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Entrevista a Esther Fernández y Concha Simón

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Dos vidas unidas por el teatro y Valdemoro

Hay conversaciones que podrían no acabarse nunca; mejor dicho, que no deberían acabarse nunca. Con Esther Fernández Torrejón y Concha Simón pasa algo parecido: empiezas hablando de teatro, de Valdemoro, de cómo era el pueblo hace décadas… y, sin darte cuenta, se esfuman los minutos. Porque en el fondo no hablan solo de teatro. Hablan de vida. De la suya, sí, pero también de la de un municipio que sienten como propio, cada una a su manera.

Esther, por raíces; Concha, por elección. Y entre las dos, casi sin proponérselo, han construido algo que va más allá de un grupo teatral.

Valdemoro, origen y punto de partida

En el caso de Esther, la relación con Valdemoro viene de lejos. De muy lejos. «De exotismo no tengo nada», dice entre risas. Sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos… todos eran de aquí. Ella nació en Madrid, sí, pero lo cuenta como quien habla de un accidente administrativo. Porque su memoria, la que de verdad importa, está en estas calles.

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Recuerda un pueblo que hoy parece casi irreconocible. Casas bajas, carros, acequias que corrían cuando llovía, vecinos que se conocían todos. «En la calle Grande había un coche aparcado, uno solo», comenta. Y no es una exageración.

Había también otro ritmo. Otra forma de estar. Las noches en la calle, los niños jugando hasta tarde, la gente sacando la silla al fresco. Y luego, ya en su juventud, una etapa que describe como especialmente viva: discotecas, música llegada de Londres, gente que venía de Madrid a bailar. Un ambiente, dice, que hoy cuesta imaginar. «Yo creo que este es mi lugar en el mundo», resume. Y lo dice sin grandilocuencia, casi como quien constata algo evidente.

Concha, en cambio, llegó en los años 90. Venía de vivir en pleno centro de Madrid, en una zona que en aquellos años —lo cuenta sin rodeos— era complicada para criar a tres hijos. Y un día apareció en Valdemoro casi por casualidad. Y se quedó. «Era un sitio acogedor», explica. Un lugar donde los niños podían jugar en la calle, donde había espacios, donde la vida era, sencillamente, más amable. Y hay algo que repite varias veces: nunca se ha sentido forastera. De hecho, hay una idea que atraviesa toda su mirada sobre el municipio. Aquí, dice, no hay que demostrar nada. «Estás y eres como eres». Y eso, en los tiempos que corren, no es poco.

Las dos han visto crecer el pueblo. Y coinciden en algo: el cambio ha sido enorme. Quizá demasiado rápido.

Esther lo observa desde la memoria de quien conoció un Valdemoro casi rural, con mulas, corrales y vida de campo todavía presente. Concha, desde la llegada en los 90 y el crecimiento posterior, más desordenado, más acelerado. «Ha crecido brutalmente», dice ella. Y añade una reflexión que se queda flotando: no siempre ha crecido bien.

Hablan de barrios nuevos, de gente que no conoce el casco antiguo, de vecinos que no han pisado la iglesia o la Fuente de la Villa. De un municipio grande —casi 90 000 habitantes— que, sin embargo, a veces parece fragmentado. Y, aun así, hay algo que permanece. Esa sensación de comunidad difusa, de mezcla, de convivencia sin etiquetas. «Aquí no hay guetos y se aprecia en que cualquier colegio es bueno», insiste Concha. Y lo dice con convicción. Quizá por eso, pese a todo, Valdemoro sigue funcionando como lugar de acogida. Como ese sitio al que llegas… y en el que te quedas.

El teatro como punto de inflexión

El teatro llegó a sus vidas de maneras distintas, pero con una intensidad similar. En el caso de Esther, hubo un momento clave. Lo recuerda con claridad. Fue en 2004, en la Universidad Popular, durante una representación de Sueño de una noche de verano. Interpretaba un personaje cómico. El público se reía, aplaudía… y al salir a saludar tuvo una especie de revelación: «Fue uno de los días más felices de mi vida», cuenta. Y lo resume en una frase: «Yo no quiero hacer otra cosa». A partir de ahí, el teatro dejó de ser algo ocasional. Se convirtió en una necesidad.

