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Entrevista con Harold Gene Diab

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Me gano la vida enseñando inglés y conozco bastante bien a muchas de las personas que publican libros y están relacionadas, de alguna forma, con esta localidad. Pero la villa de  Valdemoro no deja de sorprenderme. Hace tres años, llegaron a mis manos dos libros sobre arte escritos en inglés y publicados en Valdemoro. No podía creérmelo. Los libros venían firmados por Harold Gene Diab. Pregunté a mi alrededor y nadie lo conocía. Afortunadamente, los dos libros venían acompañados de una carta de presentación en la que, además de hablar un poco de su trayectoria vital y artística, Harold dejaba un número de teléfono. Así de fácil —o de rebuscado, quién sabe— encontré a un amigo. Harold venía literalmente de otro mundo y, sin embargo, su vida había girado en torno a Valdemoro durante más de veinte años. Venía de Ohio, el primer estado que visité en mis múltiples viajes a los Estados Unidos y, sin embargo, hablaba un inglés distinto. Harold hablaba un inglés de otra época, con el vocabulario que aparece en los libros clásicos, sin contracciones, con sujetos, verbos y complementos perfectamente ordenados en la oración. Harold tenía, además, una pronunciación cuidada y sería la envidia de los locutores de radio del medio Oeste de los Estados Unidos. Un café nos llevó a otro. Harold tuvo la amabilidad de acercarse unas cuantas veces por mi escuela y de compartir conmigo y con mis alumnos su sabiduría y sus conocimientos de arte. Harold, además, tenía un pasado lleno de aventuras estupendas y un presente lleno de proyectos hermosos. Por eso, era cuestión de tiempo el que entrevistáramos a Harold para La Revista de Valdemoro. Lo hicimos en este mes de febrero para anunciar que está a punto de publicar su primer libro en español, una revisión concienzuda de su tercer libro, que gravita alrededor de la vida y obra del artista renacentista Miguel Ángel.

¿De dónde viene Harold Gene Diab?

Crecí en los Estados Unidos, en Gibsonburg, un pueblo granjero en el estado de Ohio. Mi padre, Paul Harold Diab, llevaba un bar en el centro del pueblo. Trabajaba todo el día para sacar adelante a su familia: mi madre Janet y mis seis hermanos. Yo fui el tercero. El bar había pertenecido a mi abuelo, un sirio que había emigrado desde Egipto en 1894. Él y mi abuela Rosalie, una inmigrante alemana, se conocieron en Nueva York y se casaron dos años más tarde. Poco después de que mi padre acabara el servicio militar obligatorio, los japoneses bombardearon Pearl Harbor. Sabía que sería de los primeros en ser llamados por el ejército, así que se casó con mi madre a toda prisa. Aunque educaron a mi madre en la iglesia metodista, se convirtió al catolicismo. Como había sospechado, lo mandaron al frente del Pacífico, recibió más instrucción en las islas Fiji y combatió en Guadalcanal y en las islas Salomón. Estuvo en el frente hasta que acabó la guerra. Recibió heridas graves y le condecoraron con el Corazón Púrpura.

Estoy seguro de que en casa escuchaste muchas historias sobre la guerra.

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Cuando éramos niños jugábamos en el jardín con parte del equipamiento militar que nuestros padres habían traído del frente. Los padres de mis amigos también habían estado en la guerra, algunos en Europa combatiendo a los nazis. Mi tío Ken, el hermano de mi madre, había conocido al general Patton personalmente. La guerra estaba muy presente en nuestras conversaciones y en nuestros juegos.

¿Qué significaba ser católico en Ohio?

Mi madre era una mujer muy religiosa. Los católicos nos juntábamos todas las semanas para rezar el rosario. Tom, mi hermano mayor, y yo fuimos monaguillos y nos aprendimos las oraciones en latín; mi hermana Cheryl tocaba el órgano durante la celebración de la misa. Un día, en el bar, un hombre contó orgulloso a mi padre que su hijo iba a estudiar en el seminario para convertirse en sacerdote. La educación allí era mucho mejor que la de las escuelas públicas en Gibsonburg. El fin de semana siguiente, mi padre nos llevó al seminario. Un joven diácono nos enseñó las instalaciones y nos dijo que allí los chavales también hacían deporte. A mí me gustaban y se me daban bien el fútbol americano, el baloncesto y el béisbol y tenía pensado jugar en el instituto. De alguna forma, las instalaciones deportivas de la Universidad Pontificia Josephinum me convencieron para quedarme. Primero estuvo allí mi hermano Tom y yo me uní a él al año siguiente. Allí cursamos los estudios de secundaria. Nuestros profesores eran curas bien preparados: nos enseñaban latín, literatura, historia… Nuestro profesor de español nos habló en su lengua desde el primer día. Muy pronto, el profesor de latín también nos hablaba en esa lengua y tradujimos a César, a Cicerón y a algunos de los padres de la Iglesia. Leí un montón de novelas y soñé con ser un gran escritor. Mark Twain y Ernest Hemingway eran mis modelos. Durante mi quinto año en el seminario, comencé a relacionarme con los seminaristas más mayores y, gracias a ellos, descubrí a Bob Dylan, a los Beatles, a Joan Baez… Aprendí a tocar la guitarra…

¿Te sentías atraído por el mundo fuera del seminario?

