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Entrevista con Carlos Fernández González

Por
jose manuel
-
13 julio, 2026
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    En 1977, conocí a una persona negra por primera vez. Se llamaba Jordao, era angoleño y esa temporada jugó en el Real Zaragoza. Un día, no muy lejos de la Romareda, pasó a unos metros de mí y mi padre. Dos años más tarde, conocí a mi primer oriental. Hoy, en nuestra España multicultural, parece difícil concebir recuerdos de ese tipo, pero, hasta ese momento, hasta 1979, las calles de mi barrio en Zaragoza solo albergaban personas mediterráneas, por llamarlas de alguna manera. En la escuela estudiábamos la historia prerromana y, partir de lo que nos contaban, mi padre, de pelo negro y piel más oscura, era, para mí, descendiente directo de los iberos; y, mi madre, rubia y de piel más clara, tenía su procedencia en las tribus celtas (en la escuela, aún no habíamos llegado a la invasión visigoda, ni a la musulmana). Y, de repente, en 1979, conocimos a nuestro primer oriental. Se llamaba Sony y, aunque, todos creímos que era chino, luego nos explicaron que era de Vietnam, un país que, para nosotros, todavía era un lugar allá por la Cochinchina… Sony vino a estudiar a nuestra escuela primaria y trato de imaginar cómo se sentiría Sony, como oriental, rodeado por celtíberos.

    Ahora, intento imaginar a un joven valdemoreño, de 28 años, infiltrándose de forma clandestina en China —la dinastía Ming prohibía la entrada de extranjeros al país—, llegando al mismo Pekín el 24 de enero de 1601 y presentándose ante el emperador con un mapamundi, una Biblia, un monacordio (una especie de clavicordio), un retrato de Jesucristo y otro de la Virgen María, un grabado del monasterio de San Lorenzo del Escorial y dos relojes. Este joven valdemoreño se llamaba Diego de Pantoja. Intento imaginar a Diego de Pantoja en medio de todos esos mandarines, tratando de explicar que Dios es uno, pero que, en realidad, son tres: padre, hijo y espíritu santo. Intento imaginar a Pantoja aprendiendo a hablar chino para explicar que hay siete pecados capitales. Intento imaginar a Pantoja dibujando cada una de los logogramas chinos para escribir una de sus obras más importantes, el Tratado de los siete pecados y virtudes (七克大全 qī kè dàquán), que se convirtió en libro de referencia de la escolástica confuciana. Imagino a Diego de Pantoja escribiendo a su superior en Toledo, esta vez en español, intentando explicarle todo lo que había vivido y visto en China. Esa carta que escribió a Luis de Guzmán, provincial jesuita de Toledo, se convirtió en un pequeño tratado sobre China que se llevó a la imprenta y circuló por Europa traducido en varios idiomas.

    En el año 2022, el Ayuntamiento de Valdemoro publicó esa carta en forma de libro, con prólogo, estudio introductorio y anotaciones de Beatriz Moncó. Hace unos días, Clásicos Hispanicos (https://clasicoshispanicos.com/) la ha publicado en formato digital, en este caso la edición corre a cargo de Ignacio Ramos Riera, con el título Relación de la entrada de algunos padres de la compañía de Jesús en China. Se puede descargar de forma totalmente gratuita en https://clasicoshispanicos.com/ebook/relacion-de-la-entrada-de-algunos-padres-de-la-compania-de-jesus-en-china/ .

    Hoy nos reunimos con Carlos Fernández González, director de Clásicos Hispánicos, filólogo dedicado al libro antiguo, a las bibliotecas, a la investigación y a la literatura, y gran defensor de las humanidades. Carlos es vecino de Valdemoro desde hace veinticinco años.

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    ¿De dónde viene Carlos Fernández González?

    Vengo de Valladolid, de una familia que a principios de los años 80 se trasladó a Madrid por motivos de trabajo de mi padre. En concreto nos instalamos en Villaverde Bajo, un barrio duro en aquella época que no tenía nada que ver con lo que había vivido yo en el periodo de la infancia que pasé en mi ciudad natal. Entre mediados de los 90 y principios de este siglo vinimos a vivir a Valdemoro, primero mis hermanas y después mis padres y yo. Y aquí sigo, adaptado a la vida en Valdemoro y con dos niñas, Olivia y Galatea, nacidas aquí.

    En la universidad, te decantas por Filología Hispánica, una carrera de humanidades.

