Inicio Cultura y Ocio Entrevista Gisela Quirós

Entrevista Gisela Quirós

55
0
patrocinado

«La música ha nacido para ser compartida, gracias por dejarme compartirla con vosotros»

La entrevistada de este número de La Revista de Valdemoro, a pesar de su juventud, no ha nacido aquí. Ni siquiera imaginaba hace unos años que terminaría construyendo parte de su vida en el municipio. Pero hay personas a las que el pueblo acaba abrazando y consigue que se queden aquí.

Eso es precisamente lo que ha ocurrido con Gisela Quirós. Llegó desde Barcelona buscando un impulso a su carrera musical, y en apenas dos años ha ido encontrando en Valdemoro algo más que un lugar donde vivir: una pequeña red de personas que le acompañan, le apoyan y le han hecho sentir en casa.

Con 23 años, la cantante catalana acumula ya una trayectoria poco habitual para alguien de su edad: semifinalista de Got Talent España con solo 17 años, semifinalista en The Voice of Poland, finalista recientemente en Voces de la calle, conciertos por toda España, un EP propio y escenarios como el Teatro Liceu o el Tarraco Arena.

Contenido Patrocinado
Publicidad LRDV

Pero más allá de todo eso, quizá lo más interesante de Gisela está precisamente en cómo cuenta el camino. Lo hace manteniendo la ilusión que un día le hizo abrir YouTube para aprender cómo se tocaba una guitarra. Durante toda la conversación mantiene una sonrisa casi permanente que denota que sus ganas por seguir creciendo en el mundo de la música son su mayor motivación. Sin épica impostada. Sin frases grandilocuentes. Más bien como alguien que sigue sorprendiéndose un poco de todo lo que le está pasando.

Vienes de Hospitalet, de Barcelona… ¿cómo termina una chica catalana viviendo en Valdemoro?

Pues un poco persiguiendo un sueño, la verdad. Yo tenía claro que, si quería dedicarme seriamente a la música, tarde o temprano tenía que pasar por Madrid porque al final aquí es donde se mueve gran parte de la industria, donde surgen más oportunidades y donde podía crecer más a nivel artístico. Y justo coincidió también con que quería terminar la carrera universitaria, así que aproveché el cambio a la Universidad Autónoma de Madrid para continuar aquí mis estudios de Educación Infantil y Primaria con especialidad en Música. La suerte que he tenido es que mis padres me han acompañado en todo el proceso. Eso no suele pasar siempre y soy muy consciente. Ellos dejaron Barcelona conmigo y nos vinimos los tres a empezar de cero aquí. Mi madre tenía un primo en Valdemoro, así que empezamos mirando por esta zona un poco por casualidad… y al final nos enamoró la tranquilidad que hay aquí.

¿Te costó adaptarte?

Al principio sí, porque yo venía de Hospitalet, donde en veinte minutos estás en el centro de Barcelona, y de repente tenía hora y media de transporte para ir a la universidad. Pensaba: «Madre mía, dónde me he metido». Pero luego empecé a valorar muchísimo la tranquilidad. Nosotros veníamos de una zona bastante conflictiva y aquí encontramos mucha paz. Muchísima. Y además la gente ha sido muy cercana desde el principio.

Da la sensación de que eres una persona muy sociable, pero dices que de pequeña eras tímida.

Muchísimo. Supertímida. La música fue lo que me hizo salir un poco de ahí. Yo siempre estaba cantando, eso sí. Tengo vídeos con tres años tocando un piano de juguete y cantando cualquier cosa. Pero era una niña muy tranquila. Mientras otros niños estaban corriendo, yo estaba más en mi mundo.

¿En tu casa había tradición musical?

Ninguna. Cero [ríe]. Mi padre no toca ni la pandereta en Navidad. Por eso al principio a mis padres les generaba muchas dudas que quisiera dedicarme a esto. Como siempre he sacado muy buenas notas, ellos querían que estudiara otra cosa que me asegurara un futuro. Veían el mundo artístico como algo muy inestable. Y en parte tenían razón, claro.

Pero insististe.

Sí. Yo quería una guitarra sí o sí. La pedí con unos 12 años y al final acabaron comprándomela un poco a regañadientes. Y ahí empezó todo. Aprendí prácticamente sola con vídeos de YouTube. Mis primeros acordes, mis primeras canciones… todo salió de ahí.

¿Recuerdas el momento en el que pensaste: «¿Oye, quizá esto no es solo un hobby»?

Creo que yo me lo tomé siempre muy en serio. Otra cosa es que los demás también lo hicieran [ríe]. Pero quizá el momento clave fue después de Got Talent. Ahí sí cambió algo dentro de mí. Porque pasé de cantar en bares y restaurantes sola con mi guitarra a empezar a actuar en fiestas mayores, escenarios más grandes o eventos con banda. Ahí pensé: «Vale, a lo mejor sí puedo dedicarme a esto».

¿Cuánto trabajo invisible hubo antes de llegar al escaparate de la televisión?