Con el tiempo, me di cuenta de que no tenía la vocación necesaria para hacerme sacerdote, a diferencia de mi hermano Tom, que se convirtió en capellán castrense. Abandoné el seminario y continué mis estudios en la Universidad Estatal Bowling Green, que estaba cerca de mi casa. El cambio no fue fácil. La vida normal fuera del seminario tenía sus complicaciones y anduve un tanto perdido. Mi padre me convenció y me decidí por una carrera que me convertiría en profesor de instituto. Mi primer año en la universidad no fue fácil. Entonces ocurrió algo que cambió mi vida. Mi profesor de español me propuso que estudiara en España. Podía matricularme en la Universidad Complutense y él se aseguraría de que recibiría los créditos equivalentes en Bowling Green. Su propuesta me sorprendió. A mis padres no les había hecho mucha gracia que abandonara el seminario y ahí estaba yo ahora diciéndoles que deseaba irme a España.

¿En qué año llegaste a España? ¿Qué tal fue tu experiencia?

Llegué a España en septiembre de 1966, cuando tenía 20 años. No estaba preparado para dejar los Estados Unidos y vivir en un país diferente, aunque mi nivel de español no era malo, gracias a las excelentes lecciones de mi profesor del seminario, el padre Pablo. Al principio, todo me sorprendía; todo me desconcertaba. Mi casera, una señora mayor que se llamaba Margarita, me ayudó mucho. Me acompañó a la comisaría para ayudarme con la documentación el primer día. Comía en restaurantes económicos y aprendí a apreciar la comida española. Cuando llegué a la Universidad, me sorprendió el alto número de alumnos por clase y la diversidad de niveles de español en cada clase: algunos hablaban mejor que yo y otros no sabían nada. Enseguida me di cuenta de que ir a clase era una pérdida de tiempo. Aprendía más español y sobre España con Margarita y con la gente que conocía en los bares.

En casa de Margarita conociste a la que se convertiría en tu mujer.

Sí, Anna Gabriel venía de Suiza y también se hospedaba en casa de Margarita. Anna era una chica suiza fascinante que había venido a España para aprender español —su quinto idioma— y ya hablaba mejor que yo. Compartíamos nuestro amor por la literatura y la filosofía. Pasábamos horas hablando mientras yo aprendía español y ella se reía de mi ingenuidad.

Fue entonces cuando descubriste el Museo del Prado.

No me cabe duda de que fue mi mayor descubrimiento. Iba visitando cada una de las salas y me quedaba de pie admirando los grandes cuadros como si estuviera visitando un templo. Un templo de historia y cultura. Poco a poco, comencé a leer sobre esos grandes artistas y sobre la historia de España. Durante ese año, fui al Prado un montón de veces. Descubrí a Goya, al Greco y a Velázquez. La pintura nunca me había llamado la atención en Estados Unidos, con la excepción, tal vez, del trabajo realista y a menudo cómico de Norman Rockwell, que aparecía en las portadas de una revista muy popular, The Saturday Evening Post. Por primera vez en mi vida, no tenía a un adulto guiando mis decisiones, así que pasé muchas tardes en las cuevas de la Plaza Mayor de Madrid, bebiendo vino y entreteniendo a las chicas con mi guitarra. Margarita pensaba que ni llevaba una vida ordenada ni estaba conociendo España como debía, así que me invitó a viajar con ella y nos quedamos en sus pisos de Burgos y Alicante. Me dejó conducir su seiscientos. España me fascinó: los castillos, los paisajes, los pueblos y las ciudades, la gente… Todavía me acuerdo del día que vi el Mediterráneo, en Alicante, por primera vez. Como digo, apenas fui a la universidad mientras tenían lugar las clases de español para extranjeros. Sin embargo, sí que fui con frecuencia cuando comenzaron las clases regulares organizadas por la universidad de Bowling Green en Madrid. Los profesores eran excelentes. Llegó el final de curso y se me hacía difícil dejar el país del que me había enamorado. Volver a los Estados Unidos, terminar mis estudios y trabajar como profesor de instituto no podrían superar ese año en España. Fue difícil, también, dejar a Anna Gabriel, mi nueva novia.

