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Entrevista con Laura Salcedo Rubio y Víctor M. Anchel Estebas

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Según el Instituto Nacional de Estadística, en 1996, en Valdemoro había 21.240 habitantes. En 2022, había 79.100, casi cuatro veces más. Durante el periodo comprendido entre 2001 y 2011, el de mayor crecimiento poblacional de nuestra localidad, el número de personas pasó de 31.000 a 68.000. Vinieron muchos matrimonios jóvenes cuyos hijos se han criado en Valdemoro. Eso nos convierte en una de las localidades más jóvenes de España. Todos los recién llegados han enriquecido Valdemoro, convirtiéndolo en un lugar más plural. Tenemos nuevos valdemoreños de otras provincias de España, de otras nacionalidades, de otras culturas, con otras lenguas, con múltiples inquietudes culturales.

Es el caso de Laura Salcedo y Víctor Anchel. Él, valenciano, llegó a Valdemoro en 2002; ella, navarra, llegó a nuestra localidad en 2009. Ambos pertenecen a la Orquesta Nacional. Laura es violinista solista. Víctor toca el oboe solista. Laura y Víctor se conocieron en la Orquesta Nacional. Sus dos hijos son valdemoreños. Charlar con ellos despierta la imaginación. Hablan con pasión sobre su amor por la música. Están ocupados con sus trabajos y la crianza de sus hijos y, al mismo tiempo, se las arreglan para encontrar tiempo para satisfacer algunas otras de sus inquietudes. Confiesan que deben aparcar temporalmente otras actividades que les gustaría llevar a cabo. Nuestra conversación se desboca en múltiples direcciones. Hablamos del prometedor desarrollo de Valdemoro cuando llegaron a nuestra localidad y de los retos que se le plantean a nuestra ciudad frente a la nueva explosión urbanística. Hablamos sobre la paradoja que se da en el mundo de la música: es una actividad primordialmente colaborativa. Sin embargo, para poder vivir de ella, debes competir duramente por cada plaza…

¿Cuándo nace tu pasión por la música, Laura?

Mis padres han sido siempre grandes aficionados a la música. Mi abuelo paterno, que murió joven, fue músico; mi padre es arquitecto, pero, además, estudió la carrera de violonchelo y de canto; mi madre estudió la carrera de piano, pero tampoco se ha dedicado a ello. De hecho, mis padres se conocieron en el conservatorio de Pamplona. Mis padres nos han llevado a conciertos desde pequeñitos y, a mí, enseguida, me empezó a gustar el violín. Mi madre aún guarda por casa un dibujo que hice de pequeña en el que aparecía tocando el violín y en el que manifestaba mi deseo de ser violinista. Empecé directamente en el conservatorio, en Pamplona, pero también estudié en Vitoria, en Burgos… y, en cuanto comencé en la Joven Orquesta Nacional de España, conocí a muchos profesores y eso me permitió viajar y estudiar en muchos lugares. Cuando terminé la carrera en España, me marché a estudiar a Holanda durante cinco años y, de allí, me fui un año a Alemania.

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¿Cómo se combinan los estudios obligatorios en Pamplona con clases en Vitoria o en Burgos?

Cuando era más pequeña, no recuerdo muchas diferencias con las chicas de mi edad. En cuanto comencé el instituto, compaginar mis estudios de música con el bachillerato suponía un gran esfuerzo. Me levantaba a las cinco de la mañana para coger un tren o un autobús que me llevaban a un sitio o a otro, pasaba el día en el conservatorio. Durante un tiempo, iba a Vitoria tres días a la semana. Por la tarde, volvía a Pamplona y estudiaba en el instituto nocturno. Muchos días, cuando volvía del instituto, cogía una sordina de estudio enorme y me ponía a practicar con el violín. No tengo un mal recuerdo porque me gustaba mucho lo que hacía, pero, cuando pienso los horarios que llevaba…

¿Qué estudiaste en Holanda?

