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Entrevista a Pedro Saludes: una vida entera pedaleando junto a Valdemoro

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Hacía al menos quince años que no atravesaba la puerta de Ciclo Saludes. Seguramente fue para que me repararan el tubo de escape de la que fue mi primera moto, una Piaggio Zip 50 de cuatro tiempos. Dentro siempre estaban mano a mano Pedro y su hijo Carlos. Nada más entrar, varias motos de exposición, y a la derecha una hilera de bicicletas te llevaba hasta el mostrador.

Aunque con muchas diferencias, la esencia de la tienda se mantiene intacta. Comienzo a buscar a Pedro por el local y enseguida me dice desde la lejanía: «Ya bajo». Nada más bajar las escaleras lo primero que me dice es: «¿Dónde tienes la bicicleta azul?, ¿aquí o en Arévalo?». Me quedo asombrado, han pasado casi dos décadas sin vernos y Pedro aún se acuerda de mi primera bicicleta, una BH azul de tamaño infantil que me acompañó toda la infancia, de mis padres y de mi pueblo.

En ese mismo momento me doy cuenta de que Pedro está hecho de otra pasta. De esa pasta que se sustenta en la cercanía, en el trato cercano del comercio de toda la vida, de preocuparse por los problemas de los vecinos como si fueran suyos y de querer aportar al que dice con orgullo que le parece el pueblo más bonito del mundo.

Pedro es historia viva del ciclismo en nuestro municipio. Llegó aquí cuando apenas había calles asfaltadas y supo ganarse la confianza y el cariño de los vecinos con su trabajo riguroso, su implicación personal y su pasión por las bicicletas. 

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Pedro, vamos al principio de todo. ¿De dónde vienes y cómo recuerdas tu infancia?

Nací en Zamora, en un pueblo pequeño que se llama San Miguel del  Esla, cerca de Benavente. Aquello era campo puro. Mi padre era agricultor, como casi todos, y también trabajó en la azucarera de Benavente. Luego estuvo un par de años en Suiza. Mi madre se quedó con nosotros. Tengo un hermano mayor y, como pasaba mucho entonces, fuimos viniendo en cadena: primero unos familiares, luego otros. Yo me crie entre el campo, los animales, cuidando pavos… Siempre digo que tuvimos mucha suerte porque nunca pasamos hambre.

¿Cuándo sales del pueblo y llegas a Madrid?

Vine a Madrid con 14 años, en el 68. Llegué a Parla porque allí vivía una tía mía. Ahí empecé a trabajar en lo que salía: en una fábrica de colchones, luego de tornero, de fresador… lo que hubiera. Pero yo ya sabía que lo mío no era eso. Yo quería dedicarme al mundo de las bicicletas.

¿Cómo nace esa fijación por la bicicleta?

Sin tener bicicleta. Eso es lo curioso. Me llamaban la atención sin tener una. Tanto es así que para tener mi primera bicicleta iba al rastro, cogía piezas viejas, piñones, el cuadro… y me montaba yo mis inventos. Más tarde mi padre me compró una de carretera, ya cuando vio que aquello iba en serio.

¿Y cómo se aprende a montar sin bicicleta?

Aprendí a base de golpes. Le cogía la bicicleta a mi padre, una de varillas. Recuerdo que un día me pegué una hostia contra un poste de la luz en el pueblo y casi me la cargo. En esa época la bicicleta era el medio de transporte, así que imagínate la faena. Era muy trasto, muy inquieto. Siempre andaba enredando.

¿Cómo comienza tu carrera deportiva?

Cuando llegué a Parla empecé a moverme con un grupo de gente a la que le gustaba la bicicleta, una asociación cicloturista que había allí. Al principio era salir a rodar, aprender, juntarnos los domingos, pero a mí eso se me quedaba corto. Yo quería competir. Con 17 años corrí la primera carrera; un campeonato de Castilla, cuando Castilla era Madrid, Toledo, Cuenca… No tenía equipo ni nada. Luego entré en una peña ciclista de Madrid, en Usera, la de Rogelio Hernández. Ahí ya empecé en serio.

