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Entrevista con Khalid Al Dieri Al Akeel (Tercera parte)

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En 2007, Khalid Al Dieri Al Akeel comenzó a estudiar Filología Inglesa en la universidad de Siria. A sus padres les habría gustado que estudiara medicina, pero su madre era profesora de inglés, con lo que, en algún momento, la familia aceptó la elección de Khalid. En ese momento, gobernaba en Siria Bashar al-Assad, que había heredado el poder de su padre, Hafez al-Ásad. Khalid pensaba, a sus dieciséis años, que Bashar al-Ásad tenía algún tipo de enfermedad y que no estaba capacitado para gobernar. Hafez al-Ásad se había convertido en presidente de Siria en 1971. Había sido un dictador mucho más hábil que su hijo. Sabía hablar y manejar a la gente. Cada vez que Khalid veía una foto de Bashar al-Assad la rasgaba y la tiraba a la basura. Obviamente, lo hacía sin que nadie lo viera, ya que su acción podía tener graves consecuencias. Khalid recuerda que, durante ese tiempo en la universidad, dibujaba caricaturas de Bashar al-Assad. Recuerda una en la que aparecía su presidente estrechando la mano de Ariel Sharon, que había sido primer ministro de Israel hasta 2006. Khalid recuerda que había dibujado a Sharon como si fuera un dóberman y a Bashar al-Assad como si fuera una jirafa, con el cuello largo. Muy largo.

En las dos entregas anteriores de esta entrevista, supimos que la dictadura de Bashar al-Assad había arrastrado a Khalid Al Dieri Al Akeel, primero a la cárcel en su país, luego a enfrentarse militarmente al régimen y, finalmente Khalid había sido deportado a Egipto. Esta es la tercera y última entrega de la entrevista con Khalid Al Dieri Al Akeel.

En Egipto habías encontrado familia, amigos y trabajo. ¿Qué te impulso a salir del país?

Un mes después de la operación, volví a trabajar, preparando y vendiendo comida en el puesto callejero. Un día vino un señor con su hija. Les preparé unos sándwiches. Volvieron al día siguiente. Vinieron con dos personas más. Vino un tercer día y comenzó a hablar conmigo. Me preguntó de dónde era y le dije que venía de Siria. Se interesó por mí y estuvimos hablando un rato. Él resultó ser capitán general del ejército de Argelia. Yo le conté toda mi historia: cómo había golpeado a un policía en Jordania y me habían deportado a Egipto. Entonces, bromeó él, ¿qué te parece si me pegas ahora y te llevo a Argelia? Nos reímos. Pero vi que iba en serio, que me estaba proponiendo que me fuera con él a Argelia. Las cosas en Egipto se estaban poniendo feas, había mucha inestabilidad. Le comenté que no tenía papeles, que mis documentos de identidad habían expirado en 2009. Parecía que eso no era un problema para él. Me contó que tenía un restaurante en Argelia y que llevaba un año cerrado porque no encontraba personal para llevarlo. Supongo que había visto algo en mi manera de trabajar y me ofreció llevar el restaurante. Le dije que yo tenía un tío en Argelia y que me animaba a ir con él a Argelia. Se trataba de un edificio entero frente al mar. El restaurante estaba en la planta baja, él vivía en el segundo piso, su hija en el tercero, sus dos hijos jóvenes vivían en el cuarto y en el resto de los pisos tenía a gente viviendo en alquiler. En la planta de arriba, me dijo, tenía un piso vacío que era para el que llevara su restaurante. Yo todavía pensaba que me estaba bromeando. Me pidió el número de teléfono y me dijo que él se volvía a Argelia en diez días. Prometió llamarme en diez días y, si quería, podía irme con él.

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¿Cumplió su promesa?

