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Fernando Prado: «Mi pasión por la pintura es el legado que me dejó mi hermano»

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Terminamos 2021 con el número 70 de La revista de Valdemoro. Llegando a un número redondo, y tras dos años de incertidumbre, resulta apropiado echar la vista atrás para observar en qué se ha convertido este proyecto.

A nivel interno, este proyecto es un ritual de procesos que se repiten mes a mes. Uno de esos primeros procesos es la cita con nuestros entrevistados. En los setenta números probablemente hayamos superado el centenar de entrevistas, y aún así se pueden contar con los dedos de una mano las ocasiones en las que José Manuel, director de la publicación, no ha acudido conmigo a la entrevista. Esto no quiere decir que él no se fíe de mis habilidades como entrevistador, sino que él es buen conocedor de que la entrevista es uno de los momentos más bonitos de todo el proceso creativo de la publicación.

Y es que José Manuel creó La revista de Valdemoro como un canal para dar voz a personas locales relevantes y ponerlas en conocimiento de los vecinos del pueblo. La entrevista supone ese contacto directo con la fuente, donde los matices de la expresión corporal y oral toman fuerza en el discurso del entrevistado. Es la posibilidad de conocer de primera mano, de apelar a lo humano.

Fieles al ritual, José Manuel y yo quedamos en la casa de Fernando. Tras aderezar un rincón de su salón con unos ajustes de iluminación que agradecí por mi naturaleza de fotógrafo, comenzamos la entrevista envueltos en paredes que mostraban sus obras. Las mismas que nos guiaban por su discurso.

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Valdemoreño de nacimiento, Fernando es la conjunción del Valdemoro más genuino del siglo pasado y la experiencia vital de haber recorrido la geografía nacional. Su vínculo por el arte en general, y la pintura en particular, nace desde bien pequeño, cuando veía a su hermano Juan Prado esbozar los primeros dibujos. Aunque no trazó pronto una carrera profesional de pintor, lo cierto es que siempre estuvo vinculado al dibujo a través de su trabajo. Fue la enfermedad lo que le hizo cambiar de rumbo para centrarse en su faceta como pintor. Más de cincuenta años después de la creación de su primer estudio de pintura, Fernando ofreció al pueblo de Valdemoro la exposición «Nuevos Tiempos». La muestra supone un ejercicio de valentía, voluntad y cambio de paradigma en la pintura del valdemoreño.

¿Cuáles son tus orígenes?

Mis padres proceden del País Vasco, pero son valdemoreños fruto de la importación que realizó el pueblo. En Valdemoro hay muy poca gente que sea de aquí de toda la vida. Mis padres llegaron aquí en el año 1945 procedentes del Puerto de Pajares (Asturias) donde mi padre trabajó en la mina. Él era mecánico y contaba que la mina era muy dura. Se marchó a Pajares con el propósito de mecanizar el proceso de recogida, que para entonces seguía siendo con mulas. Cuando llegó a Madrid capital compró dos camiones con el dinero que había ahorrado. Él mismo se hizo los camiones porque en la posguerra no había, se reutilizaban los camiones rusos y europeos que habían llegado durante la guerra.

¿Cómo conocen Valdemoro?

Mi padre iba mucho a la calle del Doctor Drumen para buscar trabajo. Allí había una cafetería en la que paraban casi todos los fabricantes de yeso. Le contrataron para un porte de yeso a la Yesera Nacional, que estaba en el paseo del Prado. Era probablemente la fábrica más importante del pueblo. Hizo el trabajo y se dio cuenta de que iba a tener más trabajo aquí que en Madrid. Habló con el jefe de la fábrica y le encargaron a él todos los viajes a Madrid. Más tarde, cuando se mudaron a Valdemoro, también comenzó a recoger las piedras de las canteras.

Eres valdemoreño de los que nacían en casa.