¿Qué tipo de ciclista eras?

Yo era escalador, como Perico Delgado. Ese era mi estilo. Llegué a tener la licencia semiprofesional para correr tanto con aficionados como con profesionales. He compartido carretera con Perico Delgado, con Eduardo Chozas, con Bernardo Alfonsél… pero yo ya salía cuando ellos entraban.

¿Cuáles dirías que han sido tus mayores logros como ciclista?

Para mí, llegar hasta donde llegué viniendo de dónde venía, sin padrinos y sin ayudas. He corrido campeonatos de Castilla y el Campeonato de España de aficionados, y he compartido carretera con ciclistas que luego han sido grandes profesionales. Pero si tengo que quedarme con algo, es haber seguido toda la vida ligado a la bicicleta, sin dejarla nunca.

¿Cuál ha sido tu mayor motivación para mantener ese compromiso tan fuerte?

Probablemente mi mayor motivación —porque cada vez que me montó en una bicicleta me acuerdo de él— ha sido un compañero que perdí en la carretera. Yo tenía dieciocho años e íbamos entrenando por la zona de Seseña, por las carreteras que se usaban entonces para salir a rodar. Eran vías estrechas, sin arcén y con mucho tráfico, nada que ver con ahora. Íbamos tres amigos, como tantas veces, haciendo kilómetros, y un coche nos atropelló. Uno de ellos falleció en el acto y a mí me dejó parado meses. Fue un golpe durísimo, pero no me apartó del ciclismo. Me reafirmó en que la bicicleta era lo mío, que era una forma de vida, con todo lo bueno y lo malo que conlleva.

¿Qué recuerdos tienes de tu llegada a Valdemoro?

Fue a principios de los 70. Valdemoro tenía unos 3 000 habitantes. Dos tiendas. Me pareció un pueblo precioso. La gente dejaba las puertas abiertas. Yo seguía viviendo en Parla, venía y volvía todos los días, en bici o en moto, hasta que me casé aquí en el 79. Desde entonces, Valdemoro es mi casa.

¿Por qué decides asentarte en Valdemoro y no en otro sitio?

Un amigo abrió aquí una tienda de bicicletas antes que yo. Corríamos juntos. Él se fue después y yo me quedé. Vi que Valdemoro tenía futuro. Aposté por el pueblo cuando todavía era pequeño.

¿Cómo fueron los inicios de la tienda?

Duros. Muy duros. Vendía bicicletas y arreglaba lo que podía. La gente era obrera, campesinos, trabajadores de fábricas. La bici y la moto eran para trabajar. Luego me metí con las motos porque con las bicis no daba. Durante un tiempo tuve una tienda también en Titulcia y me pasaba el día de un lado para otro. Finalmente decidí quedarme solo con la tienda de Valdemoro y dar un mejor servicio. Más tarde comenzamos a vender y reparar motos, ese negocio nos ayudó mucho. Durante varios años fuimos número uno en ventas de la marca de la que era distribuidor.

La tienda fue mucho más que un negocio.

Sí, poco a poco empezó a crearse una comunidad. Al principio la bicicleta en el pueblo se usaba sobre todo para trabajar, para ir al campo o a la fábrica, pero poco a poco empezó a cambiar eso y la gente la empezó a ver también como ocio y deporte. Aquí se juntaba mucha gente, se hablaba de bicis, de carreras, de rutas, y de ahí fue saliendo una comunidad muy bonita. Esa afición fue la que dio pie a crear la agrupación ciclista y a empezar a organizar eventos y carreras en el pueblo, que durante muchos años llenaron las calles de bicicletas y de ambiente.

Junto con la tienda, la agrupación cicloturista ha sido tu otro gran proyecto de vida.

