
“Valdemoro me ha enseñado que crear comunidad es estar cerca de la gente que tienes al lado”
«No hay nada más bonito que conocer a quien tienes a tu alrededor». La frase es de Javier Zapata, 58 años, valdemoreño del callejón del Rey, y prácticamente es su tarjeta de presentación. Este padre de mellizos, marido y valdemoreño expatriado lleva más de veinticinco años viviendo fuera, pero sigue hablando de Valdemoro como si acabara de bajar a por el pan a la calle Grande.
Javier ahora vive en Athens, pero también ha vivido en Wisconsin y Iowa, trabaja entre aulas y casas humildes; con familias migrantes que empiezan a dar sus primeros pasos en otro idioma y otro país. Aunque quiso ser ingeniero mecánico de vocación y terminó siendo economista casi por obligación, lo cierto que es el humanismo que desprende le ha llevado a dedicarse a su verdadera pasión: las personas, la comunidad y los vínculos.
Tus padres no eran de Valdemoro de toda la vida. ¿Cómo llegó tu familia al pueblo?
Mis padres eran de Extremadura. Mi padre era guardia civil y vino destinado al Colegio de Guardias. Como muchos vecinos de Valdemoro, vinieron en los años cincuenta buscando una vida mejor. Después de nacer Conchy y Alicia, mis dos hermanas mayores, mi padre fue destinado a Cádiz, donde nació mi hermano Juanjo. Pero en cuanto mi padre tuvo la oportunidad, pidió destino a Valdemoro otra vez. Allí nacimos mi hermana Lourdes y yo. Yo soy del 67, así que he visto un Valdemoro muy distinto al de ahora.
¿En qué zona creciste y cómo recuerdas aquel Valdemoro?
Primero vivimos en la calle Inmaculada, en unas casitas pequeñas cerca de la calle Libertad, en aquel entonces calle Hermanos Miralles. Luego nos mudamos al callejón del Rey, justo al lado del Colegio San José. Valdemoro era literalmente un pueblo: calles de tierra, casas bajas muy antiguas, ir a por la leche con la lechera, a la pescadería de Pepe o a la plaza. Recuerdo perfectamente el día que asfaltaron la calle. Desde mi casa olí el alquitrán y pensé: «Se nos acaba el chollo de jugar a las canicas en los hoyos de la tierra».
¿Qué es lo que más añoras de aquel Valdemoro?
El ambiente de barrio. En el callejón del Rey había tres bloques y una comunidad increíble, dato muy curioso porque ahora no te ves casi ni con el vecino de enfrente. En verano, Antonio y Pauli, los vecinos del bajo, sacaban el radiocasete y grabábamos canciones. Rumaldo, otro vecino, tenía perdices y nos llevaba de excursión al campo, por la zona del nuevo Colegio de Guardias, a cazar saltamontes para darles de comer. Eso era la vida: los vecinos, la calle, la sensación de seguridad y de que todos se conocían y se cuidaban.
¿Qué dirías que definía el espíritu de aquel Valdemoro?
Comunidad. Esa palabra. Mis padres venían de fuera y siempre se sintieron acogidos. Recuerdo a mi madre diciendo: «Soy extremeña, pero ya soy de aquí». Había familias de toda la vida de Valdemoro y familias llegadas de otros sitios, y las relaciones eran muy buenas. Había pandillas grandes, grupos muy cohesionados. Muchos de mis mejores amigos siguen siendo los de entonces: Julián, Pablo, Boni… nunca he vuelto a tener amigos como los del pueblo. La identidad que creas con esos primeros amigos es muy especial.
Muy empollón, para qué engañarnos. Lo que hoy llamarían un nerdy. Me encantaba dibujar, hacer preguntas, investigar por qué las cosas eran como eran. Mi hermana Alicia siempre decía que era muy preguntón. En casa se leía mucho, mi padre era de los que te mandaban a por la Espasa en mitad de la comida para comprobar un dato. Siempre fui bastante introvertido, intentaba pasar un poco desapercibido. Empecé a salir de ese cascarón ya en el instituto, cuando íbamos a Ciempozuelos. Y ahí sí, los 80, la pandilla, el autobús, la sensación de independencia… Esa época fue mi época dorada.
Estudiaste Económicas en Madrid, pero tu vida dio un giro importante. ¿Cómo se gesta tu marcha a Estados Unidos?