Me llamó a los diez días y me preguntó si tenía la mochila preparada. Le pregunté de nuevo si estaba de broma. «Khalid, ¿tienes tu mochila preparada o no?», repitió. Le dije que sí. Cogí mi mochila, metí dos pantalones, dos mudas y el ordenador portátil y me dispuse a irme con el capitán general a Argelia. Me recogieron en el lugar donde tenía el puesto de comida. Vino con un Mercedes negro, me subí a su lado y me dijo que no dijera nada que él se ocupaba de todo. Llegamos al aeropuerto, entramos a una zona restringida, él presentaba un documento verde y le abrían cada una de las vallas con las que nos topábamos. Aparcó el Mercedes al lado de un avión del ejército. Había aprovechado alguna reunión militar en Egipto para hacer un poco de turismo con su hija. Me subí al avión y nadie me pidió ningún tipo de documentación.  Cuando llegamos a Argelia, me pidió el pasaporte que tenía caducado, desapareció durante unos minutos y, al volver, me lo devolvió sellado.  Así entré en Argelia. Me presentó a sus hijos, a su hija, al resto de la familia y me mostró el restaurante y me dio la llave del piso donde iba a vivir.  Me dio un número de teléfono y me dijo que, cualquier cosa que necesitara, debía llamar a ese número. Era de un soldado que trabajaba para él de forma personal. Ese hombre se ocupaba de las compras del restaurante, me llevaba en el coche a todas partes, me ayudaba con lo que necesitara…

Y así regentaste tu primer restaurante.

El restaurante estaba en la ciudad de Bugía, que está frente del mar. El capitán general se fue a trabajar a la capital y me dejó con el restaurante. El primer día bajé al restaurante y me puse a limpiarlo bien. Eché un vistazo a la cocina y preparé un menú rápido. Llamé al número de teléfono, le dije lo que necesitaba y en una hora y media me lo trajo todo. Comencé a preparar shawarma, falafel y alguna cosa más. Estaba dispuesto a que ese restaurante funcionara. Hablé con el soldado y le pedí que me hiciera copias del menú y de un anuncio del restaurante que había preparado. En tres meses, el restaurante estaba a pleno rendimiento.

Todo iba sobre ruedas.

A los cuatro meses de estar en Argelia, al capitán general le da un infarto y se muere. Los hijos vinieron a hablar conmigo apenados. Me dijeron que habían decidido vender todo e irse a vivir a París. Me dieron bastante dinero (me dijeron que su padre me lo había dejado en el testamento) y me dejaron quedarme en el piso un mes más para que tuviera tiempo de encontrar otro sitio donde vivir. Me molestó porque estaba ilusionado con el restaurante, pero también lo entendí.

Vuelta a empezar…

En este momento conocí a una mujer. Tenía dos hijos. Me gustaba esta chica y decidí ir en serio con ella. Entendí que ella también quería ir en serio. Le expliqué mi situación. Ella era de Argel, de la capital, y me dijo que su hermano también estaba a punto de abrir un restaurante. Me propuso que habláramos con él. Como a mí me habían dado dinero tras la muerte del capitán general, le propuse abrir el restaurante a medias. Él podía estar a cargo de la caja y yo de la comida. Fui a pedir la mano de su hermana, me aceptaron en la familia, sus dos hijos estaban encantados… Y comenzamos a trabajar en el restaurante. A los seis meses, vino el hermano, mi socio, a hablar conmigo. Me preguntó qué sueldo quería tener al mes. Yo le dije que nos podíamos poner unos trescientos dólares cada uno. Él me dijo que no, que eso era solo para mí. No lo entendía. Le recordé que éramos socios, que habíamos puesto mitad del dinero cada uno. Me dijo que no, que el restaurante estaba solo a su nombre porque yo estaba ilegal en Argelia. Me dijo que estaba dispuesto a darme un buen sueldo, el que yo le pidiera, pero que el negocio era solo suyo. Una vez más, yo pensaba que estaba bromeando. Fui a hablar con mi mujer, su hermana. Me repitió lo mismo que me había dicho mi socio. Todos los trabajadores eran argelinos, menos yo, que estaba de ilegal. Su hermano era el único dueño del restaurante. Fui a la policía. Un agente muy amable me indicó que tenía el pasaporte caducado y que todos los papeles del restaurante estaban a nombre de mi socio. Me aconsejo que cogiera el pasaporte y me fuera cuanto antes porque, de lo contrario, tendría que arrestarme. Salí de la comisaría con mucha rabia. Había pagado tres meses de alquiler por adelantado, había alquilado un coche por dos meses y el resto del dinero lo había invertido en el restaurante. No me quedaba ni un céntimo. Fui a la caja fuerte del restaurante y mi socio la había vaciado. Fui a hablar con la mujer otra vez y me dijo que no iba a perder a su hermano por mí. Cogí mi mochila y mi ordenador y me fui a Libia.