Volviste a Estados Unidos, pero pronto surgió la manera de regresar a Europa.

Me alegré mucho de ver a mi familia y a mis amigos después de tanto tiempo, pero las perspectivas de futuro en los Estados Unidos no se podían comparar con el «paraíso» español que acababa de abandonar. Terminé la universidad al año siguiente, en 1968, y me ofrecieron un trabajo en el instituto de Gibsonburg. Pero eso significaba volver a vivir con mis padres. Quería seguir disfrutando de la independencia de la que había gozado en España y rechacé la oferta. Preferí trabajar de profesor en un instituto en Pittsburgh, Pennsylvania. Nunca había imaginado mi trabajo como profesor. Los chavales no eran como en el seminario. La mayoría no quería estudiar. Aunque me empeñaba en compartir mi pasión por el español, el latín y la literatura, siempre había estudiantes que no querían cooperar. Me resultó difícil hacerme con ellos y, tras un año en las aulas, decidí viajar a Suiza y reencontrarme allí con Anna. Ella había vuelto a su tierra y nos habíamos mantenido en contacto a través de una frecuente correspondencia. Me invitó a continuar mis estudios en la Universidad de Basilea. Conseguí aprobar el examen de alemán que requerían y cursé estudios de Español, de Literatura Inglesa y de Literatura de los Estados Unidos. Pasé muchas horas en la hermosa biblioteca de la universidad, pero no me vi con la energía necesaria para una tesis doctoral. Prefería escribir pequeñas historias de ficción y hasta intenté abordar una novela. Pero nada me convencía lo suficiente. Estaba en el lugar equivocado embarcado en la tarea equivocada. Así que decidí volver al lugar donde quería estar: España. Cuando cruzamos la frontera me encontraba en la cafetería del tren con un vaso de rioja en una mano y un Ducados en la otra. La sangre volvió a fluir por mis venas. Madrid ya había cambiado, pero sentí que viviendo allí podía ser feliz. Encontré un lugar donde vivir en la calle Argensola y comencé a trabajar en una academia de inglés para gente adinerada. Algunos de mis estudiantes eran gente importante: actores como José Luis López Vázquez, productores de cine como José Maria Forqué, almirantes, generales, embajadores y sus familias y esposas de banqueros. Le di clase también a la mujer del pintor José Vela Zanetti. Años después, cuando me convertí en escultor, conocí a escultores como Luis Sanguino, creador de las puertas de la Almudena, y Fernando Collaut Valera, que terminó la escultura de Cervantes en Plaza de España. Me gustaban los toros y vi muchas corridas. Era una forma de empaparme de la cultura de España en ese momento. Comencé a modelar figuras de toros en arcilla. Inspirado por Goya, quería capturar la belleza y la nobleza de estos animales. Tras hornear mis figuras, fui a una fundición para tener algunas de mis mejores obras en bronce. El siguiente paso sería esculpir en piedra. No fue fácil buscar un maestro, pero, al final, lo encontré: Fernando Chicharro era tal vez el escultor de mármol con más destreza de España. Trabajaba para el Ayuntamiento de Madrid y restauraba las esculturas dañadas de la ciudad. Trabajé para él y sus ayudantes durante tres años y medio. Esculpía en mármol por la mañana y continuaba con mis clases de inglés por la tarde. Cuando salía de la academia, me iba al Círculo de Bellas Artes, en el centro de Madrid y practicaba dibujo frente a modelos desnudos que posaban para docenas de estudiantes. Nunca había dibujado e intenté aprender junto a gente verdaderamente talentosa. Me uní a la Asociación Española de Pintores y Escultores y pude contribuir con mi obra en sus exposiciones. Una de mis figuras más grandes fue parte de una exposición en el Palacio de Cristal del Retiro. En 1980, llegué a conseguir una exposición individual en El Centro Cultural de Los Estados Unidos, entonces ubicado en la calle de San Bernardo. En ese momento, quería ser un escultor profesional. Sin embargo, de forma inesperada, un extraño dolor de espalda cambió mi vida. Ni siquiera podía dar clases de inglés debido a mis dolores. Tenía que tumbarme después de cada clase, así que tuve que dejar la academia y daba clases particulares en mi casa. Por la noche, tenía terribles dolores de cabeza que duraban hasta la mañana. Fueron muchos años en estas condiciones: no pude dedicarme a la escultura.

¿Cuándo te reencontraste con Anna Gabriel Stocker? Me dijiste que os habíais casado en 1974.