Estudié Ciencias Económicas en la Complutense, pero nunca sentí que fuera mi pasión. Me gustaba la macroeconomía, la política de aquellos años, pero me sentía stuck [atascado] había una vocecita que me decía que lo mío era otra cosa, quizá algo más técnico, más de cacharros; en realidad lo que me atraía era Ingeniería Mecánica. Terminé Económicas y no había tantas salidas que me parecieran atractivas. En paralelo, durante la universidad conocí a Dana, que vino de la Universidad de Wisconsin a estudiar un año en Madrid y era muy amiga de mi vecina Ana Carmen. Nos hicimos amigos, luego pareja, y aquello empezó a ponerse serio sin que ninguno lo hubiera planeado mucho. Cuando ella volvió a Estados Unidos yo seguía un poco perdido con mi futuro y pensé: «Tengo que ir a verla, a ver qué pasa con esto de verdad».
¿Cómo fue ese primer viaje a Estados Unidos?
Lo recuerdo como si fuera ayer. Me fui en navidades, a finales de los 80, sin apenas inglés y con el dinero justo que había conseguido recogiendo patatas en San Martín de la Vega. Cogí un vuelo de Pan Am a Nueva York y llegué al JFK, me perdí con lo de los gates [puertas de embarque] porque yo solo entendía doors [puertas]. Recuerdo la sensación de estar solo en un sitio enorme, sin móviles, sin internet. Alguien me vio muy perdido y me ayudó a encontrar la puerta de embarque de mi vuelo de conexión a Chicago. Ahí aprendí algo que luego siempre repito: al final dependes mucho de la bondad de la gente. Siempre hay alguien que te ve perdido, te coge el papel del billete y te lleva casi de la mano hasta donde tienes que ir. Eso me ha pasado muchas veces.
¿Qué te empujó a dar el paso definitivo de irte a vivir allí?
Primero, la relación con Dana. Yo sentía que era mi media naranja, con todas las letras. Había tenido otras relaciones, pero aquello era distinto. Y segundo, la curiosidad. Esa primera Navidad con su familia en Wisconsin, el tipo de humor, el ambiente en casa… eran muy parecidos a los míos. Pensé: «Esto podría ser mi familia también». Luego vino la boda en Estados Unidos, con mi familia cruzando el charco, una especie de luna de miel todos juntos recorriendo en furgoneta Wisconsin, Michigan, Illinois, Chicago, el Misisipi, fue un viaje inolvidable. Después de la boda nos vinimos a vivir a Valdemoro: vivimos en la calle Inmaculada también, luego en un pisito en la calle Negritas, sobre el antiguo bar Camuñas. Allí nacieron nuestros mellizos. Yo empecé a trabajar en el Departamento de Compras de Milupa. Estuve siete años trabajando, pero algo no terminaba de encajar. El punto de inflexión llegó cuando a la madre de Dana le diagnosticaron un cáncer. Ella necesitaba estar cerca de su padre, yo no estaba enamorado de mi trabajo… y entonces se juntó todo. Tomamos una decisión durísima: cerrar el piso de Negritas, hacer un palé con nuestras cosas —esas que no te caben en una maleta, pero necesitas para sentirte en casa— y volver a Estados Unidos.
A nivel personal, ¿cómo gestionaste la incertidumbre laboral y dejar tu familia en España?
[Emocionado] Despedirme de mi familia aquel día fue de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Hay una parte práctica a la hora de tomar decisiones en la que pones pros y contras y siempre encuentras una respuesta. Pero la parte emocional, en la que dejas a tu familia, es tremendamente complicada. Tengo la gran suerte de tener un vínculo muy estrecho con mi familia de ambos lados y nos hemos preocupado mucho por mantener ese vínculo muy vivo, de crear momentos y recuerdos juntos siempre que podemos.
Has vivido en tres estados muy diferentes: Wisconsin, Iowa y ahora Georgia. ¿Qué te ha aportado cada uno?
Madison (Wisconsin) fue nuestro primer hogar americano. Es una ciudad universitaria, muy progresista, con una comunidad latina fuerte y un centro hispano muy activo. Allí empecé a implicarme en temas de educación de manera casi accidental: entré como voluntario, dando apoyo en matemáticas y ciencias a chavales después de clase, y descubrí que eso me llenaba mucho más que cualquier Excel de compras. Iowa City fue más duro. También era ciudad universitaria, pero el entorno social y cultural era un poco más cerrado, más pequeño. Allí trabajé coordinando un programa de alfabetización familiar, Even Start Family Literacy, con padres y madres que aprendían inglés mientras sus hijos pequeños estaban en actividades educativas. Llegué a tener una oferta de trabajo muy buena con Siemens, viajando por todo el país, pero me di cuenta de que eso significaba no ver a mis hijos y volver a un tipo de trabajo que no me hacía feliz. La decisión fue clara: menos sueldo, pero ver a mis hijos y mi mujer todos los días. Georgia, en concreto Athens, ha sido el lugar donde he terminado de encontrar mi sitio profesional. Es una especie de isla demócrata dentro de un estado muy conservador. Es también la ciudad de R.E.M. y los B-52, tiene ese punto cultural especial. Empecé trabajando de voluntario, una vez más la vida animándome a salir de la zona de confort. Aquí hice por fin mi máster en Educación, ya pasados los 40.