¿Por qué elegiste Libia?

Alguien me contó que, desde Libia, no era difícil llegar a Italia. Cogí primero un autobús hasta Túnez. Nadie me pidió la documentación. Y, de Túnez, me fui hasta la frontera con Libia. Allí hay muchas mafias y grupos de guerrilla. Me dejaron pasar a Libia porque daban por supuesto que tenía dinero para pagar un buen dinero para ir a Europa. De alguna forma, me sentí como una mercancía. Un funcionario me recibió con los brazos abiertos. Me pidieron veinte dólares para llevarme a Trípoli. Iban armados. Nos llevaron a tres jóvenes, a dos mujeres, a una chica de unos diecinueve años con su padre y a una señora mayor. Íbamos en dos coches y yo iba en el de atrás. De repente, el de delante aceleró y se alejó con rapidez. El nuestro frenó y paró en medio del desierto. Nos bajaron a los cuatro del coche. Ellos eran dos y querían violar a la chica. La amenazaron apuntando con un arma a su padre. El otro chico que estaba a mi lado era afgano o sudanés. Se notaba que había sufrido mucho debido a la guerra. Me hizo una seña y, sin pensárnoslo, saltamos sobre el tipo que estaba apuntando al padre y le quitamos el arma. Su compañero quiso dispararnos, pero nosotros le disparamos antes en la pierna. Cogimos las armas y el coche y dejamos a los dos guerrilleros allí, en medio del desierto. No conocíamos el camino, pero intentamos seguir las huellas en la arena del otro coche. Evitamos una ciudad y llegamos a un lugar donde ayudaban a gente a pasar a Europa. Escondimos las armas y nos presentamos al grupo. Cobraban unos mil ochocientos dólares y querían el dinero por adelantado. Escuché cómo hablaban. Yo le tengo mucho respeto al mar. No tenía el dinero y no me fiaba de esa gente. Los otros se quedaron allí. Yo cogí el coche, puse el GPS y me volví a Argelia. Atravesé Túnez y, poco antes de la frontera, escondí el coche y las armas e intenté entrar caminando. Se interpusieron dos policías tunecinos que me reconocieron de cuando había pasado en dirección contraria. Se mostraron comprensivos conmigo por ser sirio. Sabían por todo lo que estaba atravesando mi país. Me pidieron otros veinte dólares y volví a entrar en Argelia. Intenté contactar con mi tío, pero no lo conseguí. Unos tipos me ofrecieron pasarme a Marruecos y me fui con ellos.

Cruzar la frontera de Argelia a Marruecos no es tan fácil.