Cuando terminé el conservatorio en España no había tantas posibilidades en España como hay ahora. En el extranjero, en cambio, había opciones maravillosas. Cuando en España dices que vas a estudiar música, todo el mundo te pregunta si, además, vas a estudiar otra carrera. En muchos otros países, esto no sucede. La música es una carrera muy bien valorada. Barajé las diferentes posibilidades y acabé estudiando la carrera de música y un máster en Utrecht.

¿Cuándo nace tu pasión por la música, Víctor?

Mis padres no son músicos. Han tenido droguerías de esas de barrio, que antes eran tan frecuentes y ahora apenas quedan unas pocas. Mi padre, además, ha sido pintor de brocha gorda y, también, de brocha fina. Ha pintado siempre cuadros. Ha tenido siempre cierta sensibilidad artística. Mi madre es originaria de La Rioja; mi padre, de Ciudad Real. Ambos emigraron a Valencia en busca de trabajo (mi madre con 15 años y mi padre, junto con mi abuela, cuando él tendría cuatro años) y fue allí donde se conocieron. Mi padre ha sido siempre un gran melómano y, como sabes, en Valencia hay una gran tradición musical. En pueblos muy pequeños hay sociedades musicales con una cantidad de músicos increíble. No creo que en Valencia haya un especial talento para la música, yo creo que ese talento está repartido por todas partes, pero sí que hay muchos más músicos gracias a esta tradición. Mi padre me llevó a varios conciertos de una de las dos bandas que había en el pueblo, la Unión Musical de Torrent, y recuerdo que, desde los primeros conciertos, me llamó la atención el oboe, tal vez porque tenía muchas intervenciones a solo. Y le dije a mi padre: «A mí me gusta ese.» Debió parecerle que me interesaba lo suficiente como para matricularme en la escuela de esa sociedad musical. Esto es a un nivel muy preconservatorio. En Valencia se comienza mucho antes que en el resto del país. Pronto se dieron cuenta de que tenía habilidades especiales. Tenía, por ejemplo, un buen sentido del ritmo y tenía oído absoluto. Laura también lo tiene y en nuestras familias es algo bastante habitual (la hermana de Víctor también es músico y toca la flauta solista en la Orquesta Gulbenkian de Lisboa; el hermano de Laura toca el fagot solista en la Orquesta del Liceu de Barcelona). Comencé así a destacar entre el resto de niños. Se me dio bien el oboe, que es un instrumento muy complicado y hubo profesores que me inspiraron.

Mirando hacia atrás, creo que tuve mucha suerte con los profesores que me enseñaron música. Poco a poco, fui dándome cuenta de que el oboe era una extensión de mi propio cuerpo y que quería seguir aprendiendo. Y el viaje vital que emprendí es muy similar al de Laura. Cuando vamos a un concierto, creemos que todo es mágico, cien personas tocando juntas obras maravillosas y piensas en la sensibilidad de esos músicos. Además, detrás, hay muchas horas de trabajo y de dedicación porque es algo muy similar a lo que hacen los atletas de élite: es repetir pasajes muy complejos, muy difíciles, muchísimas veces para que en el momento de la ejecución, del concierto, el resultado sea óptimo. Es verdad que, cuando eres niño, estudias muchas horas además de tus estudios académicos. Yo también hice bachillerato nocturno. Tenía que levantarme pronto para ir al conservatorio en Valencia porque, entonces, no te llevaban tus padres. Hoy en día, llevamos a nuestros hijos a todos lados. Y, sí, después del instituto, tenía ensayos con la banda del pueblo hasta la medianoche un par de tardes a la semana. Pero es verdad que, cuando eres niño, te parece que todo eso es normal. Y, luego, tenías tus aficiones. Si te gustaba leer, como era mi caso, encontrabas tiempo para leer. Y seguías viéndote con amigos y saliendo con ellos. Yo desarrollé toda mi carrera en Valencia, los estudios superiores los finalicé en el Conservatorio Superior y, luego, sí, comencé a dar masterclasses con diferentes profesores.  Di clases particulares, por ejemplo, con Lothar Koch, el oboe solista de la Filarmónica de Berlín, con el que tenía intención de estudiar en el Mozarteum.

