Nutskull Art?

Yo ya tenía algunas piezas hechas cuando mi primo vino a casa con su novia, Rocío. Vieron un busto de una espalda y a ella le encantó. Se lo regalé. A través de ellos conocí después a Simona Garufi, que trabaja en el mundo del diseño y de los espacios expositivos. Vio lo que hacía y me insistió mucho en que aquello había que enseñarlo. Yo no tenía redes sociales ni demasiado interés en tenerlas. Fueron ellas las que prácticamente me empujaron. Rocío sigue encargándose de subir muchas fotografías, vídeos y comentarios. Yo digo que Rocío y Simona son un poco mis madrinas artísticas. Ese fue el momento en el que algo que hacía para mí empezó a tomar una forma un poco más seria. El nombre apareció porque siempre me han gustado mucho las calaveras y también las dibujo con aerógrafo. Skull significa calavera y nut, además de otros significados, es tuerca. Mi primo propuso juntarlo: Nutskull.

¿Por qué precisamente tuercas?

Porque funcionan muy bien. Son piezas pequeñas, se adaptan perfectamente al molde y se sueldan bien. He utilizado también rodamientos, chapa o varillas, pero las tuercas son el elemento principal. Empecé trabajando bastante con métrica seis y ahora utilizo mucho la métrica ocho. Cuanto más pequeña es la tuerca puedes conseguir mayor detalle, pero también necesitas muchísimas más y muchas más soldaduras. La métrica ocho me permite tener detalle, pero hacer piezas más grandes. La cabeza grande de la exposición puede tener más de cuatro mil tuercas.

Además, nunca ocultas el material. La tuerca continúa siendo perfectamente reconocible.

Claro. Yo trabajo el metal y quiero que se vea. Si quisiera esconderlo probablemente utilizaría arcilla u otro material. De hecho, mucho antes de estas esculturas hice la cabeza de un vampiro con una pasta de modelado.

¿Qué lugar ocupa en tu día a día la creación de nuevas piezas?

Sigo siendo mecánico industrial. Trabajo montando, instalando y reparando maquinaria de envasado y paletizado. También viajamos para realizar instalaciones, así que hay semanas en las que estoy fuera y evidentemente no puedo hacer nada de Nutskull. Por eso esto depende del tiempo que tenga y, sobre todo, de que me lo pida el cuerpo. Cuando estoy metido en una pieza sí puedo llegar del trabajo con muchas ganas de bajar directamente al taller. Me engancho bastante hasta terminarla. Pero precisamente porque no vivo de esto puedo permitirme parar. Mi otra gran pasión son las motos. En una semana me marcho a hacer la Rodibook y me mente solo está pensando en recorrer los Pirineos en moto.

También has realizado encargos. ¿Cambia tu relación con la pieza cuando alguien está esperando el resultado?

No demasiado. Tiene que quedar robusta, bien hecha y bien soldada, como cualquier otra. Sí me gustan los encargos cuando plantean un desafío. Una vez me pidieron un busto femenino con unas medidas y unas características muy concretas, y ahí tienes que pensar cómo resolver algo que no ha nacido exactamente de ti. Esa exigencia me resulta interesante. Pero tampoco quiero convertir esto en una obligación. Si tuviera que asumir todos los costes de profesionalizarlo para vender dos o tres piezas al año, dejaría de tener demasiado sentido. Prefiero mantener esa libertad.

Llegaste a Valdemoro a comienzos de los años 2000. ¿Qué recuerdas de aquel momento?

Había vivido en Villaverde Bajo y en Alcobendas. Mi pareja y yo empezamos a buscar piso y, como le ocurrió a mucha gente, según mirabas precios te ibas alejando de Madrid. Su hermano había estudiado aquí y surgió la posibilidad de Valdemoro. Yo apenas conocía el municipio, pero cuando vine me gustó precisamente porque todavía tenía mucho aspecto de pueblo. Entrabas, pasabas por la plaza, por aquellas calles… tenía otro olor, otro ambiente. Recuerdo pensar: «Pues me gusta Valdemoro». Donde estamos ahora prácticamente había olivos y El Restón era completamente diferente. Han pasado más de veinte años. Mi hija tiene ya quince y nuestra vida está aquí. Voy a mi antiguo barrio de Villaverde y prácticamente no lo reconozco. En Valdemoro estoy a gusto.

Y aquí está también tu taller.

Sí, debajo de casa. No es un espacio enorme y precisamente uno de mis principales límites ahora mismo es ese. Si tuviera sitio tendría mucha más maquinaria. Incluso llegué a construirme una rueda inglesa para curvar chapa cuando estaba haciendo los guardabarros de la Harley, pero al final empiezas a acumular tantas cosas que tienes que hacer limpieza periódicamente para poder trabajar cómodo.

Este verano has protagonizado tu primera exposición individual en Valdemoro. ¿Cómo surgió?

Ya había llevado dos piezas al Centro Cultural Juan Prado para una exposición relacionada con los 130 años del cine. Mercedes me pidió algunas propuestas y finalmente llevé una cabeza de caballo y la pieza de la peste negra. Después quedó libre un espacio en la programación de verano y me ofrecieron hacer una exposición individual. Para mí lo mejor ha sido comprobar que a la gente le gustaba. Me ha permitido poder conversar sobre las obras con completos desconocidos y obtener diferentes puntos de vista. Era la primera vez que tenía un espacio completo para mí y ha sido una experiencia muy gratificante.

También has utilizado algunas piezas con fines solidarios.

Sí. Doné dos bustos para recaudar fondos después de lo ocurrido en Valencia y también he cedido obra para otras iniciativas. Una de ellas fue una pieza destinada a una acción relacionada con Makeni, en Sierra Leona, donde mi prima había estado como voluntaria. Aquella obra terminó adquiriéndola una chica de Navarra por 250 euros y para mí lo importante era precisamente que se consiguiera cuanto más dinero mejor. También he cedido piezas para otros proyectos. Al final, si algo que hago puede servir además para ayudar o apoyar una iniciativa, perfecto.

¿Crees que todavía tienes mucho recorrido con esta técnica?

El límite ahora mismo no me lo pone la técnica, sino el espacio y el tiempo. Tengo mi trabajo, mi casa, mi familia, los perros, mis aficiones… La cabeza grande ya ha demostrado que puedo aumentar bastante la escala. Si dispusiera de un taller mayor, seguramente probaría muchas más cosas y otras formas de trabajar el metal. Tengo pendientes dos medias caras enfrentadas, una mirando a la otra, que además me las ha pedido mi mujer, así que esas hay que hacerlas sí o sí [ríe]. Y después irán apareciendo cosas. No quiero marcarme una obligación.

Si aquel Miguel que entró en los Salesianos pudiera ver lo que haces hoy con todo aquello que empezó a aprender entonces, ¿se sorprendería?

Seguramente sí. En aquel momento estaba completamente alejado de todo esto. Y unos cuantos años después también. Nunca pensé que terminaría haciendo esculturas. Pero, si lo pienso, hay algo que sí estaba desde el principio: siempre me ha gustado el trabajo manual.

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