Muchísimo. Yo siempre digo que he sido la niña de los concursos. Me apuntaba a todo. Gané uno de bandas emergentes en Hospitalet y el premio era dinero para comprar instrumentos. Con eso me compré mi primer micrófono y mi primer amplificador. Y con ese equipo me iba a cantar por bares. Mi madre grabándome vídeos y mi padre ayudándome con el altavoz.

Tus padres han pasado de querer que estudies otra cosa a convertirse casi en parte del equipo.

Totalmente. Ahora son mis managers, mis chóferes y mis técnicos [ríe]. Pero es verdad que sin ellos no podría haber hecho muchas de las cosas que he hecho. Yo me iba desde Barcelona a Madrid sola para cantar en bodas y luego volvía el mismo día. Les estoy muy agradecida por haberme acompañado en mi aventura a Madrid, sin ellos habría sido muy complicado poder vivir aquí.

Tenías solo 17 años cuando llegaste a semifinales. Mirándolo ahora con perspectiva, ¿cómo viviste todo aquello?

Un sueño. Literalmente. Yo fui pensando que iba a ser un casting más. He hecho muchísimos en mi vida y en muchos me dijeron que no. Entonces cuando empecé a pasar fases no me lo creía. Y luego llegar a semifinales… eso ya fue una locura. Recuerdo además que era menor de edad todavía y tuvieron que firmar mis padres todos los contratos. Lo vivimos los tres muy intensamente. Veníamos constantemente a Madrid, conocimos a muchísima gente con la que sigo manteniendo contacto. Después del programa empezaron a llegar conciertos más grandes y oportunidades que antes parecían imposibles. Por eso siempre digo que Got Talent fue el punto de inflexión.

Después de Got Talent llegó The Voice Poland, donde además cantaste en español. ¿Cómo surgió esta aventura tan inesperada?

Pues surgió de la forma más surrealista posible. Yo había estado en Polonia gracias a un Erasmus y allí hice muy buena relación con la familia de acogida. Después de Got Talent, mi amiga polaca de acogida me envió el casting de The Voice Poland y me dijo: «Tienes que probar». Y pensé: «¿Qué hago yo en Polonia?». Pero envié vídeos, fui pasando fases y terminé viajando allí con mis padres. Llegué hasta las semifinales también y aunque canté en inglés, cuando me eligieron pude cantarles un poquito en español. Fui la primera concursante española en un concurso polaco. Aunque ni el jurado ni el público entendieron la letra, conectaron muchísimo con la música. Ahí entendí de verdad que la música es un idioma universal.

¿Crees que los concursos musicales ayudan realmente a construir una carrera o son solo una ventana momentánea?

La televisión te da visibilidad y hace que mucha gente te descubra, pero después tienes que construir tú el camino: seguir componiendo, ensayando, haciendo conciertos, moviéndote en redes y trabajando muchísimo. En mi caso, Got Talent me abrió muchas puertas, claro, pero siempre he intentado mantener los pies en el suelo y entender que esto es una carrera de fondo. Lo importante no es solo llegar, sino mantenerse y seguir creciendo como artista.

¿Qué escenarios se han quedado ya en un lugar especial para ti?

Pues sin duda el escenario de la semifinal de Got Talent fue uno de los más impactantes porque ahí cambió un poco todo para mí. Recuerdo salir y ver aquel plató enorme, las cámaras, los focos… y pensar: «¿Cómo he llegado hasta aquí?». Luego también guardo un recuerdo muy especial del Tarraco Arena cuando fui telonera de Antonio Orozco; había miles de personas y fue una sensación impresionante. Y quizá en otro plano más emocional, el Teatro Liceu. No era el más grande, pero sí uno de los más bonitos y simbólicos en los que he cantado.

Dentro de tu carrera en solitario has dicho en alguna entrevista que tu abuela ha sido una gran inspiración. De tu relación con ella sale el tema Besos al aire que está en tu primer EP, Azar.

Sí, mi abuela fue muy importante para mí y para mi forma de entender la música. Ella tenía demencia y, curiosamente, había cosas que olvidaba pero canciones que seguía recordando perfectamente. La música le despertaba algo muy especial. Y conmigo conectaba muchísimo cuando me escuchaba cantar. Besos al aire nació precisamente de ahí, de esa relación tan emocional. Fue la primera canción que compuse desde algo muy profundo y muy personal. Aunque está dedicada a ella, creo que mucha gente la ha hecho suya porque todos tenemos a alguien a quien seguimos enviándole besos al aire aunque ya no esté físicamente.

Azar es una mezcla de estilos diversos que te definen, ¿buscas encontrar un estilo concreto o precisamente disfrutas de esa libertad?

La verdad es que en Azar disfruté muchísimo precisamente de esa libertad. Es un EP muy experimental y muy sincero porque cada canción salió un poco de lo que me apetecía componer en ese momento, sin pensar demasiado en encasillarme en un único estilo. Hay bolero, hay toques flamencos, algo más de bachata… y todo eso también forma parte de mí. Sí es cierto que, componiendo el disco, me di cuenta de que quizá mi sello más personal está en ese toque flamenco que siempre termina apareciendo. Pero ahora mismo sigo disfrutando mucho de poder mezclar estilos y dejarme llevar por la música que me nace hacer.