Sí, desde el año 1984, cuando la fundamos, me he volcado para ofrecer lo mejor a todos los socios. Llegamos a ser 120 personas, con distintos grupos según el ritmo e incluso una parte enfocada a la competición. Durante años representamos a Valdemoro en carreras nacionales. Ha supuesto mucho trabajo y dedicación para que la agrupación se adaptara a las necesidades de todos los integrantes, que todo el mundo tuviera su equipación, salieran con asistencia mecánica y no les faltara apoyo y comunidad en cada salida.

¿Qué eventos organizasteis con la agrupación ciclista?

Una vez que la montamos pronto empezamos a organizar eventos. Lo más fuerte eran las carreras en el pueblo, que se hacían en fiestas y en distintas fechas: llegamos a montar pruebas por la calle Grande, por la carretera de Torrejón y por la zona de las pistas de Cilasa (lo que ahora es El Restón) con doscientos corredores y el pueblo en la calle animando. También hacíamos todos los años la carrera del pavo en diciembre. Para mí era muy divertida; se corría por parejas y el premio era un pavo de verdad. Y aparte estaban las fiestas de la bicicleta, que durante años reunían a cientos de personas en la plaza. Entregábamos premios, la gente se disfrazaba y había un ambiente familiar muy bonito que recuerdo con mucho cariño.

Has tenido y sigues teniendo mucho compromiso con la agrupación cicloturista y con la promoción del ciclismo en el pueblo. ¿Qué te aporta este lado más social de la bicicleta?

Me aporta casi más que la propia competición. La parte social de la bicicleta es la que te deja huella de verdad. El ver a la gente disfrutar, salir en grupo, ayudarse cuando alguien pincha o se queda atrás, eso no tiene precio. La agrupación me ha dado amistades para toda la vida y la sensación de haber construido algo más grande, algo del pueblo. Promover el ciclismo en Valdemoro siempre lo he hecho por afición y por compromiso, nunca he querido ganar dinero con ello.

¿Qué opinión tienes de la situación del ciclismo en Valdemoro en la actualidad?

Yo creo que se ha ido apagando con los años. Antes había carreras, había eventos, había movimiento y la bicicleta tenía mucha presencia en el pueblo, tanto a nivel deportivo como social. Ahora hay afición, porque la gente sigue saliendo en bici, pero falta apoyo y organización para que eso se traduzca en algo más visible. Desde mi punto de vista, se ha perdido parte de ese espíritu de pueblo ciclista que había antes; y es una pena, porque Valdemoro tuvo mucha vida alrededor de la bicicleta.

Después de tantos años de trayectoria, ¿te queda algo por hacer?

La verdad es que siento que he hecho casi todo lo que quería hacer. Después de tantos años, ahora me toca jubilarme, bajar un poco el ritmo y seguir disfrutando de la bicicleta hasta que el cuerpo lo permita. Si me queda algo por hacer es dar las gracias: al pueblo de Valdemoro, a la gente que ha pasado por la tienda, a la agrupación, a los amigos y a todos los que me han acompañado en este camino. Sin ellos nada de esto habría sido posible.

Terminamos la entrevista recorriendo la tienda y observando los innumerables pedazos de historia que siguen allí almacenados: pegatinas de los años ochenta y noventa, recambios que son auténticas reliquias y maillots de todas las épocas y colores. Yo, que me dedico al cine, sé que ningún director de arte podría ambientar una tienda de bicicletas con la verdad que tiene la tienda de Pedro. Personalmente, me invade la nostalgia al darme cuenta de que el tiempo avanza, y negocios como el de Pedro ya no encajan en una sociedad donde hay otras prioridades.

Me siento afortunado de poder haber vivido esa otra realidad y de conocer a una persona tan querida y con unos valores tan fuertes como Pedro Saludes. Quizás la clave para los nuevos tiempos esté en fijarnos más en personas como él.

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