Sin embargo, no llegaste a ir a Salzburgo para estudiar en el Mozarteum.

En mi caso, había una especie de barrera que se llamaba mili, que te condicionaba bastante. La fui sorteando con prórrogas y solicitudes de objeción de conciencia. Justo el año que podría haber ido al Mozarteum, me tocaba hacer la mili, así que decidí posponerlo un curso. Al final, ese mismo año, el Gobierno eliminó el servicio militar y no hice ni una cosa, ni la otra. Fue entonces cuando tuve la oportunidad de trabajar como músico profesional. Hubo profesores que me recomendaron a varias orquestas. Así fui encadenando audiciones y trabajos en distintas orquestas.

Víctor, explícanos qué es el oído absoluto que has mencionado anteriormente.

Es una particularidad física con la que naces y que luego debes educar. Hay gente que puede tener oído absoluto y no saberlo. Es la capacidad de identificar una nota y su altura sin referencias. Cuando yo escucho música, escucho las notas y no tanto la melodía. Es una gran suerte, pero también tiene un toque de desgracia porque no disfrutas la música de la misma forma. Escucho la información, las notas, las alturas de las notas, los acordes, lo que está haciendo el bajo. La música es un lenguaje jeroglífico, secreto. Si ves unas partituras y no tienes formación musical, no eres capaz de identificar lo que hay escrito. Nosotros somos los traductores. Si tienes un oído absoluto, estás escuchando ese lenguaje musical todo el tiempo.

Laura, ¿cómo te incorporas al mundo laboral?

En el caso de nuestros instrumentos, las principales vías laborales son la docencia o la incorporación a una orquesta. A mí siempre me ha llamado más tocar en una orquesta. No tengo una vocación de enseñanza muy clara. Durante mi etapa de estudiante, tuve la suerte de formar parte de las dos jóvenes orquestas más importantes a nivel europeo, la Joven Orquesta de la Comunidad Europea y la Joven Orquesta Gustav Mahler, con sede en Viena, y tenía muy claro que eso era lo que más me gustaba. Nosotros los músicos tenemos una página en la que se publicitan los puestos de la orquesta disponibles y, ahí, empecé a ver dónde podía haber una opción para mí. La primera oportunidad que se me presentó fue con la Orquesta de Radio Televisión Española y así comencé. Llegué a Madrid, estuve en la orquesta tres años y, de ahí, salieron plazas para la Orquesta Nacional de España, hice las audiciones, aprobé y ahí llevo desde 2006.

Víctor, háblanos de tu faceta como profesor.

Yo quería estudiar un máster en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, que es posiblemente la más prestigiosa de nuestro país. Siempre ha contado con un profesorado importante. El impulso y el apoyo que Paloma O’Shea, fundadora y mecenas de esta institución, ha dado a la escuela han permitido que fructifique algo que históricamente en España ha sido muy complicado. Es una institución que ha tenido un gran apoyo económico de muchas empresas privadas. En mi opinión, esto ha supuesto una inversión en una disciplina artística, la música, sin precedentes en España. Como te digo, quería estudiar en esta institución, además, porque, por primera vez, la Escuela Superior de Música Reina Sofía iba a tener un profesor de oboe. Siempre había habido profesores de cuerda y de piano. El profesor de oboe iba a ser Hansjörg Schellenberger, que era el oboe solista de la Filarmónica de Berlín (como he dicho, yo ya había estudiado con el otro, con Lothar Koch). Mi profesor en Valencia, Vicente Llimerà, me becó para estudiar en unas clases de verano en Santander que impartía Schellenberger. Como al año siguiente iba a comenzar la cátedra de oboe en Madrid, me pareció una oportunidad magnífica para conocerlo y ver si había sintonía entre nosotros y poder, después, hacer las audiciones necesarias para ser alumno de la Escuela Superior de Música Reina Sofía. En el curso de Santander, hicieron también audiciones para el puesto de profesor adjunto que trabajaría en Madrid con Hansjörg Schellenberger. Por alguna razón, ninguno de los candidatos convenció. Y cuál fue mi sorpresa cuando, al final del curso en Santander, tras interpretar mi pieza en concierto, Paloma O’Shea se me acercó y me ofreció el puesto de profesor adjunto. Me quedé asombrado. Les dije que aceptaba si, a cambio, me dejaban cursar el resto de las asignaturas, pero me respondieron que eso era imposible. Ese mismo año, aprobé para formar parte de la Orquesta Nacional y comencé a ser profesor en el Reina Sofía siendo más joven que muchos alumnos.

