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Entrevista a Mariano Adillo

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El cartero es esa figura familiar en la que el vecino confía»

En las cuarenta y una ediciones que lleva presente La revista de Valdemoro en nuestro municipio nunca se había abordado una figura tan interesante, de actualidad, pero a la vez tan romántica como la del cartero. En la antigüedad se hacia referencia a estos profesionales con un término por el que, particularmente, tengo predilección por su sonoridad: emisario. Estos «enviados del mensaje» han jugado un papel fundamental en la comunicación de las diferentes sociedades de la historia de la humanidad.

En pleno siglo XXI, era de las comunicaciones y la inmediatez, hemos querido conocer a Mariano Adillo, cartero local que ha dedicado más de cuarenta años de su vida a esta profesión por la cual siente vocación. Este manchego de nacimiento pero Valdemoreño de adopción ha recorrido durante años las calles de Valdemoro repartiendo la correspondencia de muchos de sus vecinos. En su última etapa laboral, muchos le recordarán como ese funcionario amable que atendía tras el mostrador de la oficina de Correos de Valdemoro.

Más de cuarenta años viviendo en Valdemoro, pero con unos orígenes que han marcado tu forma de afrontar la vida. ¿De dónde procede Mariano Adillo?

Soy de un pueblo llamado Huélamo, entre Cuenca y Teruel. Mi padre era el cartero del pueblo, antes había sido minero. Los sueldos de Correos en aquella época eran muy limitados cuando no había tanto trabajo. Mi familia tenía ovejas e íbamos bastante al campo a trabajar las tierras que arrendábamos. Era una economía prácticamente de subsistencia porque el terreno es muy abrupto y requería de caballería. Era una vida muy dura porque los inviernos eran muy fríos y el pueblo quedaba incomunicado durante días por una nevada. Para los críos tenía su encanto, pero rápidamente pasábamos a trabajar en el campo. En el verano no había vacaciones, nos pasábamos la época estival trabajando el campo: regando, recolectando o ayudando con los forestales. Las expectativas eran totalmente nulas. La economía era cada vez peor, y en el caso de mi familia podíamos considerarnos privilegiados porque teníamos el salario de mi padre. En los años setenta todo el mundo se marchaba a las capitales porque no había ningún futuro en el campo. Saqué una beca del ejército en la que firmabas por cinco años, tres de alumno, estudié mecánica, y dos de cabo primero.

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¿Cuál fue tu percepción sobre el oficio y la figura de tu padre?

Me ocurrió una cosa curiosa. Soy el menor de cinco hermanos. Mi madre era panadera y mi padre el cartero. Por supuesto, las figuras de los padres tenían una autoridad tal que no hacía falta que te dijeran nada, con una mirada bastaba. Pero el oficio de mi padre lo recuerdo con mucho cariño, sobre todo porque mi padre tenía que bajar todos los días a las seis y pico de la mañana con su cartera de material gordo a la carretera que comunica Cuenca con Teruel para recoger el correo que venía en el coche de línea. Mi  padre era muy buen cazador y siempre bajaba con la escopeta, raro era el día que no traía alguna pieza. De ahí que no me guste la caza. El reparto para mí era un juego. Yo le ayudaba a llevar las cartas que estaban más alejadas porque tenía problemas de salud. Tenía una letra extraordinaria, típica de los notarios de esa época. Todavía guardo escritos suyos en la casa del pueblo y es ahora cuando valoras la excelente caligrafía que tenía. El cartero era una de las figuras importantes del pueblo. Ni mucho menos toda la gente sabía leer; yo he visto a mi padre leerle las cartas a la gente. Había un trato muy directo y cercano con la gente. Mi padre era muy querido en el pueblo y eso lo viví muy de cerca.

Con quince años llegas a la capital y pasas a formar parte del mundo militar.

Sin duda fue un contraste muy grande. Pasé de la libertad total que te da vivir en un pueblo donde todo el mundo se conoce a una vida militar, con todo lo que conlleva. Como anécdota te diré que cuando llegué a Madrid casi no conocía lo que era un retrete, nosotros íbamos a la cuadra o al campo. Era un niño que estaba interno y que vivía una rigidez militar que en aquella época era especialmente estricta. Sea como fuere, era la única opción posible si quería labrarme un futuro fuera del pueblo. En 1973 ingresé en el Instituto Politécnico del Ejército en Carabanchel Alto. Poco a poco fui haciendo vida con gente de todos los puntos de España que me enseñaron otras maneras de ver la vida.

