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Entrevista con David Sánchez Arroyo

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Hay veces que los vientos de la vida hacen recalar al galeón de nuestro corazón en bahías inesperadas. David había conocido a Juan en la carrera. Ambos habían accedido a los estudios de Derecho tras aprobar el examen para mayores de 25 años. Juan ayudó mucho a David durante la carrera. David ya tenía una familia que sacar adelante y un trabajo nocturno, además de tener que ir a la facultad todas las tardes. Por eso, en cuanto a David le empezó a ir un poquito bien en su despacho de abogado, no dudó en intentar ayudar a Juan ofreciéndole algunos trabajos. Desafortunadamente, todo esto ocurrió poco antes del estallido de la pandemia en marzo de 2020. Todos fuimos confinados y el día a día de los despachos de abogados quedó reducido a mínimos.

Aquella mañana de junio de 2020, Juan y David hablaron por teléfono. David se quedó muy preocupado e intentó volver a conectar con su amigo, sin éxito. Lo próximo que supo de él fue a través de una llamada de la policía. Juan se había suicidado y querían que fuera a reconocer el cuerpo de su amigo. A David le extrañó que acudieran a él, que no hubieran llamado a los familiares. Fue el día que David conoció a la madre de Juan. Tenía 86 años y los servicios sociales trataban de consolarla. Tras hacer un análisis de la situación y consultar con Gemma, su esposa, David se trajo a la madre de Juan a Valdemoro. Gemma y él la acogieron en su hogar y cuidaron de ella durante quince días antes de devolverla a su casa. Desde entonces, David va a visitarla todas las semanas e intenta asegurarse de que la mujer está bien. Esta semana, en pleno invierno, se le ha roto la caldera y David tendrá que ayudarle a comprar una nueva…

La pandemia nos recordó la cantidad de personas mayores que, en la actualidad, viven solas en España. Y esos números no van a dejar de aumentar conforme la generación del baby boom llegue a la edad de jubilación. Con un menor número de hijos y con los índices de divorcios y separaciones por las nubes, dentro de veinte años, la situación no es prometedora. Pero, como dice David en un momento de nuestro encuentro, si queremos que la sociedad cambie, el primero que tiene que acometer cambios en su vida es uno mismo. Y él está siempre dispuesto a cambiar, a mejorar como ser humano.

David Sánchez Arroyo llegó a Valdemoro hace más de 11 años. Su mujer trabajaba en el colegio de Lagomar, sus hijos iban al Lagomar… Lo lógico es que toda la familia se mudara a Valdemoro. David nació en Madrid, pero toda la vida vivió en Parla. De origen muy humilde, David comenzó a trabajar a los 14 años.

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Empezaste a trabajar muy pronto.

No había otra. Empecé en una tienda de reparación de televisiones. Eran televisores más pesados que los de ahora y había que cargarlos, subirlos, bajarlos… Cuando cumplí 16 años, me puse a trabajar de camarero en una discoteca, en Añover de Tajo. Allí se habían mudado mis padres, pero yo entre los 16 y 17 años me independicé. Al año, acabé llevando yo la discoteca. En aquel momento, yo no era consciente de la responsabilidad que había asumido: una discoteca de unos mil metros cuadrados con una docena de trabajadores. El dueño venía por la noche, contaba el dinero y hacía los pedidos. Yo me encargaba de coordinar prácticamente todo lo demás. Ahora me comparo con mi hija, que tiene 20 años, y yo con tres años menos gestionaba una plantilla de trabajadores, todos mayores que yo. Mientras otros chavales salían todos los fines de semana, yo trabajaba. Eso me llevó a dejar los estudios… Cuando cumplí los 18 años, me saqué el carné de conducir y me dediqué a repartir empanadas gallegas por las universidades.  Llevaba un Opel Corsa. Pasaba mucho tiempo en el coche y yo iba todo el día con la radio puesta. Escuchaba a Iñaki Gabilondo, a Luis del Olmo… había grandes profesionales en la radio. Por las mañanas, hacían sus tertulias, opinaban de política, de cultura… Escuchándoles, yo me daba cuenta de que tenía que estudiar, que no me podía quedar repartiendo empanadas. Encontré otro trabajo, conocí a mi mujer, me enrolé en el ejército… Estuve cuatro años en el ejército, en Colmenar Viejo. Lo creas o no, el ejército me vino muy bien. Allí me inculcaron una disciplina que me ha ayudado a sacar muchos asuntos adelante. Cuando salí del ejército, me hice camionero. Me había sacado los carnés allí. Tuve a mi hija y fue el momento para coger los libros de COU. Me saqué el acceso a la universidad para mayores de 25 años. Quería ser periodista, pero había muy pocas plazas y no me dio la nota. Así que estudié Derecho. Seguí con el camión, pero ya solo por Madrid. Trabajaba por la mañana y estudiaba en la universidad por la tarde. La cosa fue a peor cuando me puse a trabajar en un almacén por la noche: trabajaba toda la noche hasta las seis de la mañana; estudiaba hasta las ocho. Me acostaba hasta mediodía y entonces me ocupaba de mi hija hasta las tres de la tarde, que debía entrar en la universidad. Hasta que, en 2004, el cuerpo me dijo que no podía más. Antes de entrar en un examen, me senté en un banco de la universidad, llamé a mi mujer y le pedí que viniera a buscarme, que no podía más. Me cogí unos meses de descanso porque mi mujer me escondió los libros en un armario y no me dejó volver a estudiar hasta que no me recuperara.