¿Qué cosas crees que conserva hoy Gisela de aquella niña que empezaba a cantar?

Yo creo que sobre todo la ilusión. La ilusión y esa necesidad de cantar constantemente. Porque desde pequeña siempre estaba canturreando, inventándome cosas o poniendo cualquier excusa para sentarme delante de un piano o coger una guitarra. Y, aunque ahora todo sea más profesional y haya mucho trabajo detrás, sigo sintiendo esa emoción cuando me subo a un escenario. También creo que conservo mucho esa parte soñadora y esa alegría de disfrutar la música de una forma muy natural, casi como un juego, que al final es lo que hace que siga luchando por esto.

Estás labrando una carrera musical desde cero, construyendo cada uno de los peldaños con mucho esfuerzo, ¿qué es lo más complejo de esta profesión?

Yo creo que lo más complicado es todo lo que no se ve. La gente ve el concierto, las fotos o el escenario bonito, pero detrás hay muchísimas horas de carretera para ir a bolos, bodas o eventos, montar equipos, cargar instrumentos y llegar de madrugada a casa para volver a empezar al día siguiente. En mi caso, además, he tenido que construir todo desde cero, sin venir de una familia de músicos ni tener contactos dentro de la industria. Es un camino de insistir, aprender sobre la marcha y hacer un poco de todo: cantar, gestionar redes, organizar conciertos o grabar contenido. Al final tienes que convertirte en una artista 360 y aprender a seguir creyendo en ti incluso cuando las cosas no salen como esperas.

Tienes más de 11 000 seguidores en Instagram. ¿Cómo llevas el trabajo de crear una imagen pública como artista?

La verdad es que lo llevo bastante de forma natural. Creo que hoy en día un artista no solo canta, también tiene que enseñar quién es y mantener ese contacto constante con la gente. Las redes ayudan muchísimo, pero también requieren mucho trabajo detrás: grabar contenido, pensar publicaciones, contestar mensajes o intentar estar siempre activa. Yo intento que todo lo que subo sea bastante real y muy mío. No pienso tanto en crear un personaje, sino en mostrar mi día a día, la música y el camino que estoy construyendo poco a poco.

Y mientras tanto sigues estudiando Magisterio.

Sí, y además lo estoy disfrutando muchísimo. Me encanta trabajar con niños y ver cómo reaccionan a la música de una forma tan natural. Creo que la enseñanza musical se ha quedado muchas veces como algo aburrido o de poca relevancia y a mí me gustaría transmitirla desde algo más emocional, más cercano, más moderno. Ahora mismo estoy haciendo las prácticas en el colegio Lagomar de Valdemoro y está siendo una experiencia muy bonita. En el colegio me han acogido superbien desde el primer día y gracias a su conserje, Juan, es que hoy estamos charlando.

¿Cuáles son los siguientes pasos?

Pues ahora mismo vienen muchos conciertos y muchos eventos este verano, sobre todo bodas, que se han convertido en una parte muy importante de mi carrera. Y, paralelamente, quiero volver a centrarme en componer y sacar música nueva pronto. No sé si será otro EP o iré canción a canción, pero sí siento que estoy entrando en una etapa distinta, con más experiencia y más claro el camino que quiero seguir. Y luego hay proyectos y escenarios que ojalá salgan adelante… pero soy muy supersticiosa y hasta que no estén cerrados prefiero no decir demasiado [ríe].

Quizá por eso, pese a los escenarios, los concursos de televisión o los miles de seguidores en redes sociales, Gisela Quirós sigue transmitiendo la sensación de tener los pies muy en el suelo. Y probablemente ahí tenga mucho que ver la educación que ha recibido en casa. Durante toda la conversación aparece constantemente esa idea: la de luchar por los sueños, sí, pero sin dejar de entender el esfuerzo que hay detrás de cada paso. Sus padres, que un día miraban la música con cierta prudencia, terminaron acompañándola hasta Madrid, ayudándola a montar equipos, conduciendo kilómetros para bodas y conciertos; convirtiéndose, casi sin pretenderlo, en parte fundamental de su carrera.

Y en medio de todo eso aparece también Valdemoro. Un municipio que sigue conservando algo muy parecido al espíritu de pueblo incluso siendo ya una ciudad enorme. Porque la historia de cómo terminamos sentados entrevistando a Gisela tiene bastante de eso. Llegó primero a través de la madre de uno de mis mejores amigos, después de verla cantar en un local de Valdemoro y proponerle actuar en una boda. En aquella boda conoció a quien más tarde le ayudaría a hacer prácticas en el colegio Lagomar. Y allí, hablando en un pasillo con el conserje del centro, apareció el nombre de La Revista de Valdemoro. Todo conectado de una forma casi imposible de planear.

Una cadena pequeña de personas ayudándose unas a otras. Un boca a boca constante. Una comunidad que, de alguna manera, sigue funcionando como funcionan los pueblos de siempre: haciendo que las historias terminen encontrándose.

Texto: Sergio García Otero

Fotografía: NCuadreS

 

¿Has leído el último número de nuestra revista?