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Entrevista con Carmen Martínez Pineda

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La palabra universo viene del latín universus y viene a significar que todas las cosas se vuelcan en una, que todo lo que existe gira en torno a una sola cosa, que la totalidad de lo existente se aglutina en una unidad. El multiverso es la hipótesis científica y filosófica que sugiere la existencia de múltiples universos coexistentes, abarcando todo el espacio, tiempo, materia y energía. Entiendo que, si el multiverso existiera, acabaría, de golpe y porrazo, con el tradicional universo. O tal vez no. Tal vez los clásicos ya contemplaran la multiplicidad del universo. Si hay múltiples universos, pensarían, siempre encontrarán un punto de conexión que los convierta en uno. Es imposible que dos universos paralelos no tengan ningún punto de intersección. De la misma manera que dos líneas paralelas, por naturaleza, por curiosidad o por aburrimiento, acabarán encontrando un portal donde besarse (¿atrabesarse?).

Nosotros, en esta revista, nos ocupamos del valdeverso, de todo lo que gira en torno a Valdemoro, de todo lo que se vuelca sobre nuestra villa. Y nuestra localidad no deja de enriquecerse de personas con intereses artísticos y culturales. Nuestro mosaico social se enriquece cada día. Un buen ejemplo es Carmen Martínez Pineda, profesora, escritora, investigadora y periodista. En nuestra entrevista, nos habla de cómo, desde 2007, su universo acabó adherido a nuestro valdeverso.

¿Recuerdas cuándo y cómo surgió tu vocación literaria?

No sé si en mi caso puedo hablar de vocación literaria en sentido estricto. Me gusta escribir, desde luego, y creo que también hay un componente de necesidad porque a veces me sirve de terapia para escapar de situaciones desagradables, pero no identifico un momento exacto en el que esta afición o vocación naciera en mí. Antes que el deseo de escribir surgió la devoción por la lectura. Es siempre un proceso natural. No se puede escribir sin haber leído antes. Empecé a hacerlo de muy pequeña, con apenas cinco años, en la rudimentaria biblioteca de mi colegio, que no era más que un cuartucho con dos estanterías y unos cuantos libros. Yo nací y crecí en una pequeña pedanía de Murcia. Te puedes imaginar cómo era la España rural de los años ochenta. Recuerdo que con ocho o nueve años esperaba ansiosa a que llegara el bibliobús a mi pueblo para coger libros prestados. Después empecé a escribir, con once o doce años, cuentos y, sobre todo, poesía. Relatos malísimos y versos repletos de ripios. No conservo ninguno porque eran espantosos, por mucho que mis amigos y amigas considerasen que eran lo suficientemente buenos como para pedirme que les escribiera poemas para regalar en el día de los enamorados. Con la novela no me atreví hasta la universidad. La primera fue tan mala que no tuve ni que esperar unos meses para releerla. La escribí a máquina durante meses y la tiré a la basura una semana después. A la segunda le di una oportunidad de un año hasta que la releí. Creo que la guardé en un disquete durante años, que obviamente no conservo. Tampoco me apena. La verdad es que la vocación literaria se forja a base de tirar textos a la basura. Desde entonces escribo y destruyo con el mismo fervor. Hay temporadas en las que se impone más la vocación creadora y otras, como la actual, en la que extermino más.

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Estudiaste Periodismo en la Universidad Complutense y trabajaste en medios de comunicación autonómicos durante cinco años.

