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El último vermú

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Al caer la tarde, el camarero que atiende la barra se desprende con parsimonia del mandil que tanto tiempo ha llevado y lo dobla con cuidado, lo deja sobre el mostrador y echa un vistazo a izquierda y derecha a los dos salones que conforman La Bodega. Le cuesta trabajo digerir el nudo que flota en su garganta y que lucha por desbordar las emociones a las que se enfrenta. Le ha tocado poner fin a una aventura familiar de más de 53 años que concluye cuando apaga las luces y echa el cierre a la puerta. Ese día, el primero de mayo, una taberna de Valdemoro con historia y solera, dispensó los últimos tragos a unos parroquianos fieles que acudieron prestos a oficiar el adiós, con melancolía contenida y el regusto amargo y dulce del último vermú.

Hay locales que poco a poco adquieren una identidad propia marcada por la pátina que aporta el paso de los años y el aluvión de historias que protagonizan los clientes. Y las tabernas son propicias a adquirir esa alma especial que, en Madrid, por poner un ejemplo, son protagonistas principales en la querencia de los habituales y en la curiosidad de los turistas. Casas de holgada historia como Labra, Alberto, La Venencia o La Ardosa siguen despachando vinos, vermús de grifo, cervezas bien tiradas y pinchos variopintos que crean afición, ya sean tortillas, gildas, encurtidos o las más suculentas chacinas, ahumados y salazones. En Valdemoro La Bodega era uno de esos lugares emblemáticos en el que los clientes, con el tiempo, pasan a ser habituales y también amigos.

Fotografía_Ncuadres

Los recuerdos de Bernabé, Berna para los clientes, están íntimamente ligados a la barra que le ha cobijado tantos años, porque desde bien joven acompañó a su padre Francisco, Paco para los amigos, que fue el que tomó el testigo de una anterior taberna a finales de los años sesenta. Desde entonces este negocio familiar se fue consolidando gracias al esfuerzo de los que lo hicieron posible a lo lago de las distintas etapas por las que ha pasado. Desde entonces, la taberna fue algo más que un medio para ganarse la vida, fue sobre todo un hogar para la familia, el lugar en el que los hermanos García Yuste pasaron parte de la vida porque allí, entre las mesas y los parroquianos, tenían su salón, sus juegos y su mesa de comedor, allí hacían los deberes y allí forjaron esos recuerdos que se quedan grabados para siempre en la memoria más profunda. Y así es como, en este tiempo, la historia se repite y ya son tres las generaciones que han volcado su entrega y saber hacer tabernario con los clientes: Paco, Berna y Roberto, el benjamín del clan. Padre, hijo y nieto transmitiéndose de unos a otros los rudimentos del oficio.

El edificio singular que alberga esta bodega, ubicado en la esquina de la antigua calle de La Sartén con Mediodía, hoy Nicasio Fraile y Alarcón, se ha descrito ampliamente en el libro Edificios que son historia, editado por el Ayuntamiento de Valdemoro en 2007. En él se cita que en la confluencia de estas dos calles se levanta una antigua casa de labor, posiblemente erigida en algún momento del siglo XVIII, entre cuyas dependencias en la planta baja existe lagar y bodega, con 29 tinajas sobre armadura de madera y cabida total de 5 096 arrobas (una arroba equivale a 13,16 litros de vino), además de otras 26 en la cueva «de caber en junto mil setecientas ochenta y nueve arrobas», además de otras 9 en el patio que suman otras 291 arrobas más. Estas 79 tinajas hechas en barro cocido en 1847, como queda atestiguado en las marcas impresas en sus bocas, tenían capacidad para almacenar casi 95 000 litros de producción, lo que nos da una idea de la importancia de estas dependencias, si bien no eran de las de mayor capacidad en el municipio.

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Fotografía_Ncuadres

Fue precisamente en los años cuarenta del siglo XX cuando la familia Fernandez Urosa, propietaria del inmueble, decidió alquilar las dependencias de la planta baja correspondientes a lagar y bodega a Isabel Gallego Mateos, que se había quedado viuda y que junto a su socio Epifanio estuvo elaborando vino hasta 1968, tanto con uvas procedentes de las viñas del municipio como otras que acarreaban desde Noblejas. El vino que allí producían lo vendían al granel a los vecinos de Valdemoro alternando este despacho vinícola con una incipiente taberna en la que despachaban algo de comer junto con los chatos de vino, cervezas y refrescos, y hasta llegaron a instalar una especie de gramola que tenía por nombre Cinebox, tal y como puede atestiguarse en la solicitud que Isabel hace en 1967 y que custodia el Archivo Municipal.