    En el colegio ya me gustaba más la lengua que las matemáticas. Y se me daba mejor. En la época de la secundaria, tuve claro que quería estudiar lengua y literatura, así que mi elección para la universidad fue fácil. Me influyeron una excelente profesora que tuve en el instituto público de San Cristóbal de los Ángeles y una de mis hermanas, que fue quien me descubrió que existía una carrera llamada Filología Hispánica. En ningún momento pensé en las posibilidades laborales de esta carrera y tuve claro que quería estudiar algo que me gustara. Efectivamente, es una carrera de humanidades, que siempre hay que reivindicarlas: conocer y comprender las expresiones culturales, artísticas e ideológicas del ser humano es llegar a la propia esencia de lo que somos como especie y esto es fundamental para desarrollar un pensamiento crítico e individual. Las humanidades nos enriquecen intelectualmente y nos hacen pensar y sentir.

    Comprendo y comparto tu defensa de las humanidades. ¿Cuándo Carlos el filólogo se convierte, además, en Carlos el bibliógrafo?

    En la Universidad Complutense hay una sección de un departamento dentro de Filología Hispánica dedicada a la bibliografía literaria y, cuando me planteé hacer el doctorado, tuve claro que quería hacerlo allí. Desde pequeño me han atraído los libros por el simple hecho de ojearlos, de pasar las páginas, de ver ilustraciones… En Bibliografía se estudia historia del libro, de la imprenta, se aprende cómo hacer repertorios bibliográficos y se aprende a describir el libro como objeto material (características físicas, forma, composición…), entre otras cosas. El primer trabajo de investigación que tuve fue dentro de un equipo: durante dos años nos dedicamos a recopilar todo lo que se había publicado sobre el Camino de Santiago, desde el siglo XV hasta finales del XX, consultando fuentes primarias (bases de datos, catálogos y bibliografías en papel, etc.) y visitando bibliotecas y archivos para describir y hacer un comentario crítico de cada una de las publicaciones que encontramos. El resultado es una obra editada por el Ministerio de Cultura titulada así, Bibliografía del Camino de Santiago. Después llegaron más publicaciones e investigaciones, entre ellas la de mi propia tesis, que es un estudio de los talleres de imprenta y una bibliografía descriptiva de los libros impresos en Madrid durante un periodo concreto del siglo XVII. En las carreras de humanidades se investiga, y mucho, y hay un enorme conocimiento oculto esperando a que alguien lo descubra. Pero no siempre es fácil hacerlo; por eso es primordial que existan políticas públicas de apoyo a la investigación científica y humanística: invertir en investigación es generar conocimiento y, por tanto, en beneficios para la sociedad que, en el caso de las humanidades, es conocer mejor su cultura, su historia y su patrimonio.

    En un momento dado, te conviertes en el bibliotecario de la Real Academia Nacional de Farmacia. Háblanos de esta institución y de tu trabajo en la misma.

    Mi formación en libros antiguos me permitió empezar a trabajar catalogándolos para bibliotecas con este tipo de fondos. Tras pasar por varias de estas bibliotecas madrileñas (Francisco Zabálburu, Lázaro Galdiano, Biblioteca Histórica de la UCM, Ministerios de Hacienda, Justicia y Trabajo, Biblioteca Central Militar, Universidad Pontificia de Comillas, Instituto Geológico y Minero de España, etc.), me sitúo en la Real Academia Nacional de Farmacia para ocuparme de la gestión de su biblioteca y su archivo. La Real Academia Nacional de Farmacia es una de las diez Reales Academias englobadas en el Instituto de España, institución que las aglutina. La más conocida es la Real Academia Española, pero, además de esta, hay otras nueve que llevan a cabo una actividad centrada en el fomento de la divulgación científica y humanística, además de ser potenciales órganos consultivos del Gobierno de España, cada una en su área de conocimiento. La de Farmacia como tal nació en 1932, pero es heredera del Real Colegio de Boticarios de Madrid, aprobado por Felipe V en 1737 que, a su vez, surge de la unión de antiguas corporaciones de farmacéuticos madrileños existentes desde el siglo XVI.

    De hecho, has hecho algún trabajo también para la Real Academia Española.