Periodismo fue la primera carrera que estudié, cuando aún creía que el placer de escribir era suficiente motivación para escoger un oficio. Creo que a nuestra generación nos inculcaron la idea de la vocación. Y había profesiones que exigían una dosis extra de vocación. A menudo son aquellas que están mal remuneradas y que te exigen mucho tiempo. El periodismo es una de ellas. Me di cuenta muy pronto porque empecé a hacer prácticas en La Verdad de Murcia en segundo de carrera. El tiempo en la redacción era como un chicle, alargado como el ciprés de Delibes. Sabías cuándo empezabas pero nunca a qué hora podías terminar. Y mi vocación no movía montañas. Me planteé cambiar de carrera, estudiar Filología Hispánica y dedicarme a la docencia, como en efecto acabé haciendo, pero no me atreví. Acabé mis estudios y empecé a trabajar en medios locales y autonómicos de Alicante. Estuve casi cinco años ejerciendo una profesión que, francamente, no me gustaba, en El País de Alicante, en un semanario, incluso dirigiendo el gabinete de prensa de un ayuntamiento. Pero la idea romántica que tenía del periodismo distaba mucho de lo que en realidad podía hacer. El periodismo mal entendido es un trabajo tan burocrático como cualquier otro. Cubres ruedas de prensa de políticos, haces alguna que otra entrevista, te aventuras con una noticia o reportaje de cierta envergadura esperando que no te corten esto de aquí o aquello de allá por ser considerado lesivo para los intereses del medio. Al final comprendes que trabajas para una empresa de una ideología equis y que has de acatar sus dictados. Tu margen de maniobra es tan limitado como el de cualquier oficinista que ficha a las ocho y sale las seis. No es muy distinto escribir una noticia pactada que ha de ajustarse escrupulosamente a los intereses económicos e ideológicos del medio que te paga, de hacer facturas o llevar el registro de la contabilidad. Números o letras, la autonomía es mínima. A mí me encanta la investigación: escarbar en los archivos, menudear entre papeles hasta encontrar aquello que nadie ha visto antes. Y también adoro escribir, dar forma a los datos inconexos, buscando las causas y las consecuencias de esos hechos. Algo muy distinto de la labor que llevaba a cabo como reportera local. Así que lo dejé. De un día para otro. Sin dramatismos. Me he arrepentido de muchas cosas en mi vida, pero jamás de aquella decisión.

Y te adentraste en el mundo de la docencia. Te convertiste en profesora de Lengua y Literatura.

Como ya te he comentado, la segunda opción que siempre valoré junto al periodismo fue filología hispánica. En el año 2004, cansada de esperar de mi profesión algo que nunca iba a darme, decidí hacer las maletas y volver a Madrid. Yo había estudiado aquí periodismo y conservaba muy gratos recuerdos de aquella etapa. Eché unos cuantos currículos sin ninguna expectativa ni el menor anhelo de ser seleccionada, casi por cubrir expediente, y me matriculé de nuevo en la Complutense para cursar el doctorado. Simultaneé mis estudios de posgrado con la carrera de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada —el nombre es más largo que su duración, solo dos años— y decidí preparar las oposiciones de Secundaria por la especialidad de Lengua Castellana y Literatura. Era una forma desesperada de poder dedicarme a algo compatible con mi pasión por la literatura. Tenía serias dudas sobre mi elección.  Si por algo se define el reporterismo es porque tienes cierta libertad de movimiento, entras y sales continuamente, no estás siempre metida en el mismo habitáculo. Y es un oficio con una permanente interacción social, algo que a mí me encantaba. Temía que un trabajo con un horario estricto, metida en un centro docente, dentro de un aula, me resultara asfixiante. Y también me preocupaba la posible monotonía de la profesión, impartiendo los mismos contenidos a alumnos que te parecen siempre el mismo. Para mi sorpresa, me encontré con otra forma de autonomía y de libertad que no tenía en el periodismo: la libertad de cátedra, que me permitía ser dueña casi absoluta de mis clases y, por tanto, de mi trabajo. Lo cierto es que durante los primeros años en la profesión la docencia me resultó muy motivadora. Había alumnos con un absoluto desinterés, por supuesto, quizá la mayoría, pero yo me centraba en los que me atendían con el deseo de aprender. En apenas veinte años todo ha cambiado. Algunas actividades que yo desarrollaba antes con mis alumnos hoy me parecen impensables porque la mayoría no están dispuestos a asumir el esfuerzo adicional que entrañan: talleres de escritura creativa, talleres de prensa, creación y puesta en escena de obras de microteatro,… Eran formas más lúdicas de aprender que antes los alumnos agradecían. Ahora tengo que batallar tanto con ellos para que se impliquen que he desistido de desarrollarlas. La enseñanza, además, se ha convertido en un ejercicio de resistencia. Nos vemos obligados a ejercer una docencia defensiva, contra los alumnos y los padres, contra los equipos directivos, contra la administración que nos exige cada día mayor carga burocrática. Lo que más me sedujo de esta profesión al principio fue la libertad para impartir mis clases, pero en este momento la autonomía es prácticamente nula. Debemos rendir cuentas de todo, rellenar tantos cuadrantes e informes y planes de seguimiento y notificaciones a los padres y mantener tantas reuniones que no te queda tiempo de hacer aquello para lo que supuestamente nos pagan: preparar las clases e impartirlas bien. Lo importante para la administración educativa, al menos en Madrid, no es enseñar, sino dejar constancia en un papel escrito de lo bien que has enseñado tu materia.

Tus cursos de doctorado desembocaron en una tesis doctoral que llegaste a publicar. Háblanos de tu tesis.