Concha lo vive de otra manera, pero igual de profunda. Reivindica el valor del teatro aficionado —lo dice así, sin complejos— como algo incluso más exigente que lo profesional. Porque se hace sin tiempo, sin recursos, sin la tranquilidad de dedicarse solo a eso. Y, sobre todo, se hace por pura vocación. «No quiero que se me olvide que esto es una afición», dice. Pero no en el sentido de algo menor, sino justo al contrario: como algo que nace de dentro.

Ambas se conocieron en el taller de teatro de la Universidad Popular. Recuerdan una escena muy concreta: una conversación en una furgoneta que se alargó durante horas y que les hizo darse cuenta de todo lo que tenían por compartir juntas. Desde entonces, como ellas mismas dicen, son «como Pili y Mili». Son muy diferentes. Lo reconocen sin problema. Pero precisamente ahí está la clave.

Entre ellas hay un equilibrio que, sin decirlo mucho, se entiende enseguida. Esther es más intuitiva, más creativa, de ideas rápidas, de esas que surgen casi sin pensarlo y que luego hay que bajar a tierra. Concha, en cambio, es la que empuja, la que ordena, la que convierte esas ideas en algo que realmente ocurre. Una imagina, la otra tira del hilo hasta el final. Y en medio, una complicidad muy difícil de explicar pero que funciona. «Si las dos fuéramos iguales, esto no saldría», vienen a decir. Quizá por eso, después de tantos años, siguen encontrando el punto justo entre lo que una propone… y lo que la otra consigue que salga adelante. Pero más allá de la amistad, hay algo que ambas destacan como el verdadero vínculo: los proyectos compartidos. Las ganas de hacer cosas. De seguir adelante. «Lo que más nos une es la ilusión», dice Concha.

ASAE: hacer teatro desde Valdemoro

De esa unión nació en 2012 la Asociación de Artes Escénicas de Valdemoro. Esther y Concha venían de la Universidad Popular y a ellas se unió María Gutiérrez, —hija de Concha— que había completado sus estudios de interpretación en William Layton y posteriormente se licenció en dirección en la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid).

Y así empezó todo. Sin grandes medios, pero con una idea clara: hacer teatro en serio. Los primeros montajes fueron pequeños, muy visuales, casi artesanales. Pero poco a poco el proyecto fue creciendo. Durante años, ASAE fue también escuela. Por allí pasaron decenas de vecinos de Valdemoro, desde niños hasta adultos. Llegaron incluso a tener su propio local, una especie de «caja negra» que acondicionaron ellas mismas y que se convirtió en un pequeño foco cultural. «Aquello tenía mucha vida», recuerdan. Con el tiempo, y también por circunstancias personales, esa etapa se cerró. Pero la asociación siguió adelante, adaptándose.

En estos años han llevado a escena textos muy distintos, desde obras más complejas como El malentendido, de Camus, hasta versiones más libres de clásicos como Don Juan Tenorio o montajes más accesibles como Cuento de Navidad. Siempre con una idea: respetar el texto, pero acercarlo al público.

El paso de María Gutiérrez por ASAE fue decisivo. Como directora, aportó una mirada escénica sólida, formada y profundamente creativa, que marcó el estilo del grupo. Su trabajo elevó los montajes y dejó una forma de hacer teatro que hoy Esther y Concha siguen manteniendo, casi como una herencia viva. Además, han mantenido un compromiso social claro, destinando lo recaudado en sus funciones a causas solidarias del municipio.