Resulta curioso que habiéndote adentrado en un mundo tan estable como el militar decidieras salir de él para trabajar como cartero.

Cuando ya habían pasado los tres años de alumno y empezaba el servicio militar, la única manera de acceder a suboficial era presentarse a unas pruebas de acceso en Lérida. Hice las pruebas pero no pasé por el salto de altura. A partir de ese momento no me planteé seguir. Hice el servicio militar pero no tenía nada seguro. Quizás por las añoranzas de mi padre, el segundo año de servicio comencé a prepararme las oposiciones para entrar en Correos. Intenté acceder al puesto de auxiliar, pero suspendí. Me examiné entonces para el puesto más bajo, subalterno (ayudante postal en la actualidad) y aprobé. Tengo que decir que unos meses antes hice el curso para sargento de complemento, donde se trabajaba como mecánico. Con 18 años ya había vivido la vida militar y no estaba tan seguro de que quisiera dedicarme a eso.

Has construido tu carrera como profesional en Correos desde lo más bajo.

Empecé a trabajar de subalterno en la antigua estación de Atocha. Allí llegaban carros llenos de sacas que se cargaban en los trenes ambulantes. Nos encargábamos de cargar todas las sacas en los trenes, un trabajo bastante duro, pero era un trabajo fijo. Mi expectativa siempre fue poder ir ascendiendo dentro de Correos. En 1982 salieron plazas internas para ascender a cartero y aprobé. Pasé tres años trabajando en el distrito 21 de Madrid, que comprendía las zonas de San Cristóbal, Ciudad de los Ángeles y Villaverde. En aquella época ese distrito era muy complicado, me llegaron a atracar hasta tres veces. Algunas barriadas eran de chabolas y no tenían buzones. A pesar de ello tuve suerte, porque no me mandaron fuera de Madrid y me adjudicaron ese distrito por proximidad a Valdemoro.

Estabas muy próximo a Valdemoro, pero tu contacto con el municipio es anterior a ser cartero.

Estando en el servicio militar, los fines de semana venía a ver a mi hermano, que era guardia civil en Valdemoro. Él se había comprado un piso en la cooperativa, lo que conocemos ahora como Pasaje Colón. Venir aquí supuso otro cambio porque no era el gentío de Madrid. Era aproximadamente el año 1976, y Valdemoro era un pueblo muy pequeño, y eso a mí me gustó mucho. Había pasado varios años en la gran capital y casi había olvidado lo que eran las fiestas de los pueblos, las bandas musicales, etc. Llegar a Valdemoro supuso reencontrarme con todas estas cosas que había vivido desde pequeño. La música, el baile y las relaciones sociales le daban un toque de auténtico pueblo. En ese tiempo conocí a Mari Carmen, mi mujer, por lo que empecé a venir más a menudo.

Tras empezar a vivir en Valdemoro conseguiste instalarte en el municipio como cartero.

Llegar a trabajar a Valdemoro supuso un cambio importante en cuanto al ámbito laboral se refiere. En Madrid no había un trato demasiado cercano con el resto de compañeros. Me limitaba a ir a mi distrito, coger mi correo, ordenarlo y repartirlo. En la oficina de Valdemoro, que estaba en un local muy pequeño subiendo la calle en la que se encuentra en la actualidad, éramos cuatro o cinco personas. Un cartero se encargaba de los extrarradios; y el resto, del pueblo. Cuando llegué me dieron una saca enorme de cartas, y ni siquiera había lista de embarrie, herramienta que utilizamos para ubicarnos geográficamente, y tenía que clasificarlo y tirarlo, es decir, colocarlo. Porque el trabajo de cartero no solo es repartirlo, de hecho, hay mucho más trabajo de clasificación en la oficina que después en el reparto. Al llegar aquí la sensación fue la de que había mucho trabajo por hacer para mejorar el trabajo de la oficina. En Madrid había clasificadores que hacían ese trabajo. Los primeros días fueron un poco duros.

Empezaste a repartir por los barrios de nueva creación.