Publiqué una versión adaptada de mi tesis doctoral con el título Libertad secuestrada, en la que me ocupo de la censura de prensa durante la Segunda República. Cuando comencé el doctorado, me di cuenta de que había abundantes estudios sobre la censura de prensa durante el franquismo, pero no existía ninguna investigación sobre la censura republicana, a pesar de que existió, como evidencian las publicaciones de la época. En mi tesis abordo cómo se implantó y ejerció la censura en las tres etapas de la Segunda República. Durante el primer bienio se establecieron las bases del control. El gobierno de coalición republicano-socialista, bajo el auspicio de Azaña, promulgó una ley con un nombre clarificador, Ley de Defensa de la República. Respondía a la obsesión de Azaña de preservar al régimen que tanto esfuerzo les había costado implantar de los ataques de sus enemigos. Y qué duda cabe que la prensa era el peligro más acuciante para un nuevo régimen y un gobierno débil. Aunque la única ley de prensa vigente durante la Segunda República, la Emérita Ley de Policía de Imprenta o Ley Gullón de 1883, reconocía, con muy contadas limitaciones, la libertad de información, esta se quebrantó con diferentes subterfugios. El ministro de la Gobernación era el encargado de enviar asiduamente circulares e instrucciones a sus gobernadores civiles y estos, a su vez, daban traslado de estas órdenes a los directores de los rotativos. Si no las acataban, eran multados y sometidos a una dura condena: la suspensión, casi siempre indefinida, del periódico. Incluso se llegó a encarcelar sin pruebas y sin orden judicial a periodistas incómodos; en el caso de los corresponsales extranjeros, eran directamente expulsados tras un procedimiento sumarísimo. Esta fórmula de fiscalización se consolidó con la Ley de Defensa de la República, que dio soporte legal a un método más que cuestionado por la prensa del momento porque sometía a las publicaciones a verdaderos apuros económicos. La ley tuvo que insertarse en la Constitución de diciembre de 1931 como una disposición transitoria, ya que infringía muchos de los preceptos constitucionales, entre ellos la libertad de expresión. A partir de su entrada en vigor, cualquier opinión disidente con el régimen y con el Gobierno era tipificada como delito y el rotativo recibía un duro correctivo. Y todo ello sin la intervención de la justicia, conculcando los más elementales resortes de un estado de derecho. En julio de 1933, en los coletazos finales del primer bienio, se aprobó una nueva ley de orden público que legitimaba la censura previa. Lo hacía al amparo de la declaración de estados de excepción. Hasta el estallido de la Guerra Civil, solo hubo dos meses en los que reinó la normalidad constitucional, lo que abrió la veda para ejercer una censura perseverante. Todos los periódicos debían depositar una copia del ejemplar del día en la sede del gobierno civil o del ayuntamiento para que los funcionarios revisaran sus textos. Cuando estos no eran del gusto del censor, eran eliminados o cercenados. Los gobiernos derechistas del segundo bienio fueron los más férreos en la aplicación de la censura, vertebrando un aparato monolítico de prensa donde nada escapaba a la supervisión. Hasta limitaron la inserción del visado por la censura a un solo aviso por ejemplar y nunca junto al texto intervenido para no deslizar pistas al lector sobre aquellos temas que preocupaban al Gobierno. El Frente Popular, pese a sus esfuerzos, fue incapaz de mantener el vigor de la censura de los gobiernos precedentes, pero coincidió con todos en los temas que le inquietaban: las crisis en el seno del Gobierno, las revueltas proletarias y las alteraciones de orden público. De todas estas actuaciones hay nutrida documentación que inserté en un anexo documental de más de trescientas páginas en mi tesis doctoral. Curiosamente, la más interesante, por ser la columna vertebral de mi investigación y la que hizo posible que esta viera la luz —todos los telegramas de los ministros de la Gobernación con las instrucciones y consignas sobre la censura— los hallé en el Archivo General de la Administración, dentro de una carpeta extraviada entre multitud de documentos de lo más variopinto. Llevaba por título Copias sobrantes y, por supuesto, no estaba registrada en ningún catálogo. Por suerte, ahora está catalogada. Al menos para eso ha servido esta tesis doctoral.

Tienes cinco novelas publicadas, la última Barro en los ojos. Háblanos de lo que más caracteriza a tu literatura.