Hoy ASAE es un grupo más pequeño, pero muy implicado. «Ya no podemos vivir sin esto», dicen. Y, en el fondo, todo sigue girando en torno a lo mismo: hacer teatro en Valdemoro… y para Valdemoro. Si hay algo que define su forma de entender el teatro es la cercanía. Y también el respeto al público. Trabajan con textos clásicos —Cervantes, Shakespeare, Zorrilla— pero los reinterpretan. Les dan una vuelta. Los acercan. «Despertamos las obras», dice Esther. No cambian el texto, pero sí la mirada. Introducen elementos visuales, humor, provocación. Buscan que el espectador conecte, que entienda, que se emocione. Y funcionan. Porque, como ellas mismas reconocen, el público responde. Incluso con propuestas complejas. «Consideramos que el público tiene mejor criterio de lo que se cree y que solo hay que estimularlo».  Y esa idea atraviesa todo su trabajo.

Lo que hay y lo que aún puede ser

Cuando hablan de la cultura en Valdemoro, lo hacen desde la experiencia, pero también con una cierta prudencia. Reconocen que hay movimiento, que el teatro se llena más que hace unos años y que, poco a poco, el público va respondiendo. Eso, dicen, es una buena señal. Aun así, perciben que queda camino por recorrer. Más que señalar carencias concretas, hablan de sensaciones: que a veces cuesta enterarse de lo que se programa, que hay propuestas que podrían tener más recorrido, o que el talento local —que lo hay— no siempre encuentra espacios para coincidir o trabajar en común. También apuntan a algo que repiten varias veces: la importancia de generar puntos de encuentro. Lugares, proyectos o iniciativas que sirvan para conectar a la gente, para que quien hace música, teatro o cualquier otra disciplina no vaya por libre, sino que pueda compartir, colaborar, sumar. No lo plantean como una crítica, sino casi como un deseo. Porque, en el fondo, creen que la base está: hay público, hay inquietud y hay personas con ganas de hacer cosas. Quizá, simplemente, falte seguir tejiendo esa red poco a poco.

Y en ese contexto, ellas lo tienen claro: seguir aportando desde su sitio. Haciendo teatro, proponiendo, insistiendo. Porque, como dicen, la cultura no se construye de un día para otro.

El teatro como herramienta de comunidad

Para ellas, el teatro tiene un papel claro. No solo como espectáculo, sino como punto de encuentro. Lo han visto. En parques, en pequeños montajes, en funciones donde el público se acerca casi por curiosidad y termina quedándose. «En cuanto hay algo, la gente se engancha», explican. Porque el teatro tiene algo especial. Algo que no tienen otros formatos. Esa conexión directa, ese momento compartido que no se repite. Un espacio donde, como dice Concha, «el ser humano se enfrenta a sí mismo».

A pesar de todo, siguen. Con nuevos proyectos, nuevas ideas. Preparan montajes, rescatan textos, escriben sus propias obras. Y esperan, también, tener más tiempo. Sobre todo cuando Concha se jubile, algo que ambas mencionan casi como un punto de inflexión.

Quieren seguir creando, pero sobre todo consolidar esa línea que han ido construyendo en los últimos años: llevar los clásicos al público de Valdemoro de una forma cercana, entendible, incluso sorprendente. Ahora mismo preparan nuevos montajes —como esos entremeses de Cervantes que ya tienen en marcha— y mantienen en el horizonte proyectos más personales, como un texto propio que esperan poder llevar a escena cuando el tiempo, y la vida, lo permitan. También miran con cierta ilusión a una etapa que está a punto de empezar, con más disponibilidad y menos prisas. Pero, en el fondo, no hay un plan cerrado ni lo buscan. Prefieren eso otro: seguir haciendo teatro, seguir encontrándose en los ensayos, y que las ideas —que siempre aparecen— encuentren la manera de convertirse en algo real sobre el escenario.

Hay una idea que resume todo lo demás. Y que aparece, de una forma u otra, a lo largo de toda la conversación. Su objetivo no es hacer grandes producciones. Ni vivir del teatro. Ni siquiera llenar teatros. Lo que quieren es algo más sencillo. Y quizá más difícil: que la gente de Valdemoro vaya al teatro. Que lo conozca. Que lo disfrute. Que entre, aunque sea por primera vez, y descubra que ahí pasan cosas. Que merece la pena quedarse.

Texto: Sergio García Otero

Fotografía: Ncuadres

 

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