Tan solo dos de los seis hermanos que somos nacimos aquí. Yo nací un 18 de julio, en la casa que hay encima del que hoy en día es el local de Deportes Mazarracín. En las calles de este pueblo se gestó mi infancia hasta los diez años, momento en el que me llevaron a un internado en Madrid. Más tarde me mandaron a estudiar a un pueblo de Cantabria muy próximo al de mi padre, que era de Vizcaya. El propósito de mi padre era que ninguno de sus hijos se desligara de sus orígenes. Fue una influencia muy fuerte de la que estoy muy agradecido, pero he de reconocer que fue muy duro en los comienzos porque era un crío que estaba solo y su familia estaba muy lejos. Esa experiencia te endurece, te hace madurar.

¿Qué ha supuesto tu padre para ti?

La figura de mi padre ha sido muy representativa para mí porque era un hombre con mucha personalidad y una valentía tremenda. La falta de recursos era una realidad en toda España y nosotros tuvimos la suerte de que no nos faltara de nada gracias a la lucha de mi padre y los esfuerzos de mi madre para mantener su casa. Viajaba por los pueblos de alrededor de Valdemoro y los agricultores pagaban en su mayoría con mercancía porque no tenían dinero. La gente compraba de fiado y se saldaban las cuentas cuando entraba algo de dinero en casa. Además, no podía ver que alguien pasara hambre. Mucha gente venía a casa a pedirnos comida o dinero y mi padre siempre les ofrecía sentarse a comer o cenar con nosotros.

¿Cómo sería tu radiografía de ese Valdemoro de la segunda mitad del siglo pasado?

Valdemoro tenía entre dos mil y tres mil habitantes. Era un pueblo muy humilde en el que la riqueza residía en la agricultura y el yeso. Mucha gente de los pueblos de la Mancha venían a trabajar el yeso a Valdemoro. La calle Herencia es de alguna forma un agradecimiento a todas esas personas que vinieron de aquel pueblo a trabajar aquí. Históricamente, ha sido un pueblo muy rico en diversidad cultural nacional. Desde el siglo XIX, la Guardia Civil ha traído a este pueblo gentes de todas las partes de España. Para los vecinos de Valdemoro no eran extrañas personas de Galicia, Andalucía, País Vasco o las Castillas. Este aporte cultural ha enriquecido indudablemente al pueblo.

Has tenido inclinación por el arte desde muy temprano, ¿cómo te influyó la figura de tu hermano Juan Prado?

Me considero un auténtico privilegiado. Juan era catorce años mayor. Era mi hermano mayor, mi padre joven, mi amigo, mi confidente, lo ha sido todo. Yo admiraba cómo pintaba y dibujaba en casa. Siempre he creído que nace en mí la tendencia al dibujo por él. Para mí dibujar era una pasión. Cuando me marchaba interno dibujaba mucho. Aún conservo entre las páginas de los libros de bachiller dibujos y un retrato que hice de mi padre de memoria. Era tal la necesidad que tenía de ver a mi padre en la soledad del internado que lo dibujé porque no tenía ninguna foto.

¿Tu hermano fue el precursor de la pintura en la familia?

En mi familia no había antecedentes de artistas. Mis padres cantaban muy bien, mi abuelo paterno tocaba la guitarra como John Lennon, con la mano izquierda. Esas son las referencias que hemos tomado entre hermanos como referencias artísticas que nacen en nosotros. Todos los hermanos éramos una coral, y eso nos llevaba a que además de ser familia compartíamos gustos y costumbres.

A pesar de la gran influencia de tu hermano nunca optaste por dedicarte profesionalmente a la pintura.