Creo que lo que mejor define a mis novelas es la creación de personajes. En mi opinión, una novela solo tiene verosimilitud si sus personajes son creíbles. Puedes concatenar muchas acciones, tramas simultáneas, giros inesperados; pero, si los personajes no tienen alma, la novela está muerta. Los personajes deben pensar, actuar, sentir, opinar, errar conforme a unos patrones muy bien definidos de modo que el lector pueda identificar a ese personaje de inmediato con la expresión de un solo pensamiento, antes incluso de que el narrador indique de forma expresa qué personaje enfoca en ese instante la percepción de la realidad. A mí me encanta el uso de la psiconarración, mediatizar el relato desde la perspectiva del personaje, y si este no tiene un pensamiento muy bien definido, esta técnica fracasa. Respecto a las acciones, he explorado distintos temas en mis novelas, pero siempre con un enfoque crítico, de cierto compromiso social, incluso cuando la trama es en apariencia frívola. Me importa poco que la protagonista sea una prostituta, como en mi primera novela, Confesiones sexuales de madame Forner, un ama de casa aburrida, como en Las aristas del tiempo, un militante republicano encarcelado tras la Guerra Civil, como en El aval, o un grupo de adolescentes de un instituto del extrarradio de Madrid, como en Barro en los ojos. En todos los casos busco configurar personajes verosímiles, de psicología profunda, que transmitan su visión de los hechos entremezclando la narración con sus propios pensamientos y sentimientos. Y en todas las historias subyace siempre una carga de denuncia. En mi última novela, el crimen de Alicia es un pretexto para indagar en la desorientación de la adolescencia y en la incomunicación entre padres e hijos. En El aval exploro las falsas apariencias, el engaño y la traición a través del intento desesperado de amigos y familiares de un condenado a muerte por el régimen franquista de conseguirle un indulto, pero también me adentro en la deshumanización de toda guerra, en el modo en que esta hace aflorar lo peor de nosotros. Hijos del pecado es mi novela más completa hasta la fecha, por la profundidad de los personajes que desfilan por sus páginas y por el nexo que los une a todos, pese a vivir en cuatro épocas diferentes: la presión social y la imposición de unos patrones de conducta que los aíslan de los demás.

¿Tienes algún proyecto literario entre manos?

No me gusta hablar de proyectos porque solo escribo por placer, sin ningún plan de futuro ni propósito editorial. El no vivir de la literatura y, lo que es más importante, el no tener ninguna aspiración de llegar a vivir de la literatura, me otorga una absoluta libertad para escribir lo que me interesa y cuando me apetece. Ahora mismo tengo dos novelas acabadas. Una la finalicé hace un año y aún no se la he entregado a mi editorial, simple y llanamente porque no he tenido ganas de corregirla. Es un megaproyecto de casi 500 páginas con cinco tramas que convergen y en cada trama hay continuas analepsis para reconstruir la historia del personaje central, de modo que la novela se construye como una gran matrioska, con una trama dentro de otra hasta desembocar en la muñeca general que da sentido a la totalidad del relato. La novela me gusta, porque he creado una galería interesante de personajes. También creo haber conseguido el tono que buscaba. Cada capítulo es narrado desde la perspectiva de uno de estos personajes y esto anula los maniqueísmos de buenos y de malos porque el personaje —ya sea un empresario o un político corrupto, un ama de casa alcohólica que descuida a su familia, una ladrona o una asesina— se exculpa de sus pecados, se redime, responsabiliza a otros de sus errores o los asume con matices, lo que genera un juego de contrastes que a mí me resulta estimulante. Sin embargo, no la he corregido por no enfrentarme a los flecos sueltos, que en una obra de esta envergadura son muchos, demasiados, y también porque el título que había previsto, Matrioska, ya está cogido. Parecerá una tontería, pero a mí estas cosas me bloquean enormemente. Cambiar un título cuando has encontrado aquel que define en una sola palabra tu historia es una verdadera tragedia. Así que dilato el momento de enfrentarme a ese destino para no arrancarme los ojos como Edipo rey. Fíjate si temo ese instante crítico que he escrito una novelita de unas cien páginas en el último mes con tal de retrasar todo lo posible el desafío traumático de la corrección. Odio corregir casi tanto como planchar. Y, pese a ello, soy consciente de que hay que eliminar los fallos de la novela y las arrugas de las camisetas.

El universo de Carmen Martínez Pineda es genuinamente rico. Su creatividad y su sensibilidad, acompañadas de sus experiencias dentro de los mundos del periodismo, la educación, la literatura y la investigación consiguen conectar con mi universo a unos niveles de profundidad que me cautivan. De esta manera, agradezco que sus respuestas, más que universivas o multiversivas, hayan sido, para mí, verdaderamente subversivas. Tras nuestro encuentro, me han dejado reflexionando en varios universos paralelos a la vez. Quedo universalmente agradecido.

Texto: Fernando Martín Pescador

Fotografía: Ncuadres

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