¿Qué diferencias notas entre la vida allí y la que tenías en Valdemoro?
La primera, las distancias y el uso del coche. En Valdemoro yo bajaba a por el pan andando, saludando a todo el mundo. Allí, en muchos barrios, no hay ni aceras. Te subes al coche para todo. Si te descuidas, puedes pasar el día entero sin ver a nadie fuera del trabajo y de tu casa. La segunda tiene que ver con la comunidad. En sitios como Madison o Athens, si te esfuerzas, la encuentras: vecinos, familias de la escuela, gente del trabajo. Pero no viene de serie como antes en Valdemoro. Tienes que currártelo: saludar, ofrecerte, hacer pequeñas conversaciones en el parque, con el de la tienda… En eso, lo que aprendí en el callejón del Rey me ha salvado: sé que, si insistes, las relaciones llegan.
Tu carrera profesional ha sufrido un giro radical desde aquel chaval que se licenció en Económicas.
Empecé siendo economista de manual y he acabado de educador, pero visto con perspectiva tiene sentido. En Madison, el voluntariado con el centro hispano me llevó a trabajar con chavales de sexto curso con muchas necesidades socioemocionales. Allí me di cuenta de que la educación era muchísimo más importante —para ellos y para mí— que cualquier gráfico de macroeconomía. En Iowa, el programa de alfabetización familiar me enseñó el poder de trabajar con toda la familia: padres, madres e hijos. Ver cómo un adulto que empieza sin saber casi leer en su lengua materna acaba leyendo un cuento a su hijo en inglés es una experiencia que no se olvida. Ya en Athens, me metí de lleno en educación infantil y familiar. Empecé en programas de Early Reading First, muy centrados en el desarrollo temprano del lenguaje y la implicación de las familias. Después pasé a Head Start e Early Head Start, programas federales que apoyan a familias con pocos recursos y niños de 0 a 5 años.
¿Cuál es exactamente tu labor ahora?
Soy director de Educación en los programas estatales Early Head Start/Head Start. En la práctica, eso significa dos grandes frentes. Por un lado, coordino el trabajo de las aulas: 18 clases donde maestras y maestros trabajan con niños pequeños, siguiendo unos estándares educativos de la manera correcta y cuidando mucho el desarrollo socioemocional. Por otro lado, superviso la opción home-based: educadoras que van semanalmente a casa de las familias, normalmente con pocos recursos y muchas veces inmigrantes recientes, para trabajar 90 minutos con madre, padre e hijo. Se revisa el desarrollo del niño —lenguaje, motricidad, cognición—, se hacen actividades, se ponen metas familiares —buscar trabajo, sacarse el carné, aprender inglés, mejorar la vivienda…—. Y se conectan con otros recursos de la comunidad si hace falta. No soy trabajador social, pero mi especialidad es el desarrollo infantil y la implicación familiar. Mi trabajo es asegurar que todas esas piezas encajan, que los equipos tienen apoyo y que ningún niño se nos cae por las grietas del sistema.
Trabajas con familias latinas migrantes en situaciones de exclusión. ¿Te ves identificado en algún modo con su realidad?
Totalmente. Yo sigo siendo «el tipo con acento» y no tengo ninguna intención de perderlo. Eso me coloca siempre un poco al margen del sistema, después de tantos años sigo sin ser parte del mess [epicentro]. Y desde ese extremo más marginado es fácil entender a quien llega sin papeles, sin idioma, con miedo. Me identifico con sus miedos como padres: el no saber si lo estás haciendo bien, si tus hijos se adaptarán, si tendrán oportunidades. Y también con la sensación de estar entre dos mundos. Ellos tampoco quieren dejar de ser quienes son, pero necesitan entrar en el «nosotros» para poder vivir con dignidad allí. Mi papel, muchas veces, es tender puentes.
¿Qué te ha enseñado el trato diario con estos estudiantes y familias?