Cuando terminé el bachiller regresé a Valdemoro. En ese momento mi padre estaba enfermo y comenzó a haber falta de dinero en la familia. Yo estaba preparando la matrícula para estudiar el preuniversitario porque quería estudiar Derecho. Como mi padre se había volcado en nosotros, lo mínimo que podía hacer era devolverle todo ese esfuerzo. Comencé a trabajar en Fibrotubo, en la oficina técnica. Trabajaba de calcador, el puesto más raso. Un día faltó un delineante y me ofrecí al jefe para cubrir ese trabajo, lo que me hizo ascender. Más tarde trabajé en la fábrica de muebles de Montalbo. Fui jefe de comercial por toda España e incluso llegué a diseñar muchos muebles. También hice el anagrama de la empresa. Siempre he intentado estar vinculado al dibujo, daba igual la profesión que ejerciera en ese momento.

La enfermedad siempre ha sido un impulso para tu carrera como pintor.

En el año 90 tuve una operación importante de cabeza fruto de mi práctica de buceo. Esto me hizo caer en una depresión muy fuerte porque el pronóstico era perder facultades como la movilidad o la vista. Durante el tratamiento psicológico, y como herramienta de terapia, pinté varios cuadros que dieron lugar a mi primera exposición. Este proceso cambió mi concepción sobre la pintura, acercándola a un enfoque profesional. El 2013 fue mi peor año, me detectaron cáncer de colon. En 2014, se reprodujo, lo que me hizo pasar dos veces por quirófano. Afortunadamente, y gracias a la incondicional ayuda de mi mujer y el apoyo de mis hijos y nietos, salí adelante. La palabra cáncer indudablemente apelaba a la muerte de una manera muy directa y siempre he intentado luchar contra esos pensamientos negativos. La pintura ha sido ese lugar de evasión.

Probablemente, tu obra más representativa de la relación con la enfermedad es Santa Cena.

La segunda operación de cáncer tenía muy mal pronóstico. Recuerdo que estaba esperando en la UCI y el ambiente era muy ajetreado. Para evadirme de esos malos pensamientos encontré unas medidas en el techo que me hicieron pensar en qué pintaría yo sobre ese lienzo. Sin quererlo apareció la imagen de una santa cena. Yo pensaba que estaba muerto, intenté cerrar los ojos para que esa imagen se fuera, pero se había quedado impresa en mi retina. Buscando entre los personajes de esa cena aparecían Pedro Pacheco, el cirujano, mi hermano Juan, mi padre, mi hijo, mi suegro y mi yerno. Yo estaba de pie en el papel de camarero.

¿Cómo afrontaste la creación de esta obra?

A los seis meses de haber pasado por quirófano, cuando ya me encontraba mejor, de las primeras cosas que hice fue esbozar el cuadro. Era muy importante para mí plasmar esa imagen que todavía estaba en la memoria. Ese cuadro ha supuesto un reto para mí en muchos aspectos. La Santa Cena es un ejercicio de retratos, bodegones, perspectivas y dimensiones. El cuadro me abrió la oportunidad a sumergirme en muchos temas que ya había tocado mi hermano, pero en los que yo nunca había indagado de tal manera. El cuadro supuso un impulso creativo muy importante para mí durante el tiempo que estuve pintándolo, más de un año. Además, sentó las bases para que investigara otras corrientes artísticas en ámbitos muy concretos como, por ejemplo, el bodegón.

¿De qué referentes bebe la obra de Fernando Prado?

Mi hermano ha sido una referencia importantísima para mí. Me influyó mucho su proceso de búsqueda y análisis de nuevos estilos e influencias y es algo que he conocido a posteriori. Cuando empiezo a independizarme artísticamente de la influencia de mi hermano decido diferenciarme tanto temática como estilísticamente. Me gusta alterar mi estilo; ahora mismo me encuentro en plena efervescencia. A mi mujer y a mí nos encanta viajar, y siempre que lo hago aprovecho para visitar los principales museos. Conozco todos los grandes museos de Europa y los principales de San Petersburgo. Tengo especial inclinación por la pintura rusa. Tuve la oportunidad de ver la muestra de arte ruso que tienen en el museo Orsay de París y quedé impresionado por su estilo. Cuando viajé a San Petersburgo visité el museo Hermitage y había salas donde habría pagado para que me pusieran una cama y poder dormir ahí contemplando las obras. 

