
Hay teorías que defienden que la vida no es lineal sino cíclica. Que por el recorrido de ese círculo nos ocurren cosas que nos transforman y nos devuelven al mismo punto desde una perspectiva diferente. En el caso de Elvira Soto estas teorías tienen mucho sentido, pues descubrió el teatro gracias a la Universidad Popular de Elche y hoy lleva más de veinte años siendo profesora de esta disciplina en la Universidad Popular de Valdemoro.
Actriz, bailarina, especialista en danza histórica, esgrima escénica y teatro clásico, es una de las personas que más discretamente han contribuido a construir buena parte de la actividad cultural del municipio. Elvira nunca ha entendido su profesión como una suma de títulos o trabajos. Para ella todo forma parte de un mismo camino: el de seguir aprendiendo, interpretando y compartiendo.
Aunque hoy estás presente en gran parte de la actividad cultural del pueblo, tu historia empieza bastante lejos de Valdemoro.
Sí, nací en Palma de Mallorca, aunque realmente me he criado entre Madrid y Elche. Mucha gente piensa que soy ilicitana porque toda la familia de mi madre es de allí y, de alguna forma, siempre lo he sentido como mi pueblo. Pero mi infancia ha transcurrido entre los dos sitios.
Antes de llegar a ese primer contacto con el teatro hubo una niña que probó casi todas las actividades extraescolares posibles.
[Ríe]. Sí, es verdad. Estuve interna en un colegio cuando era pequeña y allí nos ofrecían actividades continuamente. Hice artes marciales, cama elástica, voleibol… prácticamente todo lo que había. Recuerdo que también me apunté a teatro, aunque aquello me dejó un poco fría porque lo único que hacíamos era trabajar con marionetas. No me terminó de convencer. Sin embargo, poco después me apunté a una actividad que se llamaba Expresión Corporal y ahí sí pasó algo. Es muy difícil explicarlo porque tendría siete u ocho años, pero entendía perfectamente lo que me estaban proponiendo. Sentía que mi cuerpo respondía a aquello de una forma completamente natural. No era consciente de que estaba descubriendo una vocación; simplemente había encontrado un lenguaje en el que me sentía cómoda. Con el tiempo me he dado cuenta de que aquel fue, probablemente, el verdadero comienzo de todo.
¿Quizás por eso el baile se incorporó rápido a tu vida?
Tampoco fue una decisión demasiado meditada. Empecé haciendo danzas regionales. Lo único que recuerdo es aprender la muñeira. Luego, cuando me trasladé a vivir a Elche, ocurrió algo bastante curioso. Yo era la niña nueva del barrio y quería integrarme. Las compañeras del colegio iban a ballet y me preguntaron si quería acompañarlas. Acepté simplemente porque quería hacer amigas. Lo paradójico es que ya entonces estaba convencida de que había empezado demasiado tarde. Tenía once años, y sabía que las bailarinas comenzaban siendo muy pequeñas, así que jamás pensé que acabaría trabajando profesionalmente en la danza.
Pero eso no te despistó de querer ser actriz.
Siempre quise ser actriz. No recuerdo una época en la que quisiera dedicarme a otra cosa. Es verdad que el ballet fue ocupando cada vez más espacio porque, gracias a mi profesora en Elche, pude finalizar los estudios de danza clásica certificados por el Conservatorio Superior de Danza de Alicante, pero en mi cabeza seguía estando el teatro. Descubrí el teatro de verdad en la Universidad Popular de Elche. Además, en casa nunca me hicieron sentir que aquello fuera una locura. Ninguno de mis padres era artista, pero sí personas muy sensibles culturalmente. Mi padre me llevaba al teatro con muchísima frecuencia. Recuerdo ver espectáculos de La Fura dels Baus siendo adolescente y darme cuenta de que estaba accediendo un mundo que casi nadie de mi edad conocía. El director de la compañía con la que empecé a estudiar en Elche, La Carátula, era amigo de mi madre. Siempre tuve la sensación de que mi familia me abría puertas para que pudiera descubrir cosas, nunca para decirme lo que tenía que hacer.
Sin embargo, cuando llegó el momento de empezar a trabajar, quien llamó primero fue la danza.