Que casi todo el mundo quiere lo mismo: una vida decente y un futuro un poco mejor para sus hijos. Nadie cruza un océano, una selva o una frontera para fastidiar a nadie. Lo hace por necesidad y por esperanza. También me ha confirmado algo que ya intuía: el problema nunca es la inmigración, sino la redistribución de la riqueza. Es mucho más fácil señalar al que viene de fuera que mirar cómo se reparte lo que tenemos. Pero, cuando te sientas en una cocina con una familia de Guatemala, de Senegal o de México, al final estás hablando de lo mismo que hablaba mi madre en Valdemoro: de pagar facturas, de sacar adelante a los hijos, de tener un poco de alegría en casa.
¿Qué crees que te enseñó Valdemoro que te ha servido para desenvolverte en el extranjero?
Me enseñó que no hay nada más valioso que conocer a quien tienes al lado. En el callejón del Rey, en verano, salíamos todos a la calle y nos conocíamos. En casa nunca oí a mis padres criticar a los vecinos; había una predisposición a ver lo bueno del otro. Eso se te queda grabado. Cuando llego a un sitio nuevo —Madison, Iowa City, Athens—, ese aprendizaje te empuja a hacer algo tan simple como decir buenos días. Aunque al principio me miran raro, insisto. Al tercer día, ya me devuelven el saludo. Y así empiezan las comunidades.
¿Qué te gusta hacer cuando vuelves a Valdemoro?
Siempre hago lo mismo: en algún momento de los primeros días salgo a, simplemente, caminar solo. Bajo por la calle Grande, paso por la plaza, subo hacia la iglesia, doy una vuelta por la plaza de Autos, bajo hacia el Cristo de la Salud… Es como un circuito sentimental. A veces me invade la nostalgia, porque ya no conozco a casi nadie por la calle. O porque veo casas antiguas que han desaparecido y se han convertido en pisos. Pienso en aquella fila de casas frente a nuestro piso de Negritas, que yo juraba que jamás tirarían, y ahora son bloques nuevos. Pero al mismo tiempo me encanta ver la mezcla de gente que hay ahora: acentos, colores de piel, tiendas distintas. Me gusta pensar que, en el fondo, Valdemoro está volviendo a ser lo que seguramente fue hace siglos: un cruce de culturas.
¿Dónde sientes que está tu hogar ahora?
Suena tópico, trato de que hogar sea el lugar donde estoy. Hoy es Athens, mañana puede ser Seattle, si mi hija sigue allí, o Valdemoro, si paso unos meses. O Córdoba, que me encanta. Al final te conviertes un poco en ciudadano de todos los sitios y de ninguno. Para mí, hogar es un lugar donde puedes crear comunidad, aunque sea temporal: un grupo de vecinos, unas familias de la escuela, unos amigos con los que compartes mesa y confidencias. Eso puede ocurrir en el callejón del Rey, en un barrio de Athens o en un piso alquilado en cualquier parte.
Y la gran pregunta para cerrar: ¿te ves volviendo a vivir en Valdemoro algún día?
Me veo volviendo muchas veces, eso seguro. ¿Viviendo fijo? No lo tengo tan claro. Cuando me jubile, si la salud y la economía lo permiten, me gustaría moverme: pasar temporadas en Estados Unidos, temporadas en España, quizá en otras ciudades. Ir donde estén mis hijos, mi familia, mis amigos. Si por cualquier motivo la movilidad se complica, Valdemoro siempre será una opción muy natural: es mi sitio, donde crecí, donde están muchos de mis recuerdos y parte de mi familia. Pero creo que, a estas alturas, lo honesto es admitir que ya no puedo pensar solo en un lugar. Llevo al Valdemoro de mi infancia encima, vaya donde vaya. Y eso ya no me lo quita nadie.
Cerramos más de dos horas de maravillosa conversación con la promesa de un café en Valdemoro o en Athens, lo que el destino permita primero. Personalmente, termino la entrevista con una sonrisa y la sensación de salir un poco más ligero: con esa energía positiva, práctica y optimista que Javier transmite sin darse importancia.
Javier es una de esas personas que vienen para hacer del mundo algo mejor, un profundo humanista de los que escuchan y reflexionan sobre su entorno para construir desde lo pequeño. A lo largo de la entrevista me queda claro que los miles de kilómetros de distancia pesan, pero su compromiso con los orígenes es tan férreo y orgánico, que no me cabe duda de que este pueblo siempre está presente en los periplos de este nómada valdemoreño.
Texto: Sergio García Otero
Fotografía: NCuadreS
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