Pero el verdadero resurgir de este espacio como taberna no se producirá hasta finales de 1969 cuando Francisco García, ayudado por su mujer Luisa Yuste, se hace cargo de este establecimiento que regentarán hasta su jubilación y en el que les sustituyeron sus hijos Bernabé, que se incorpora con poco más de 13 años al negocio familiar y Luisa, que lo hará tiempo más tarde. Con los primeros años 80 el local fue transformado para dar un mejor servicio y ampliar lo que en él ofrecían. Reformaron el lagar y añadieron una barra más grande además de habilitar una pequeña cocina. Sin embargo, fue el espacio de la bodega el que experimentó una mayor transformación, pues se sacrificaron quince de las tinajas allí instaladas y sus restos sirvieron de nuevo friso en todo el local.

El comedor se hizo clásico y por sus mesas pasaron generaciones de valdemoreños deseosos de degustar los guisos y preparados que salían de la cocina de la matriarca, arte que heredó su hija Luisa y que puso en práctica junto a su marido Pepe, primero atendiendo clientes en negocios propios y luego, ya en el nuevo siglo, al incorporarse a La Bodega para comandar los fogones de los que salieron insuperables arroces, cataplanas y buenas carnes pasadas por las brasas o asados al horno.

Si con el tiempo se afianzó como meca de personajes gustosos del buen comer, buen beber y mejor vivir igualmente se convirtió en imprescindible para los amantes del mus, con torneos que marcaron época, del dominó o de las cartas, para quienes quisieran discutir de fútbol o simplemente buscar la compañía de parroquianos con quienes pegar la hebra o simplemente pasar el rato con una cerveza o un vino en la mano. Y, por supuesto, para hablar de toros y de toreros, porque con el tiempo se convirtió en lugar de peregrinaje para los amantes del arte de Cúchares.

Poco a poco sus paredes se fueron tapizando, además de con recuerdos, con más de 200 carteles y fotografías de toros y toreros enfrascados en épicas disputas en la plaza que luego serían faenas inmortales en la memoria colectiva. Recuerdos de los toros lidiados en el coso de la plaza del pueblo, de los toreros oriundos, de la inauguración de la actual plaza de Río Manzanares, de los encierros, de la peña El Cazo o de la Piconera, tan unida siempre a La Bodega, más que una sede social. Y obras que salieron de las manos de Juan Prado, uno de los grandes clientes y amigos, que tuvo un tiempo su estudio en la planta de arriba, o de Sánchez Bayo, vecino en la próxima calle Alarcón. Un aluvión de imágenes que poco a poco fueron conformando la auténtica alma de este espacio que contaba con un contendor privilegiado, que le aportaba carácter y armonía a base de gruesos muros, vigas de madera, techos altos, suelos de piedra de colmenar pulida por el uso de cientos de años, utensilios para elaborar y criar el vino y una atmósfera entre onírica y teatral. Un espacio vivido hacia el interior, sin ventanas a la calle, con querencia a las penumbras que propiciaba un único ventanuco por el que a las mañanas se colaba un mínimo rayo de sol que iluminaba la estancia donde las tinajas reposaban sus vientres vacíos.

Fotografía original: Photo Art Madrid

Esta taberna se convirtió en añeja a base de vivencias y de una parroquia siempre fiel que buscó cobijo entre sus paredes, y se hizo imprescindible para muchos que la convirtieron en puerto en el que anclar amistades, juergas y vivencias. Como ese grupo que cada sábado, domingo o festivo tuvieron durante décadas reservada mesa en torno a la cual compartir tiempo y cháchara junto a unos botijos bien fríos, siguiendo la recomendación de los Gabinete cuando entonaban aquello de «bares, qué lugares tan gratos para conversar».

Esa es la parroquia que acudió el 1 de mayo a compartir el fin de este lugar fundamental en la memoria colectiva de Valdemoro. Ese mismo día en el que Berna, apurado el último vermú por el cliente agradecido que nunca tiene prisa, tras dejar doblado el mandil sobre el mostrador, apagó las luces y cerró la puerta de La Bodega, de su bodega, para siempre y se perdió, el sombrero bien calado, por la calle arriba camino de las cuatro esquinas envuelto en sus pensamientos y soñando el día que vuelva a estar tras una barra sirviendo vermús.

Texto y fotografía_Edelmiro A. Galván Villamandos

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