Exactamente. Y eso demuestra que la profesión muchas veces tiene sus propios planes. Yo terminé los estudios de danza clásica y empezaron a salir contratos como bailarina. Hice revistas musicales, rock and roll, zarzuela, musicales… El ballet me dio la técnica, pero luego el escenario me llevó por caminos muy diferentes. Durante muchos años viví principalmente de la danza. Y es curioso porque nunca dejé de pensar que era actriz. Simplemente el trabajo llegaba por otro sitio. Mirándolo ahora, creo que fue una suerte. Todo ese recorrido me dio unas herramientas que hoy utilizo constantemente cuando interpreto. Nunca he sentido que hubiera dos carreras diferentes. Siempre ha sido la misma profesión observada desde lugares distintos.
Como artista multidisciplinar has seguido creciendo a pesar de tener una trayectoria profesional. ¿Cómo llega la danza histórica a tu vida?
Llegó casi por casualidad. Mientras trabajaba como bailarina seguía muy vinculada al teatro clásico y me di cuenta de que había muchas referencias a pavanas, gallardas o jácaras que yo desconocía. Aquello me hizo sentir que tenía una laguna importante, así que me apunté a un curso de danza histórica. Fue un flechazo. Gracias a María José Ruiz Mayordomo, fundadora de la compañía Esquivel, descubrí el origen de muchos movimientos que llevaba años haciendo y entendí la estrecha relación entre la música, la danza y el teatro del Siglo de Oro. Es casi un trabajo arqueológico: estudias tratados antiguos y reconstruyes una forma de bailar que permite comprender mucho mejor textos de autores como Lope de Vega o Calderón.
Esa necesidad de profundizar también te llevó a otra especialidad poco habitual: la esgrima escénica.
Todo está relacionado. La mayoría de la gente identifica la esgrima con el deporte olímpico, pero la esgrima escénica es otra cosa. Es la que vemos en el teatro, en las películas o en cualquier montaje donde aparecen espadas. Tuve la suerte de aprender con Jesús Esperanza, que había sido esgrimista olímpico y después dedicó muchos años a investigar los tratados históricos para aplicarlos a la interpretación. Aquello cambió completamente mi forma de entender los combates sobre un escenario. No se trataba únicamente de aprender una coreografía para que pareciera una pelea. Había toda una técnica, una lógica y una manera de moverse que nacía de los propios tratados del Siglo de Oro. Y, además, descubrí otra cosa muy curiosa. En muchas épocas el maestro de danza y el maestro de esgrima eran la misma persona. La nobleza aprendía ambas disciplinas porque las dos ayudaban a mantenerse en forma. Cuando conoces ese contexto entiendes que todo forma parte de una misma cultura.
Da la impresión de que cada disciplina te llevaba inevitablemente a otra.
Me ha ocurrido muchas veces. Después de profundizar en el método Stanislavski aparecieron el clown, la comedia del arte, la improvisación, el teatro en verso… Y con cada descubrimiento volvía a ocurrir lo mismo: sentía que todavía me quedaba muchísimo por aprender. De repente comprendí que todas esas piezas —la danza histórica, la esgrima, el verso— pertenecían al mismo universo. Durante una época bromeaba diciendo que vivía más en el siglo XVII que en el XXI. Pero, en realidad, era bastante cierto.
Sin embargo, tu carrera nunca se ha limitado al Siglo de Oro.
De hecho, muchas veces mi agenda parecía una locura. Recuerdo perfectamente una época en la que estaba participando en Fuenteovejuna, dirigida por Juan Polanco y Karmele Aranburu para el Festival Iberoamericano del Siglo de Oro. Por las mañanas actuaba en el Tren de Cervantes y, al día siguiente, me subía a una furgoneta para recorrer España con Cantajuego. Podía estar recitando versos de Lope de Vega un sábado por la noche y cantando Soy una taza delante de cientos de niños el domingo por la tarde. Hay quien ve esos dos mundos como algo incompatible. Yo nunca lo he vivido así.
Algo que me parece interesante de tu historia es cómo la figura de la Universidad Popular ha aparecido en momentos y lugares diferentes para contribuir a tu carrera profesional.