    Sí, aunque este trabajo lo he desarrollado trabajando para mi propia empresa, Kolia Documentación S. L. En un momento dado tres profesionales especialistas en libro antiguo nos propusimos crear una empresa porque pensamos que alguna institución podría estar interesada en contar con nuestra experiencia en este tipo de fondos bibliotecarios. Los inicios fueron difíciles, pero poco a poco fuimos obteniendo trabajos. El último de ellos ha sido la dirección y la coordinación del proyecto de digitalización y revisión del catálogo de la biblioteca de la Real Academia Española, en tres fases diferentes dedicadas a libros impresos y manuscritos. Nuestro modelo es innovador, pues intentamos aportar datos que obtenemos de la investigación bibliográfica y literaria. Por ejemplo, en la RAE hemos completado con importante información la catalogación de la primera edición del Quijote, hemos descubierto e identificado nuevos libros postincunables españoles (son los impresos entre 1501 y 1520) o hemos sacado a la luz una obra literaria medieval española no conocida por nadie hasta ahora. Otro de los terrenos en el que hemos trabajado mucho ha sido el de los archivos personales e institucionales: en el primer caso, nos dedicamos a organizar, inventariar o catalogar toda la documentación reunida por una persona a lo largo de su vida y su carrera profesional; en el segundo, gestionamos la documentación que produce una institución. De esta manera hemos podido trabajar con los archivos personales de literatos como José García Nieto, José Antonio Muñoz Rojas, Montserrat del Amo o Ramón de Mesonero Romanos, entre otros, en la Biblioteca Regional de la Comunidad de Madrid y en la biblioteca de la Residencia de Estudiantes. En cuanto a los institucionales, hemos trabajado con el archivo histórico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

    Hacia 2007, decides abrir un blog personal (https://marcastip.hypotheses.org/) ¿Qué te impulso a hacerlo y qué repercusiones ha tenido?

    Sí, efectivamente. Me animó una compañera y amiga de bibliotecas mientras trabajábamos en la catalogación del fondo de libros antiguos de la Universidad Complutense. Al principio escribíamos los dos, pero pronto me quedé solo y, al cabo de un tiempo, la gente de este mundillo empezó a hablar del blog y a nombrarlo en conferencias y publicaciones. Para mí era una forma de entretenerme y de aprender: pasaba un rato buscando en internet información que me parecía interesante sobre marcas tipográficas —un pequeño grabado utilizado por los impresores para distinguir sus productos, como un logo actual— y otros adornos que utilizaban las imprentas antiguas, y en el blog contaba y analizaba lo que estaba descubriendo. Después abrí la página a todo lo relacionado con historia del libro y de la imprenta y con bibliografía literaria. Por nombrar algo de lo que me parece más destacado, he dado noticia de dos ejemplares de la edición de Burgos de 1554 del Lazarillo de Tormes no conocidos por los especialistas o he dado a conocer nuevos ejemplares que pertenecieron a la biblioteca de Francisco de Quevedo; una de las entradas más populares fue la que dediqué a rastrear antecedentes del cómic en los libros impresos de hace siglos. El blog me sirvió, además, para conocer a personas destacadas del mundo de la filología hispánica y las bibliotecas. Así contactó conmigo Pablo Jauralde, profesor, filólogo de prestigio y gran especialista en la obra de Quevedo, que me tuvo en cuenta para crear uno de sus proyectos, la colección editorial de libros electrónicos Clásicos Hispánicos.

    Clásicos Hispánicos me parece una iniciativa maravillosa. Háblanos de este proyecto.

    Como digo, fue el profesor Jauralde en 2012 quien tuvo la iniciativa de crear una editorial de libros electrónicos que cuidara al máximo la edición de los clásicos. El objetivo era ofrecer a los lectores obras cuyos textos estuvieran bien preparados, con criterios de edición filológicos. Al igual que en otros importantes proyectos salidos de su labor incansable en pro de la filología española, se rodeó de sus mejores alumnos y formó un equipo experto para llevar a cabo el trabajo. De las ediciones se ocupaban filólogos especialistas en las obras que querían publicar. Las ediciones de Clásicos Hispánicos son accesibles a todo el mundo: cuentan con una breve introducción que presenta la obra y al autor y sus principales características y, a continuación, se ofrece el texto que, antes de su publicación, ha pasado por sucesivas fases de revisión por parte del equipo editorial de la colección. Tuvo una primera etapa en la que los libros se vendían a un precio nunca superior a 6 euros, que servían para cubrir gastos. Una empresa alemana creada solo para albergar la editorial por José Calvo Tello, otro miembro fundador del proyecto, era la encargada de gestionar toda la parte administrativa. En 2019, cuando ya habíamos llegado al centenar de obras publicadas, se decide acabar con esa etapa comercial y continuar publicando libros y ofrecerlos en descarga gratuita, los nuevos que llegaran y el resto del catálogo aparecido hasta ese momento. También en ese año Jauralde deja la dirección y el resto del equipo decide elegirme a mí para dirigir el proyecto. En ese momento nos constituimos como asociación cultural sin ánimo de lucro y procedimos a una renovación total de la web y del diseño de las cubiertas de los libros —trabajos a cargo de Bonzo Estudio y Gema Gómez Salas—. Hemos publicado obras tan populares como la Celestina, el Quijote, Don Juan Tenorio o Campos de Castilla; publicamos también en tres entregas los cuentos completos de Pedro Antonio de Alarcón, escritor muy relacionado con Valdemoro; y nos podemos permitir el lujo de publicar obras muy desconocidas de la literatura española, algunas inéditas. Algo que define a Clásicos Hispánicos es la defensa de las políticas de acceso abierto a la investigación (OAI), nuestra absoluta independencia y la colaboración desinteresada tanto de sus miembros como de los filólogos y filólogas que se encargan de editar las obras. Hace tres años una editorial importante quiso comprar la colección, pero rechazamos la oferta: preferimos seguir siendo independientes y mantener el proyecto tal y como es ahora.