No, en absoluto. Las relaciones entre los dos países no favorecen las cosas. Hablé con bastantes personas y, dependiendo de con quien hablara, me pedían 300, 400 y hasta 800 dólares y, el cruce suponía siempre muchos riesgos. Me quedé unos días cerca de la frontera. Dormía en los campos, debajo de los árboles. Me dediqué a observar la actividad de la policía fronteriza argelina y la marroquí. Apuntaba las horas en las que hacían las rondas y buscaba los puntos débiles del paso fronterizo. Al final, gracias a Dios, encontré uno y pasé corriendo. Crucé un puente y llegué a una plaza donde había taxis. Me metí en uno y le pedí que me llevara a Beni Ansar. Allí me dijeron que podría encontrar algún trabajo. Iba a estar en un país árabe, donde te entienden y, al mismo tiempo, tienes derechos y respeto. Cuando llegué, busqué un hotel por 10 dólares y salí a buscar trabajo. Dejé mis cosas en la habitación y me puse a buscar por todos los lados. En cada sitio me dijeron que no, que no dejaban trabajar a sirios sin documentos legales porque se arriesgaban a ser multados. A otros africanos, sin problemas. Pero a los sirios, no… Volví al hotel y vi que me lo habían robado todo. Me molestó mucho. Mi ordenador portátil había atravesado medio Oriente Medio y todo el norte de África y llego a Marruecos y me lo roban en un hotel… Era el momento de ir a Europa. Una mujer me pedía 1500 euros por cruzar. Y solo había que atravesar una frontera de cincuenta metros. Si lo ves tan fácil, me dijo, hazlo tú solo. Les pedí que me concedieran algún tipo de facilidades. Me dijeron que si les llevaba a diez sirios pagando, yo entraba gratis. Vi que me querían meter en un lío. En ese momento, llegaron dos sirios y tenían dinero para pagar. Le dieron el dinero y vi cómo los pasaban. Los metieron debajo de los asientos. La mujer que nos cobraba era la esposa de un policía español que está en la frontera. Entonces me puse a observar a los españoles que entraban y salían de Melilla con gran facilidad todos los días. Me di cuenta de que las tapas del pasaporte eran rojas y que para salir de Marruecos solo enseñaban las tapas del pasaporte. Así que busqué una funda roja para mi pasaporte. Ahora tenía que ver cómo cruzar los puestos fronterizos de España. Observé que el mejor momento era por las mañanas, porque entra mucha mercancía a Europa. Como te digo, son solo 50 metros y ves a unas tres mil personas caminando juntos para cruzar la frontera. Me arreglé el pelo y la barba y me puse un traje. Quería tener un aspecto de español. Llegué al puesto de policía marroquí y le mostré con naturalidad la tapa roja y le dije hola, la única palabra que sabía en español. Me hizo un gesto con la mano para que siguiera caminando. Me acerqué al puesto de la policía española y observé cómo funcionaba. Había dos pasos uno para españoles y otro para extranjeros. Claro, si soy extranjero, la tapa de mi pasaporte no debería ser roja… Así que me arriesgué y pasé por la zona de españoles. Levanté el pasaporte y le dije hola. Se quedó mirándome y se puso a hablar conmigo. Yo no entendía nada, claro. Me pararon. Y salió otro policía que me dijo que me volviera para Marruecos. Este segundo policía hablaba inglés. Le quite las tapas rojas a mi pasaporte caducado de Siria y le dije en inglés que era sirio y que tenía heridas de disparo que debía curar. Me retuvieron y trajeron a un intérprete. Llegó el jefe del puesto fronterizo y. llamó a un abogado. Me llevaron a una sala. Me explicaron que, según las leyes, podía pedir asilo antes de entrar. No es necesario entrar ilegalmente. Me explicaron que podía solicitar asilo en la frontera y que, mientras esperaba la respuesta del gobierno me ponían en un centro de inmigrantes. Acepté. Me explicaron que yo era el primero que intentaba pasar legalmente por ese puesto fronterizo pidiendo asilo. Me llevaron a Melilla, a un centro de refugiados. Era un lugar con vallas muy altas.

¿Cuánto tiempo estuviste en el centro de refugiados?

Tres o cuatro meses. Al principio, no te permitían salir del centro. Los primeros días observan tu actitud y tu carácter y, dependiendo de tu comportamiento, te dejan salir unas horas al día para comprar algo o para arreglar papeles en el ayuntamiento de Melilla. Cuando salías del centro, veías un poquito más de orden y de limpieza. La gente te trataba con respeto. Dentro del centro, parecía una jaula de animales. Te ponían algo en la comida o en el agua para rebajar tu libido. Yo lo noté enseguida.  Soy de una tierra donde comemos todo natural. Por eso, en cuanto como algo adulterado, lo noto. La cuestión es que aceptaron mi solicitud de asilo y nos llevaron a Málaga en barco. Cuando llegamos a Málaga, nos esperaba la Cruz Roja.

