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Entrevista con José Ramón Guillem

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Narrar es intentar explicar el mundo que nos rodea al mundo que nos rodea. Tratar de ordenar los acontecimientos para que cobren sentido. Narrar es vivir, de nuevo, lo ocurrido. Narrar es permitir que los que no presenciaron lo ocurrido puedan vivirlo de primerísima mano. Al narrar, agitamos conciencias, ayudamos a conciliar el sueño, ahuyentamos el miedo. Narrar sin perder el hilo es como narrar y guardar la ropa.

Por eso, necesitamos narradores. Intermediarios entre nosotros y lo desconocido. José Ramón Guillem es uno de ellos. Un magnífico narrador oral y un estupendo escritor de novelas. José Ramón cuenta también historias a través de su música, a través de las canciones de su banda de rock Futura Nebulosa. Y, una vez más, somos afortunados: José Ramón Guillem vive en Valdemoro.

¿Cuándo y cómo decidiste ser escritor?

«Representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel u otra superficie». Esta es la respuesta que nos da la RAE a la definición de escribir. Pero creo que siempre entendí que hay una diferencia enorme entre escribir y escribir. Me parece que hay escritura cada vez que descifras el enigma de tus propios pensamientos. Incluso cuando logras plasmar en el papel apenas una pequeña porción de algo que no te termina de cuadrar en este pequeño planeta llamado Tierra. Puede que para algunos sea una tarea cotidiana, pero para mí, y llámame iluso, soñador o ingenuo, es la capacidad de sumergirnos en lo más profundo de nuestra alma, escucharla, dejar que te hable y entenderla para después poder compartirla con el resto, que, de una manera u otra, también tienen ese afán de volar, volar alto. Y si hablo de volar, hablo de perderme en mundos extraordinarios, historias imposibles que luego se vuelven posibles, amores desgarradores, luchas encarnizadas con un florete en mano, besos sin fin mirando a un cielo estrellado, dilemas, carreras, crímenes. Y es que el papel me encuentra y yo a él cuando en el desenlace de un relato me sorprende a mí mismo antes que a mis lectores. Y lloro, juro que he llorado por algo que he escrito yo mismo, y a eso, precisamente a eso, lo llamo escribir. Dicen que escribir es de solitarios, de tristes; tonterías, es más de tristes sumirse en una vida sin ilusiones, sin un sentido que darle a la vida… Al fin y al cabo, estoy rodeado de personajes totalmente vivos y ansío que la luz del amanecer me despierte para reencontrarme con esas vidas y darles algo que cada vez veo que puede faltar en el mundo en el que vivimos: alma. Pero la escritura no es para cualquiera. Creo que es más para los visionarios que para los desencantados. Y a esta alquimia literaria, la llamo escritura. Escribir no es solo lo que hago; es lo que soy. Desde que, apenas con siete añitos, era capaz de imaginar historias, antes incluso de poder escribirlas, ya estaba yo educando a mi mente. Y la decisión de ser escritor no fue tanto una elección como una aceptación de mi verdadera naturaleza. Y fue desde esos primeros años de mi vida, encerrado en mi habitación: volaba a cientos de kilómetros en mundos de fantasía. Hasta hoy, que sin duda sigo ahí arriba, en las nubes. Hay gente que me dice que baje. Yo, sin embargo, les digo que, por favor, suban conmigo. Todo este viaje ha estado marcado por una revelación continua: pretendo dar vida a lo inexistente, ofrecer un escape, una reflexión y, a veces, transformar a quienes se atreven con mis libros, para que se den cuenta de lo que puede ser una respuesta, tal vez, vital.