¿Te gusta la docencia?

Para mí es más fácil en muchos sentidos porque yo imparto clases a alumnos de muy alto nivel y es gente con la que puedes comunicarte de forma muy sencilla. Creo que los profesores de Grado Elemental o Grado Medio lo tienen más complicado, ya que tienen que trabajar con niños que todavía no tienen claras muchas nociones musicales. Creo que debes tener una vocación muy especial. La docencia es un trabajo muy gratificante. Me gusta mucho, pero, claro, todas las clases son en Madrid y eso aumenta el número de desplazamientos que debo hacer desde Valdemoro. La Ley de Compatibilidades en España es, además, muy férrea. Es una ley de 1982 que no se ha renovado, que está obsoleta y que impide o dificulta que los mejores profesionales de cada campo puedan ejercer la docencia, algo que yo encuentro necesario, puesto que esa experiencia que tú puedes aportar es complicado que la aporte alguien que no está ejecutando, interpretando o llevando a cabo el trabajo de forma práctica. Afortunadamente, como en el Reina Sofía una parte de la financiación es privada, solicité la compatibilidad para no caer en irregularidades y, desde entonces, me la vienen concediendo.

La música no es tu única inquietud artística.

Siempre me ha gustado mucho leer y pronto desarrollé también un gusto por la escritura. Empecé a escribir cuando tenía doce años. Cuando tenía treinta años, tenía un poco más de tiempo y podía dedicarme a escribir con más facilidad que ahora. He escrito relatos de fantasía y ciencia ficción. He publicado alguno en diversas antologías, gané un par de premios y he escrito dos novelas, de las cuales, logré publicar una, Círculo imperfecto. Es género negro con un trasfondo sobrenatural. Hoy en día, me interesa más la vertiente realista y costumbrista del género negro y me gustaría escribir algo en esa línea, pero, de momento, no encuentro el tiempo. Para escribir, necesitas una disciplina, escribir todos los días, para tener las herramientas a tono. Cuando escribía, me levantaba a las cinco de la mañana y ahora, físicamente, no puedo. Me encantaría retomar la actividad de escribir, que es una afición, pero también una necesidad.

Háblame de tus aficiones, Laura.

Como a Víctor, me encanta leer. Leo de todo, aunque en los últimos años, he leído mucho sobre educación, para entender el crecimiento de mis hijos, entre otras cosas. Ahora que no son tan pequeños, he aprovechado para explorar otros territorios: el año pasado me formé como coach. Ahora estoy buscando especializarme en esa nueva faceta, sin abandonar la música. También me encantaría seguir estudiando, hacer otra carrera universitaria, porque me gusta estudiar. Siempre he disfrutado estudiando. Viajo mucho por mi trabajo y me encanta viajar por placer. Ahora estamos empezando a viajar con nuestros hijos para despertar en ellos esa inquietud. También, últimamente, me está apeteciendo mucho escribir. Aún no sé cómo enfocar esta nueva inquietud.

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Laura y Víctor me cuentan que en Valdemoro viven más músicos de la Orquesta Nacional y de la Orquesta de Radio Televisión Española. Valdemoro sigue creciendo. Cada nuevo valdemoreño nos enriquece con sus inquietudes, con sus deseos y con sus pasiones. Además, muchos de los niños de esas parejas que llegaron aquí durante la primera década del siglo XXI, los jóvenes valdemoreños, están ahora en condiciones de aportar nuevas ideas para hacer de Valdemoro una ciudad mejor. Estoy seguro de que esas ideas suenan tan bien como el violín de Laura y el oboe de Víctor.

Texto_Fernando Martín Pescador

Fotografía_Ncuadres

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