Habías forzado en exceso las máquinas.

Me exigía demasiado. Corría un bulo, creo que todavía corre, que aseguraba que a los que se graduaban con las mejores notas los iban a buscar los diferentes despachos de abogados. Al final, no es verdad. El caso es que estaba en tercero de Derecho y no podía mantener el ritmo que había llevado hasta entonces. Cambié de trabajo, me puse de teleoperador con el 061, la plataforma de emergencia médica de la Comunidad de Madrid. No es un trabajo duro para el físico, pero sí para la mente. Accidentes, emergencias médicas, defunciones, suicidios e intentos de suicidio… es un trabajo muy intenso. Ahí estuve hasta que terminé la carrera en 2006. Siempre iba a septiembre con alguna asignatura, pero eso año terminé en junio.

Ya tenías la carrera de derecho terminada.

El día que hice el último examen, conseguí un trabajo en el Registro de la Propiedad de Parla. Lo compaginé con el 061, que lo hacía por las noches. Estuve trabajando allí todo el verano y, en septiembre, me llamaron de un despacho de abogados. Allí estuve aprendiendo durante todo un año. Fue entonces cuando una prima me llamó y me dijo que tenía, en su edificio, un despacho vacío en Fuenlabrada. Y así comenzó mi aventura de abogado. El problema de abrir un despacho de cero es que el primer año no entra nadie. Porque nadie te conoce. Me ocupé de algunas comunidades de propietarios, porque eso te ayuda a cubrir gastos, pero es difícil comenzar. Mi primer juicio fue terrible. Sentía una responsabilidad enorme. Tenía que ganar. Fue un caso de malos tratos. Y eso significa que tienes un día para prepararlo. En los casos de malos tratos, hoy pones la denuncia y, al día siguiente, tienes el juicio. No hay margen para prepararlo bien.

El destino aún te guardaba más sorpresas.

Me encontré con un compañero de la facultad que estaba trabajando en un despacho grande de abogados y colaboraba con otros despachos importantes. Me invitó a trabajar con ellos. Tenía, además, clientes muy famosos. A algunos me tocó representarlos sin llegarlos a conocer siquiera. Muchos de estos famosos tienen un intermediario que te explica lo que tienes que hacer y, si no tienen que ir a declarar, ni los llegas a conocer. Trabajando ahí aprendí mucho. Me sorprendió, sin embargo, el hecho de que, siendo tantos abogados, las cosas más difíciles se las dejaban a los nuevos.

Fue entonces cuando os vinisteis a vivir a Valdemoro.

Alquilamos un chalet en Valdemoro y puse el despacho en el mismo chalet. Poco después, nos mudamos a otro sitio aquí en Valdemoro y abrí el despacho en Parla. Ahí es cuando comenzó a irme bien, abrimos otro despacho en Pinto y ahora tenemos una plantilla de siete personas, con despacho, también, en Getafe, en Móstoles y en Madrid. Estamos pensando abrir un despacho en Valdemoro y en Fuenlabrada. Nos hemos hecho especialistas en derecho matrimonial y extranjería. En su momento, yo también era especialista en defectos de construcción. Hasta el 2013 hubo mucho trabajo en ese terreno, pero luego, con la bajada en la construcción, es un campo del que apenas entran casos.

Tenéis despacho en un montón de sitios.

Aunque seas muy buen abogado, las personas son muy reacias a ir a un abogado de fuera de su población. Por eso, estamos abriendo despachos en tantas poblaciones. Y a la gente le gusta también acudir a abogados especializados en un área determinada. El demonio se esconde en los detalles y los detalles los conoce el abogado que está todos los días con temas similares.

Háblanos un poco de los casos de inmigración.