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Recuerdo que, hace poco, mi madre me dio una caja. No solo a mí. A mis dos hermanas también. Era una caja de cartón adornada con flores, poco más grande que una caja de zapatos. La razón de dárnosla era tan bonita como dolorosa. Me dijo que tanto mi padre como ella misma se hacían mayores y querían que lo que había en su interior lo guardáramos, porque era nuestro. Otro golpe de la vida que te enseña que todo esto es efímero y, aunque creas que vivirás para siempre, eso no es así: doloroso pero verdadero. Al abrir esa caja, me invadió un sinfín de recuerdos. Dentro, encontré pedazos de mi alma, desde que nací hasta cerca de los nueve o diez años. Había dibujos, esfuerzos torpes de capturar lo que era mi casa, mi familia, cielos estrellados a trazos que reflejaban mi fascinación por el universo, por el más allá. Un crucifijo de mi primera comunión, un diario escrito por mi madre que narraba los primeros capítulos de mi existencia y, entre estos tesoros, algo profundamente personal: unas hojas escritas por mi propia mano. Eran apenas dos folios, garabateados con la torpeza y sinceridad de un chaval, narrando la aventura de un niño de siete años, al igual que yo en aquel entonces, que se aventuraba lejos de su hogar, encontrándose en un reino de monstruos. Con valentía, decidió enfrentarse a ellos, solo para darse cuenta de que aún no estaba listo, prometiéndose a sí mismo volver a casa hasta que estuviera preparado para conquistar esos miedos. ¡Vaya lección de vida que me di a mí mismo cuando era un crío! Esa caja, ese pequeño tesoro de cartón y recuerdos, es más que un regalo. Es una forma de entender que ya sabía lo que quería ser: escritor.

Y consigues publicar tu primera novela, La semilla de la vida, en 2019

La publicación de La semilla de la vida fue un giro inesperado en mi camino como escritor; fue algo que nunca había considerado seriamente. Si bien siempre encontré en la escritura un refugio, escribía en mis relatos lo que no me atrevía a contar. La idea de compartir mis obras con el mundo era un territorio desconocido. Mis historias eran extensiones de lo que me chirriaba en lo que observaba a mi alrededor, íntimas y personales, creadas sin la menor intención de mostrarlas al exterior. La decisión de publicar no surgió por un impulso propio, sino de la insistencia de algunos amigos. Me acuerdo que una amiga me robó —mejor dicho, me tomó prestado— el borrador de La semilla de la vida. Tras leerlo, me dijo: «Tío, esto tiene que llegar a todo el mundo». Pero esa era una idea que me hacía sentir vulnerable; exponer mi trabajo al público iba en contra de mi naturaleza más bien reservada. Sin embargo, la continua motivación de mi círculo cercano me llevó a reconsiderarlo. Aceptar la idea de publicar La semilla de la vida fue un proceso gradual, uno que requirió que superara mis miedos y dudas sobre cómo sería recibido mi trabajo. La semilla de la vida es un libro que habla del amor, pero del amor de algo que nos cuida y nos quiere, este planeta; nos habla de proteger a los que tenemos al lado, que nos regalan su tiempo —lo más valioso que podemos recibir de alguien— y de algo que se nos suele olvidar bastante a menudo, y eso no lo voy a contar en esta entrevista; si quieres saberlo, solo tienes que leer el libro.

Tres años más tarde llega tu segunda novela, Los últimos diez días.