La temática que te singulariza como pintor es la tauromaquia.

Dentro de ese ejercicio de independencia artística de mi hermano que viví, entre las temáticas que él nunca abordó y que a mí me apasionaban estaba la tauromaquia. Mis cuadros beben de la esencia de la tauromaquia, pero no reflejan explícitamente el mundo taurino pese a ser muy detallados. En ellos nunca encontrarás una espada o el rigor de sangre. Me gusta la estética que envuelve a la tauromaquia. Creo que su mayor elemento artístico son los trajes de luces, probablemente de las prendas más espectaculares que hay en el mundo. El arte del bordado español es único. Una buena definición para mi retrato de la tauromaquia fue el título de una de mis exposiciones: «El color de la fiesta».

Tienes muchas obras de rincones emblemáticos de Valdemoro. ¿Qué es lo que más te gusta retratar de nuestro pueblo?

Valdemoro es mi pueblo, pero también mi vida. Para mí es muy importante que la vida de una persona sirva para dejar algún tipo de legado a las siguientes generaciones. En mi caso quiero dejar plasmados caprichos, formas o ideas de mi pueblo a través de los cuadros. También es una forma de inmortalizar Valdemoro en una época concreta. Me atrae el Valdemoro antiguo como seña de identidad de lo que un día fue este pueblo y que cada día se diluye más en las nuevas construcciones. Uno de los proyectos que tengo presentes es pintar un cuadro de un cantero, una figura muy importante aquí.

Con tres exposiciones colectivas y cerca de una veintena de muestras individuales, ¿qué fin tenía para ti «Nuevos tiempos»?

Mi propósito con la exposición fue mandar un mensaje de optimismo. Tras superar una operación de cabeza, dos de cáncer y estar en proceso de diálisis, quería demostrar que se pueden seguir haciendo muchas cosas si se tiene voluntad. En diálisis me gusta hablar con la gente que me encuentro y transmitir ese mensaje de optimismo y fortaleza frente a la adversidad. Es muy importante amueblar la cabeza bien y sacar aquellos muebles viejos que no te hacen bien.

¿En qué retos artísticos estás sumido ahora mismo?

En este tiempo de posexposición estoy descansado mucho porque ha sido mucho trabajo. A pesar de ello, estoy trabajando en dos o tres proyectos que tengo en mente y estoy viendo qué prioridad otorgarles. Quiero adentrarme en el mundo de la pintura gigante. Me gustaría poder elevar la dimensión de los objetos que retrato en un lienzo más grande para poder alcanzar un mayor detalle. Esta voluntad nace tras visitar la obra del pintor español Pedro Ribera en el Museo Nacional de Arte en Lisboa, quien retrata personajes bíblicos. Estoy en esa búsqueda de personajes que me marquen de alguna forma. También me gustaría hacer referencia a la tierra de mis padres a través del retrato de dos pensadores vascos.

Tras finalizar la entrevista, José Manuel se tiene que marchar para seguir atendiendo la logística del siguiente número. Fernando me invita ver su estudio y me regala una revisión de la selección de obras que cuelgan de las paredes de su casa. Ya en el estudio tenemos una conversación maravillosa sobre los procesos creativos, el miedo al lienzo vacío, la iluminación, las referencias, la memoria, la muerte y muchos otros asuntos que quedaron entre esas cuatro paredes impregnadas de olor a pintura.

La grabadora seguía grabando, pero esa segunda parte de la entrevista quedó registrada de manera corrupta y nunca la he podido volver a escuchar. En un principio, me dio mucha rabia perder esas palabras; ahora pienso que quizás sea mejor obligarse a recordar.

Texto_Sergio García Otero

Fotografía_Ncuadres

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