La Universidad Popular cambió mi vida dos veces. La primera fue en Elche, cuando era una adolescente y descubrí allí el teatro de verdad. La segunda ha sido aquí, en Valdemoro, donde llevo más de veinte años enseñando y creciendo profesionalmente. La Universidad Popular para mí significa accesibilidad. Muchas veces pensamos en la cultura como algo reservado a quienes ya tienen unos conocimientos previos o pueden permitirse una formación determinada. La Universidad Popular rompe completamente esa idea. Aquí puede entrar cualquiera. No tienes que demostrar que sabes interpretar, bailar o pintar. Solo necesitas curiosidad y ganas de aprender. Además, hay otro aspecto que a veces pasa desapercibido y para mí es igual de importante: crea comunidad. Los talleres no solo enseñan una disciplina artística. Hacen que personas que probablemente nunca se habrían conocido acaben compartiendo un proyecto, una amistad o incluso una asociación cultural. En Valdemoro ha ocurrido muchas veces. Personas que coincidieron en un aula de la Universidad Popular terminaron creando grupos de teatro, colectivos artísticos o proyectos propios que siguen vivos años después. Eso significa que la Universidad Popular no termina cuando acaba una clase. Su influencia continúa fuera.
¿Recuerdas la primera impresión de Valdemoro?
Perfectamente. Vine para hacer las pruebas de acceso al Teatro de la Danza de Madrid. Vine con mi pareja, que me trajo en coche, no conocíamos el pueblo y salimos con muchísimo tiempo por miedo a perdernos. Localizamos enseguida el teatro, pero habíamos llegado tan pronto que decidimos buscar un sitio para desayunar y el único bar que encontramos abierto fue el Bar Santander. Siempre cuento esa anécdota porque todavía hoy, cuando paso por delante, le digo a mi hija: «Aquí me tomé el primer café de mi vida en Valdemoro, con papá». Ella ya se ríe porque la ha escuchado cientos de veces. En aquel momento el pueblo me pareció muy pequeño, muy tranquilo. Era imposible imaginar que acabaría viviendo aquí.
Sin embargo, no tardaste demasiado en crear un vínculo muy fuerte con el municipio.
Pasaron unos años hasta que volví a encontrarme con Valdemoro porque las clases del Teatro de la Danza las hice en Getafe. La segunda vez que supe de Valdemoro fue para cubrir a Mariano Serrano en las clases de teatro que impartía en la UPV. Al principio venía únicamente a dar clase. Seguía viviendo en Madrid y cuando terminaba me volvía a casa. Pero cada vez me quedaba más tiempo. Empecé a venir los fines de semana para ver la programación del Teatro Juan Prado, acudía a exposiciones, participaba en actividades… Me di cuenta de que pasaba más horas en Valdemoro que en Madrid.
No especialmente, porque a mi hija y a mí nos encantaba vivir en Madrid. Estábamos en Embajadores y era una etapa muy bonita. Pero llegó un momento en el que ella iba a empezar el instituto y pensé que Valdemoro podía ofrecerle algo que en Madrid era mucho más complicado: autonomía. Desde el primer día fue andando sola al instituto. Iba a entrenar, volvía a casa, quedaba con sus amigos… Teníamos la sensación de que podía empezar a moverse con libertad y seguridad. Ese fue probablemente el motivo definitivo para dar el paso.
¿Cómo era ese Valdemoro de principios de los dos mil?
Me sorprendió mucho la actividad cultural de Valdemoro. Me encontré un pueblo donde siempre había algo que hacer. Había programación teatral todos los fines de semana, exposiciones, el Club de Amigos del Cine, conciertos, actividades de la Universidad Popular… Y justo coincidió con el nacimiento de la Feria Barroca. Recuerdo perfectamente aquellas primeras ediciones porque ya entonces se veía que iba a convertirse en un evento muy importante. Con el tiempo ha terminado siendo uno de los grandes referentes culturales del municipio y una cita que atrae a muchísima gente de fuera.
Poco a poco dejaste de ser únicamente profesora para convertirte en una pieza importante dentro de muchas actividades culturales.
Sí, pero nunca fue algo buscado. Primero colaboré en algunas animaciones para Carnaval. Después empezaron a pedirme pequeñas dramatizaciones. Más tarde coordiné la programación del café teatro que existía entonces, participé en presentaciones, galas, actividades para bibliotecas, institutos…Y, cuando quise darme cuenta, estaba implicada en muchísimas iniciativas diferentes.
Hay vecinos que te han visto presentando el pregón, otros haciendo de Estrella de la Olla, otros en la Cabalgata de Reyes o en la Feria Barroca.
[Ríe]. Sí, es verdad. A veces yo misma hago memoria y pienso: «Madre mía, la cantidad de cosas que hemos hecho». Pero todas tienen un denominador común: contar historias.