En Málaga, viste que se habían terminado los problemas del norte de África y que comenzaban las dificultades burocráticas de Occidente.

Me pidieron la documentación. Vieron que en el pasaporte y en los permisos que me habían entregado no aparecía el mismo nombre. Había una letra mal. Tenía que volver a Melilla a resolverlo. Resignado, me dispuse a volver al barco en el que me habían traído hasta Málaga. Me dijeron que tenía que volver a Melilla por mis propios medios. Búscate la vida, me dijeron… Muy poquitos policías hablaban inglés. Lo bueno es que los españoles, por lo general, intentan ayudar si les preguntas. No son racistas como muchos de los franceses o de los alemanes con los que me he cruzado.

¿Cómo lo solucionaste?

Aparte de la Cruz Roja, me puse a buscar ONGs, para coger cita con ellos. Todos me daban cita para dentro de un mes o dos meses. Mi pie estaba cada vez peor. Tenía que limpiarlo cada vez más, intentar quitar toda la piel muerta. Fui a ACNUR. El portero me dijo que no podía entrar, que necesitaba cita. Le dije que tenía cita, pero que no tenía la hoja con la cita que me habían dado. Me dejaron pasar para poder arreglar mi situación. Me atendió una chica que se ofreció a hablarme en árabe. Habló con su jefa que, a su vez, envió fotocopias de mis documentos a un superior. Dio la casualidad que la presidenta de ACNUR en Madrid, María Jesús, me conocía de Siria. Nos habíamos conocido hacía unos años en Siria. Me dijo que la situación no era fácil y que había que resolver todo legalmente. Me pidió que le diera unos días, que ya me llamaría. Le dije que no tenía teléfono, con lo que me pasaría por ACNUR en Málaga en una semana. No tenía donde dormir, pero ya me las ingeniaría. La chica que hablaba árabe me ofreció tomarnos un café. Me explicó que tenía una amiga periodista y que ella me podría proporcionar documentos para ir a Alemania o a Bélgica. Allí me podrían ayudar mejor… pero su amiga, la periodista, estaba de viaje y no volvía hasta la semana siguiente.

¿Cómo sobreviviste durante esa semana?

Al final encontré un albergue. Era un sitio con borrachos y mendigos. Eran muy estrictos con las horas, pero, por lo menos, tenía un sitio donde dormir y ducharme. Comer no es un problema para mí. Me puse a buscar trabajo. Me resultó curioso: Málaga es una ciudad que vive del turismo y muy poca gente hablaba inglés. Pasaron dos semanas y no había encontrado trabajo. En el albergue no me dejaban entrar más. Había un límite de días de estancia. Volví a encontrarme con la chica que hablaba árabe y quedamos con su amiga la periodista. Me hizo una entrevista y me dijo que debía esperar un tiempo hasta que me consiguieran los documentos. Era diciembre y pasé un mes durmiendo en la calle. Ese mes llovió un montón. Yo tenía dos cambios: uno, puesto, que estaba mojado, y otro en la mochila, que también estaba mojado. Iba a los centros comerciales a lavar y secar la ropa en los baños.

¿Conseguiste los documentos?

Al final, sí. Ya podía ir al norte de Europa, pero no tenía dinero para ir. Y tampoco tenía papeles para estar en España de forma legal. Vi donde coger el autobús para Barcelona. Vi a una señora muy mayor que necesitaba ayuda para subir al autobús. La llevé hasta su asiento y me quedé dentro del autobús. Nadie me dijo nada. Por Sevilla, el autobús paró en un control de policía. Buscaban algo, pero no nos pidieron la documentación. Abrieron el maletero y estuvieron hurgando por los equipajes. Al final, nos dejaron seguir y así llegué a Barcelona.

Ahora tenías que pasar a Francia.