Anna volvió a España y nos casamos en 1974. Gracias a una herencia que ella recibió, compramos una casa en Seseña Viejo, con un jardín y con unas bellas vistas del castillo de Puñoenrostro. Nos había parecido el lugar ideal para trabajar la piedra y crear mis esculturas más grandes. Mis problemas de salud me lo impidieron. Anna y yo nos mudamos a Seseña y comenzamos a enseñar inglés en nuestra casa. Allí vimos otra España, la del mundo rural, y me di cuenta de que todavía había partes de España que no conocía. La gente era muy amable y aprendí mucho sobre este país. Oí historias memorables sobre la Guerra Civil de boca de los mayores del lugar. Cada vez disfrutaba más de la naturaleza y daba largos paseos para conocer nuevas especies de pájaros e insectos. A veces, hasta encontré restos de objetos prehistóricos. Por la noche, oía cantar a los ruiseñores desde el arroyo bajo el castillo y observaba cómo la lechuza volaba hacia la torre de la iglesia. Los paisajes de Seseña pedían ser plasmados de la misma forma que lo habían hecho las corridas de toros años antes. Anna me animó a pintar. Trabajé tanto como me lo permitía mi espalda. Vendimos la propiedad de Seseña y nos mudamos a Valdemoro. Con un poco de suerte, podríamos abrir una academia de idiomas en esta localidad. Compramos un piso en 1978, en Estrella de Elola, y comenzamos nuestras clases de idiomas. Valdemoro era el lugar ideal para este proyecto. Las cosas nos fueron bien. Pronto comencé a escribir y publicar artículos de historia, arte y otros temas que me apasionaban. Y nunca dejé de pintar. Mi mujer enfermó súbitamente con enfisema pulmonar. Su condición empeoró y murió en 2017. Fue un momento muy duro. Vivimos juntos durante muchos años y, cuando murió, daba la sensación de que me faltaba la mitad de Harold Gene Diab.

Un día, mi amigo José Luis Rodríguez Leal, el fotógrafo del pueblo, me invitó a comer en el Centro de Mayores y me presentó a la directora, Felipa Gómez. Me propuso que enseñara inglés como voluntario. Allí llevo desde 2018. Hasta que llegó el coronavirus, comía en la cafetería del centro y así hice muchos amigos. Fueron momentos muy gratos. Ese mismo año, Felipa me invitó a exponer mi trabajo en el centro y para mí fue un honor. Recopilé mis mejores pinturas y esculturas para llevar a cabo mi primera exposición en muchos años. No me podía creer todas las cosas buenas que me estaban pasando. Agradezco mucho a Felipa y a Juan Antonio, su marido, todo su apoyo. Un día afortunado me presentaron a mi actual mujer, Janet. Ambos sentimos una atracción muy profunda y comenzamos a pasar más tiempo juntos. Descubrimos que compartíamos un interés especial por el arte, la naturaleza y los viajes. Janet me ayudó a entender y a navegar por un mundo desconocido para mí. Apareció en el momento más oportuno. Como madre que ha criado a dos hijos, Janet me ha enseñado el significado del amor incondicional y el valor de los vínculos familiares, que yo no había experimentado antes. Comenzamos a viajar a lugares históricos y me impulsó a contactar nuevamente con mis hermanos y mi familia en Estados Unidos, con quienes había perdido casi toda comunicación. Sin su compañía, no habría imaginado las experiencias que hemos compartido estos últimos siete años. No he conocido a nadie con tanta vitalidad y ganas de vivir, con lo que fue fácil decidirme a casarme y vivir con ella. Cuida de mí constantemente. Parte de esos cuidados son sus deliciosos platos colombianos, típicos de su país de origen.

Fue también Janet quien te animó a publicar tus libros sobre arte.

Había publicado muchos artículos sobre arte en varios blogs, tanto en inglés como en español. Recopilé muchos de esos artículos en tres libros de arte: Great Art, Do You See what I See? (2023), Give Great Art Another Look (2023) y Discover Michelangelo (2024). Publiqué los tres en inglés. Janet me ha ayudado también a traducir y a reorganizar el último, el dedicado a Miguel Ángel Bounarroti, al español y está a punto de ser publicado.

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El español de Harold es impecable. Sin embargo, ha preferido hacer esta entrevista en inglés. He intentado ser un fiel traductor de sus palabras. No es la primera vez que esto nos ocurre en La Revista de Valdemoro. En 2018, entrevistamos al artista Wojciech Siudmak y pudimos hacerlo con una intérprete polaca. La villa de Valdemoro no deja de sorprenderme. En este caso, me sorprendió permitiéndome conocer a una persona estupenda que nació en un pueblecito de Ohio, Gibsonburg, con una población de 2581 habitantes según el censo de 2010.

Texto: Fernando Martín Pescador

Fotografía: Ncuadres

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