En la Cabalgata llevo muchísimos años participando con el Auto de los Reyes Magos. En Carnaval trabajamos la comitiva del Entierro de la Sardina con los alumnos. He presentado los pregones de las fiestas, las galas del concurso de cómic, actividades de las bibliotecas… Al final todo nace del teatro. No entiendo esas actividades como simples espectáculos de animación. Siempre intento que exista una pequeña dramaturgia detrás. Que el personaje tenga una razón de ser. Que cuente algo.
Uno de los proyectos que más reconocimiento ha tenido han sido las visitas teatralizadas sobre Diego de Pantoja.
Posiblemente porque es uno de los trabajos en los que más horas he invertido. Cuando me pidieron que preparara aquellas visitas me encontré con un problema enorme. Había muy poca información disponible. Empecé leyendo tesis doctorales, investigaciones históricas, publicaciones en inglés, estudios sobre la China de los siglos XVI y XVII… Necesitaba encontrar al personaje. Eso fue posible gracias a la carta escrita por el propio Diego de Pantoja. Aquello cambió completamente el proyecto porque dejé de estudiar únicamente a un personaje histórico para empezar a escuchar su propia voz. A partir de esa carta construí la dramaturgia, el carácter del personaje y toda la visita teatralizada.
Has dicho alguna vez que te consideras más divulgadora que profesora.
Enseño interpretación, técnica o análisis de textos, pero mi objetivo principal es despertar la curiosidad. Si después de un curso una persona sabe quién fue Molière, conoce El enfermo imaginario y entiende por qué sigue siendo un autor importante cuatro siglos después, para mí ya ha merecido la pena. No necesito que todos mis alumnos terminen siendo actores profesionales. Lo importante es que descubran un mundo que quizá nunca se habrían planteado conocer.
Sin embargo, algunos sí han terminado dedicándose profesionalmente al teatro.
He tenido alumnos que empezaron aquí casi por casualidad y después ingresaron en la Real Escuela Superior de Arte Dramático o continuaron formándose en escuelas profesionales. Recuerdo especialmente a una alumna que consiguió entrar en la RESAD. Ella quería seguir viniendo también a mis clases, pero llegó un momento en que era imposible compatibilizarlo. Y eso era precisamente lo bonito, la Universidad Popular había cumplido su función. Había servido como puerta de entrada y le había descubierto que aquello era realmente su vocación.
Después de tantos años observando la evolución cultural de Valdemoro, ¿cómo ves el momento actual?
Creo que hay mucho trabajo por hacer, pero también motivos para ser optimistas. Todos sabemos que ha habido años muy complicados. Primero por cuestiones económicas y después por la pandemia. La cultura, como tantas otras áreas, tuvo que reorganizarse prácticamente desde cero. Ahora creo que se está empezando a recuperar poco a poco ese impulso. Hay mejoras que todavía son necesarias, especialmente en infraestructuras, porque la Universidad Popular necesita espacios acordes con la actividad que desarrolla. Pero también veo una voluntad de seguir creciendo. Y eso siempre es una buena noticia.
Acaba de terminar el curso, pero estoy seguro de que ya tienes en mente el próximo.
Sí, y además el calendario me lo pone bastante fácil porque el próximo año se cumplen cien años de la generación del 27. Me gusta mucho trabajar a partir de las efemérides porque son una excusa estupenda para acercar la cultura a los alumnos. Ya lo he hecho otros años: trabajamos El principito con motivo de una conmemoración dedicada a Antoine de Saint-Exupéry o preparé una adaptación de Los electroduendes aprovechando otro aniversario. Este curso comenzará, como siempre, con la preparación de la Feria Barroca y las actividades habituales, pero después quiero sumergirme de lleno en la generación del 27. Creo que va a ser un proyecto muy bonito y estoy convencida de que mis alumnos la van a descubrir de una forma diferente.
Al terminar la conversación queda la sensación de que, en el caso de Elvira Soto, nada ha ocurrido del todo por azar. Del árbol «con sentimientos» de sus primeras funciones escolares a los versos del Siglo de Oro, de las coreografías de Cantajuego a las recreaciones históricas de Diego de Pantoja, cada etapa parece haberla conducido a la siguiente. No ha dejado de explorar, de formarse ni de hacerse preguntas. Y quizá ahí esté la clave de una trayectoria tan diversa: en una curiosidad que no entiende de géneros, edades ni escenarios y que, después de tantos años, sigue llevándola de nuevo al mismo lugar: contar historias y compartirlas con los demás.
Texto: Sergio García Otero
Fotografía: NCuadreS
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