Los últimos diez días es un libro que nunca pensé en publicar. Recuerdo que escribí una idea de apenas tres folios, pero durante bastante tiempo estuvo perdida en un cajón. La dejé allí inacabada. ¿La razón? Pues, como todo en esta vida, tienes que encontrar el momento adecuado. Fue un conjunto de circunstancias lo que me impulsó a retomar esa idea perdida de aquel cajón. Y es que la idea me echaba un poco para atrás; sabía que, si lo hacía, iba a ser crudo, real y doloroso, por lo que evité terminar el relato, aunque estuve a punto en muchas ocasiones. Déjame contarte cómo una tarde en que fui a jugar al baloncesto me llevó a cambiar mi forma de pensar. Hace tres años, cogí mi viejo balón de baloncesto después de un cuarto de siglo sin tocarlo. Me bajé a unas canchas cercanas a mi casa y allí, según me acercaba, me encontré a un hombre con una camiseta de Dražen Petrović de la Cibona de Zagreb. Ese encuentro me llevó a los recuerdos de la era dorada del baloncesto y, más significativamente, al momento del devastador conflicto en Yugoslavia que marcó en parte mi adolescencia, enlazando directamente hacia aquellas ideas que tenía perdidas en aquel cajón. El caso es que recuperé aquellos papeles y, de nuevo, me enganché a la historia de las guerras de Yugoslavia. Me compré seis o siete libros y me terminé de empapar sobre el tema. Y, entre las ideas que ya tenía y todo ese material encontrado en aquellos libros, me decidí a escribirlo. Lo cierto es que, normalmente, duermo poco y mal, y cuando me pasa eso, es cuando tengo las mejores ideas para escribir. Y recuerdo que esa noche dormí de pena. Me acuerdo que me levanté de un salto y me puse a escribir, como si estuviera poseído, en un cuaderno cochambroso que siempre dejo en el suelo para cuando me pasan esas cosas. Y en un rato tenía todo lo necesario para empezar con Los últimos diez días. Y escribí una historia de tres desconocidos que deben vivir durante diez días en una casa en medio de un asedio cruel y atroz en Sarajevo; forjarán un vínculo entre ellos intentando testimoniar la resistencia humana y el poder del cuidado mutuo. Además, una de esas personas tiene una información crucial que deberá usar para que no acaben con la ciudad por completo. Sin duda, me enseñé a mí mismo el poder de la empatía y la compasión desinteresada. Al final, pude expresar la exploración de las profundidades del alma humana donde el sufrimiento y la esperanza se entrelazan. Según iba escribiendo, cada página era un acto de introspección, una búsqueda de significado en medio del caos. Y, al final, emergió una historia de redención y conexión, una prueba de que, incluso en los peores momentos, la luz de la humanidad puede brillar con una intensidad sorprendente.

Por último, en 2023, publicaste Réquiem por una vida.

Desde pequeño, y no me preguntes por qué, siempre me he sentido intrigado por la complejidad de la felicidad y su relación con el dinero. Este interés me llevó a escribir Réquiem por una vida, que no es más que una exploración de cómo nuestras vidas se ven moldeadas por la búsqueda de la felicidad y la estabilidad económica. En el libro, intento desentrañar si el dinero realmente compra la felicidad o si, por el contrario, es una promesa vacía que nos aleja de lo que verdaderamente importa, la felicidad interior. En Réquiem por una vida, los personajes se enfrentan a diversas situaciones que ponen a prueba sus creencias, donde intento expresar un mosaico de vidas entrelazadas en la búsqueda de un significado más allá de lo material. Cada personaje refleja una faceta diferente de esta búsqueda, permitiendo a los lectores encontrar resonancia en sus propias vidas y quizá cuestionar sus propios valores. Escribir este libro fue un desafío emocional. Me sumergí en la literatura japonesa, dándome de frente con el significado del Satori y del Ikigai, que me llamó realmente la atención. ¡Si todo lo tenemos a nuestra mano y yo sin enterarme! Todo esto me ayudó a comprender cómo nuestras aspiraciones y miedos configuran nuestra existencia. Con Réquiem por una vida, espero ofrecer la historia de Hugo, un millonario enfermo de poder, que se tendrá que dar cuenta de lo que tiene y de lo que puede perder, mostrando a los lectores una ventana hacia sus propias almas, animándolos a reflexionar sobre lo que realmente importa. Si bien el dinero es necesario para la vida moderna, el libro te invita a considerar cómo el equilibrio, la comprensión y la aceptación de nuestras limitaciones y deseos pueden llevarnos a una verdadera felicidad.

Me gustaría dejar de lado tu faceta literaria para que nos hables de tu actividad musical. Me consta que tienes un grupo de rock.