Veo grandes injusticias. Creo que la administración no trata bien a las personas que intentan acogerse al derecho de inmigración. Cuando pides una tarjeta de residencia y tienes el derecho porque cumples los requisitos, tardan entre seis y ocho meses en dártela. No puedes tener esperando tanto tiempo a una persona que quiere trabajar y tiene a una familia que mantener. Les estás obligando a acudir a la economía sumergida. Estás generando una desigualdad social que se transforma en delincuencia. En extranjería, para empezar, te tienen que dar cita, y tardan mucho tiempo. Tienes que acudir a un abogado para que presente tu documentación porque, si no, no te la recogen. Hay un ejemplo que me lleva los demonios. Cuando quieres pedir un permiso de residencia por arraigo, necesitas permanecer tres años en España, no debes tener antecedentes penales y tener una oferta de trabajo. Es muy difícil tener una oferta de trabajo cuando los empleadores saben que no tendrás la tarjeta hasta dentro de seis u ocho meses. Por eso, la ley dice que tienes dos opciones: o tener una oferta de trabajo o dinero suficiente para sobrevivir. Cuando estas personas van a las oficinas de la Comunidad de Madrid, sin trabajo, pero demostrando que tienen dinero suficiente para vivir, la Comunidad de Madrid no les da el informe favorable.

El 29 de octubre de 2021 recibiste un galardón en la I Edición de los Premios Carlos III a la Excelencia Jurídica, otorgados por la Sociedad Europea de Fomento Social y Cultural, cuyo presidente de honor es Luis María Ansón.

Entiendo que, para recibir ese premio, alguien ha debido pensar en mí y ha tenido que presentar mi nominación. Puedo sospechar quién ha podido ser, pero, en realidad, no lo sé. Lo he preguntado, pero nadie me lo ha confirmado. Recibí un correo de la Sociedad Europea de Fomento Social y Cultural en el que me informaban que me habían dado el premio. Me hizo mucha ilusión. Además, la mayoría de los premiados recibían el galardón por casos muy específicos. A mí me la dieron por mi perseverancia y mi esfuerzo.

En la ceremonia de entrega de estos premios, valoraron tu dedicación desinteresada en defensa de los intereses de españoles en el extranjero.

He defendido varios casos en el extranjero. El más destacable, para mí, fue el de un ciudadano al que detuvieron con sustancias ilegales en Italia. Las mafias se aprovechan de personas con problemas financieros para convencerles de que transporten este tipo de sustancias de un país a otro. Les dicen que, si les detienen, solo se llevarán una multa, pero lo cierto es que las penas de cárcel por este delito son severas. Las mafias saben que, a esa persona lo van a pillar tarde o temprano, pero les da igual. Lo importante es que, mientras no le pillen, cumple su función. Cuando los detienen, las propias mafias les ponen un abogado para asegurarse de que el único que paga por el delito es esta persona. En fin, me tuve que desplazar a Turín, trabajar con la Consulado de España, lidiar con el abogado que supuestamente iba a defenderlo…

En la misma ceremonia, mencionaron también las páginas web que has creado para ayudar a los extranjeros que están interesados en recibir el permiso de residencia y también se hizo mención de tu colaboración desinteresada con asociaciones contra el maltrato animal.

Tenemos varias páginas web en las que informamos de forma gratuita a personas que necesitan formalizar su proceso de divorcio o a personas que buscan la residencia legal en nuestro país. Una de estas páginas sobre extranjería tiene más de ocho mil seguidores en Instagram. Extranjería Justa es una página web que creamos para ayudar al sector más desfavorecido de los inmigrantes. Allí respondemos sus preguntas de forma gratuita y luego, si desean contratarnos, intentamos cobrarles lo mínimo para que el despacho no pierda dinero. Y procuramos darles un precio cerrado. Sé que es complicado, pero lo intentamos. Cuando aún no era abogado, demandé a uno de mis jefes por un dinero que me debía y acabé pagando al abogado más de lo que me tuvo que abonar mi jefe…

Sé que todavía eres muy joven, pero ¿cómo te gustaría acabar tu carrera de abogado?

Por encima de todo, me gustaría vivir tranquilo. Me encantaría liberarme de los honorarios, tener el suficiente dinero para no tener que preocuparme de él. Y, a partir de ahí, me encantaría trabajar para ONG, para ayudar a la gente. Me encantaría trabajar para ayudar a un colectivo grande de personas.

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David me cuenta que, en los tribunales, tiene fama de peleón. Que ha peleado tanto en esta vida que la pelea la tiene en los genes. Cada juicio le quita el sueño. Porque sigue sintiendo muchísima responsabilidad. La abogacía tiene muchos altibajos emocionales, explica. Tal vez, por esa misma razón, David intenta encontrar tiempo para participar en la vida social de la comunidad. En estos momentos, entrena a un equipo de baloncesto, Astrobasket, de niños de 10 años en Valdemoro. Los ángulos y las aristas de la justicia son muchos y es cierto que, en muchas ocasiones, a los abogados les toca defender causas menos nobles. Pero es importante que todo el mundo tenga derecho a un abogado. David lleva dieciséis años ejerciendo y termina nuestra entrevista diciendo que rara vez se ha encontrado con un abogado al que no le importe el caso que tiene entre manos.

Texto_Fernando Martín Pescador

Fotografía_Ncuadres

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