    Vives en Valdemoro desde hace unos 25 años. Ahora, Clásicos Hispánicos ha elegido publicar un libro (comenzó siendo una carta) escrito por un valdemoreño que nació hace 455 años. Aparte de dar acceso gratuito a esta maravilla de relato (relación) del viaje de Diego de Pantoja a China, ¿qué novedades aporta esta nueva edición?

    En 2020 creamos una serie dentro de la colección llamada «Crónicas Europeas de Extremo Oriente», para la cual se incorporó como director Javier Yagüe Bosch, filólogo, poeta y traductor —ahí está su magnífica edición bilingüe de los Ensayos de Montaigne publicada en Galaxia Gutenberg—. Javier trazó un plan editorial y la publicación de la Relación de Pantoja fue desde el principio uno de los objetivos de esta colección oriental. La edición corre a cargo de Ignacio Ramos Riera, sinólogo y profesor de la Facultad de Lenguas y Culturas Extranjeras de la Universidad de Jilin, en China. Es la primera vez que se publica la obra con criterios de edición filológicos, con una normalización de la lengua del texto original bien definida. También es la primera vez que el texto editado es el de la primera edición, impresa en Valladolid en 1604, y que se hace el cotejo con las dos impresiones inmediatamente posteriores, la de Sevilla de 1605 y la de Valencia de 1606, de tal forma que se recogen las principales variantes o diferencias textuales que hay en ellas. Estoy hablando de ecdótica, que es la rama de la filología dedicada a la edición de textos, y mediante la que se intenta publicar el texto que creemos más depurado y más cercano a lo que escribió el autor. El texto se completa con notas explicativas de términos y de contexto histórico y una introducción que presenta la obra, analiza su contenido y trata de sus aspectos editoriales más destacados.

    ¿Hay algún otro proyecto de futuro, bien personal, bien dentro de Clásicos Hispánicos del que te gustaría hablar?

    Por un lado, me gustaría seguir trabajando en contribuir a un mayor conocimiento y valoración del patrimonio bibliográfico español, que es extraordinario, sea mediante mis trabajos o mis investigaciones. En cuanto a Clásicos Hispánicos, seguiremos poniendo en libre acceso obras clásicas de literatura en castellano. Con la publicación de la obra de Diego de Pantoja contribuimos a rescatar y dar a conocer a este valdemoreño que a finales del siglo XVI emprendió su viaje a China y en su vida allí tuvo una actitud de aprendizaje y difusión del saber ejemplar.

    *********************************************

    Cuarenta años antes de que Diego de Pantoja llegara a Pekín, en 1561, otro valdemoreño llegaba por primera vez a Santa Fé de Bogotá (ahora forma parte del Distrito Capital de Bogotá). Estamos hablando de fray Pedro de Aguado, que nació en 1528, con lo que, dentro de dos años, se celebrará el quinto centenario de su nacimiento. Fray Pedro de Aguado escribió la primera historia de Colombia y Venezuela. Sería fabuloso que Clásicos Hispánicos publicara una edición digital de Historia de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada de fray Pedro de Aguado. Cuando se lo comento a Carlos Fernández, me dice que estarían encantados, que solo hace falta que haya un académico que esté dispuesto a elaborar esa edición. Aprovechamos el gran alcance que tiene La Revista de Valdemoro para invitar a todos aquellos que pudieran llevar a cabo la edición de un libro como este a que se pongan en contacto con Clásicos Hispánicos.

    ¿Has leído el último número de nuestra revista?

     

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