En la estación de tren, conocí a un chico palestino que necesitaba hacer lo mismo. Tampoco tenía dinero. Encontramos un tren que iba hasta Bélgica. Utilizamos el truco más viejo del mundo. Me puse a gritar como un loco para distraer al que miraba los billetes. Así se coló en el tren el palestino. Al rato, él se puso a gritar desde el tren y así me colé yo. En Marsella tuvimos que bajarnos del tren porque entraron los gendarmes. En cuanto pudimos, cogimos otro tren hacia Bruselas. A sesenta kilómetros, en Namur, ya en Bélgica, nos pidieron los billetes y, como no teníamos, nos echaron del tren. Además nos pusieron una multa. Yo les di la dirección del albergue en Málaga para que me la enviaran allí.

Entiendo que llegasteis a Bruselas.

Sí. A unos trescientos o cuatrocientos metros de la estación de tren, hay un edificio donde reciben a refugiados. Eso sí, había una fila larguísima. Nos pusimos a la cola a las nueve de la noche y allí estuvimos hasta las siete de la mañana. Estuvo lloviendo, incluso nevó a ratos. Conseguimos que nos atendieran y nos pidieron los nombres. Lo primero que hicieron fue buscarnos en las redes sociales. Yo salía en unos vídeos de YouTube. Ni siquiera conocía esos vídeos. Aparecía luchando junto al Frente al Nusra, un grupo islamista que, durante unos años estuvo vinculado al ISIS. Les tuve que explicar que, efectivamente, el del vídeo era yo en 2011-2012. En ese momento, nosotros defendíamos mi ciudad y se unió a nosotros gente del frente al Nusra. En ese momento, el ISIS no existía. Se creó en 2013. Uno de los problemas con los que me topé durante la conversación fueron los intérpretes iraquíes chiitas. Parecían enfadados cuando traducían mis palabras. Dejé de hablar en árabe y me puse a hablar en inglés. Así pude hablar directamente con los policías y estos se dieron cuenta de que los intérpretes no estaban haciendo bien su trabajo. Se les llegó a acusar de mentir en algunas de las traducciones que hacían. Trajeron a otra intérprete. Se trataba de una mujer libanesa chiita. Antes de entrar, fingimos que yo no sabía inglés e hicimos un par de pruebas para ver si interpretaba bien. Me di cuenta de que la policía sabe que, dentro del sistema de inmigración, hay gente infiltrada que trabaja con intereses propios. En este caso, era una mujer buena y profesional. En cuanto vieron que lo hacía bien, me pidieron que les contara toda mi historia. Les espliqué que, cuando el Frente al Nusra nos pidió que nos uniéramos a ellos, yo les dije que estábamos dispuestos a apoyarlos contra el gobierno de Bashar Al-Assad. De ahí, a serles fieles, va mucho. Por eso, no me uní a ellos. Acordamos borrar los vídeos de YouTube porque no estaba de acuerdo con ellos y podían ser usados en mi contra.

¿Conseguiste que te admitieran en el centro de refugiados?

Sí. Es el mejor centro de refugiados que conozco. Creo que estaría bien que, en España, se siguieran algunos métodos que se usan allí. Las habitaciones eran privadas, pero luego había una cocina y un salón para compartir. En la planta baja, hay un mercado. Te dan una tarjeta y te van dando créditos para la compra en el mercado dependiendo de tu comportamiento, tu colaboración y tu integración en el programa. Te dan clases y, si vas y las apruebas, te dan más puntos. En España, mucha gente viene a recibir ayuda a cambio de nada.

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Khalid ya lleva unos años establecido en Europa. Su mente no deja de idear proyectos para salir adelante. Sueña con una Siria en paz que pueda encontrar la prosperidad que se merece. Se calcula que hay unos cinco millones de sirios refugiados viviendo en otros países y unos seis millones de desplazados en el interior del territorio nacional. A pesar de que la situación en Siria ha perdido protagonismo internacional en los últimos años, la crisis de Siria sigue siendo una de las mayores emergencias humanitarias de la actualidad. En diciembre de 2024, Bashar al-Ásad huyó a Moscú, donde recibió asilo político.

Texto: Fernando Martín Pescador

Fotografía: NCuadreS

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