Sí, efectivamente, tengo una banda de rock. Te cuento: desde muy pequeño me he sentido profundamente conectado con la música; hay una foto de cuando apenas tenía tres años en la que mis hermanas bailan mientras yo intento tocar una guitarra española, aunque más bien la aporreaba. Pasaron unos años y recuerdo que me regalaron un curso de esos por fascículos y cada semana esperaba como un loco para poder recoger el nuevo volumen y así aprender la nueva lección. Y hay algo que se me grabó en la retina: cuando era adolescente, mi supuesta novia me dejó, así sin más, y, justo después de colgar el teléfono —sí, lo hizo por teléfono…—, cogí la guitarra y compuse una canción que aún toco en los conciertos. Como suele pasar, una cosa llevó a la otra, hasta llegar a donde estoy ahora. Mi banda se llama Futura Nebulosa, y tengo a los mejores conmigo. Los grupos de música son difíciles, muy complicados, y es crucial que todos rememos en la misma dirección, porque, si alguien piensa diferente, el proyecto cojea y, tarde o temprano, se nota en los directos, donde la gente lo percibe al instante. Y, si me jacto de algo en mi vida, es de haber sabido distinguir lo esencial de lo superfluo y de haber encontrado la mejor voz que he escuchado en mucho tiempo de la mano de Natalia; luego, Rodri, el baterista, es dinámico, fresco, vivo, con los pies en la tierra y sin poner obstáculos; y Pablo, el bajista, es inteligente, tenaz, aportando su arte, lo cual se nota en cuanto coge su bajo. Así creamos Futura Nebulosa; cada uno aportamos, escuchamos y nos ponemos manos a la obra. No hay otra forma de dar rienda suelta a nuestros instintos y sacar todo lo que llevamos dentro. En nuestras redes sociales, mostramos un poco de lo que hacemos, ofreciendo pinceladas de nuestro proceso creativo y compartiendo momentos que, creemos, ayudan a conectar más con nuestros seguidores: Desde sesiones de ensayo hasta momentos de relax, tratamos de ser transparentes sobre lo que implica estar en una banda. La interacción con los fans es clave para nosotros. Nos alimentamos de su energía y comentarios; ellos no solo consumen nuestra música, también son parte del viaje. Cada vez que subimos al escenario, es un diálogo con el público, no solo una actuación. Actualmente estamos trabajando en nuestro próximo álbum, que promete ser una evolución significativa respecto a todo lo que hemos hecho anteriormente. Este nuevo proyecto es más experimental y arriesgado, con influencias que van desde el rock hasta el funk, manteniendo siempre nuestra esencia. La idea es que cada canción cuente una historia, que cada nota transmita algo visceral y honesto. Estamos emocionados por lo que viene y esperamos que nuestros seguidores lo estén también. Con suerte, este nuevo álbum abrirá más puertas y nos permitirá llevar nuestra música a más rincones del mundo. Por ahora, seguimos enfocados en el presente, disfrutando del proceso y asegurándonos de que cada pieza del puzle encaje perfectamente, para que, cuando llegue el momento de compartirlo, sea un reflejo fiel de lo que somos: Futura Nebulosa.

Ya nos has hablado de tus proyectos con la banda. ¿Tienes algún proyecto literario entre manos?

¡Sí! Actualmente tengo dos proyectos literarios en los que he estado trabajando y que están a punto de publicarse. El primero es un libro sobre la vida de una persona muy especial llamada Simeón, que vivió la Guerra Civil española. Esta experiencia lo arrancó de su querido pueblo y transformó profundamente su vida. Lejos de querer avivar las llamas del conflicto, mi enfoque ha sido mostrar cómo las adversidades pueden dar forma al carácter y al destino de una persona, resaltando la resiliencia y la capacidad de superación. El segundo libro explora la vida de alguien que estuvo muy cerca de los sucesos relacionados con la banda terrorista ETA, ofreciendo una perspectiva íntima sobre los desafíos y dilemas morales a los que tuvo que enfrentarse. Estos relatos no solo son un testimonio de la historia, sino también un homenaje a la fortaleza del espíritu humano ante la adversidad.

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Tuvimos la suerte de ver tocar en directo a José Ramón y a Natalia, dos de los miembros de Futura Nebulosa, durante la entrega de premios del I Certamen de Breverías. Buenas versiones en inglés, poderosos temas propios en español. Nos dejaron con un gran sabor de boca. Nos encantaría ver un concierto de Futura Nebulosa en Valdemoro uno de estos días.

Texto_Fernando Martín Pescador

Fotografía_Ncuadres

 

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