Repartía un tramo de la calle Grande, el Colegio de Guardias Jóvenes, Río Nilo, Brezo y las casas que hay en frente de la ermita. Cada día viajaba a las afueras del pueblo, porque después de esos barrios no había nada, solo campo e incluso una vaquería. En esa época me recordaba mucho a mi pueblo por el trigo y los melones de los curas. La gente a la que yo le repartía el correo era gente como yo, que había venido de otras provincias y trabajaban en las empresas grandes que había en el pueblo. Relacionarme con ellos para mí supuso volver a hablar con gente que me recordaba a mis padres y mis abuelos. Muchos estaban desubicados. El trato que tenía a mí me gustaba y creo que a ellos también. El oficio de cartero hace que establezcas una relación continua con los vecinos, y a su vez se tiendan lazos afectivos que te hagan preocuparte por cómo está su familia o cómo le ha ido en aquel asunto que te había contado hacía tres días. La confianza era tremenda y se compartían las problemáticas comunes que teníamos en esa época como padres. En definitiva, había un factor humano muy importante que era de agradecer y que en muy pocos oficios se da.

En alguna ocasión has comentado que Valdemoro fue una oportunidad para muchas familias.

Valdemoro empezó a crecer porque mucha gente que trabajaba en Madrid no se podía permitir el alquiler o la compra de una casa en la capital o municipios más próximos. Los pisos en Valdemoro fueron muy baratos hasta los años noventa en comparación con los municipios próximos. Las grandes empresas dieron también esa oportunidad laboral. La gente que vino de los pueblos también tuvo la oportunidad de formarse algo más, porque la mayoría no poseían ni el bachiller. Entre esa gente llegaron al pueblo personas que tenían la voluntad de dar un impulso cultural al municipio. Es el caso de Miguel Sarmiento, Rafael Martín o Jesús Gómez, entre otros. Valdemoro empezó a moverse, comenzaba la Casa de la Cultura, las asociaciones y las propuestas culturales como talleres, carnavales, etc. Gracias a ello, muchos vecinos, tanto nuevos como de toda la vida, empezaron a participar en actividades culturales que les enriquecían.

Tú participaste en ese movimiento cultural.

En su momento estuve dando clases de inglés y de matemáticas que se impartían a través del Ayuntamiento. Esto me dio acceso a conseguir la titulación de formación para mayores de veinticinco años, aunque todavía no existían ni la Universidad Popular ni la UNED. Contribuí con mi granito de arena a una voluntad de varias personas que vinieron de fuera y quisieron dotar a Valdemoro de actividades culturales que enriquecieran a los vecinos y que permitieran que cada vez fuera a más. Valdemoro dejó de ser un pueblo para convertirse en algo más. Al comienzo era habitual que algunos vecinos no supieran firmar los certificados; gracias al esfuerzo de mucha gente y con el paso del tiempo, esas situaciones han ido pasando a ser algo anecdótico o poco habitual.

Has estado durante más de veinte años recorriendo Valdemoro con las carteras. ¿Cuál fue tu percepción del crecimiento que sufrió en ese tiempo?

El pueblo fue creciendo de una manera descontrolada, a mi parecer. Dependiendo del poder adquisitivo, esa gente que venía de fuera se situaba en unos puntos del municipio u otros. La llegada de nuevos vecinos fue tan grande que hizo que no todo el que venía a vivir a Valdemoro tuviera esa forma de ser que nos caracterizaba a los primeros emigrantes que llegamos. La inseguridad en la calle aumentó, todos los vecinos ya no tenían esa relación tan estrecha que había antes, con lo cual, Valdemoro no siempre ha crecido para mejor. Visitar todos los días los mismos lugares te da esa consciencia de evolución en el tiempo. A pesar de ello, los vecinos de toda la vida seguían ahí, y ese trato no se perdió.

Tras veinte años repartiendo, tu última etapa como trabajador la afrontas atendiendo al público en la oficina de Correos.

No solo la calle pasa factura, desde los doce años ya trabajaba en el campo y el cuerpo se acuerda de todo eso. Cuando tienes más de cuarenta años valoras tu situación en la empresa y también recuerdas esa voluntad que tenía desde el comienzo de querer progresar dentro de la empresa, y eso solo se podía conseguir a través de la oficina. El cambio es radical, pero la gente que has atendido en la calle también acude a la oficina. Tienes su confianza y es más fácil aconsejarles sobre cuáles son los mejores productos que oferta Correos para ellos. La empatía en el trato humano creo que es fundamental. Mi máxima es que tienes que tratar a la gente como te gustaría que te trataran a ti. Siempre me he puesto en la posición de la otra persona, aunque sus formas a veces no fueran las mejores. Cuando empecé en la oficina casi no había ordenadores. Comencé en la sección de entrega, y el cambio es tremendo. Se pierde mucha libertad porque en la calle tú te administras el tiempo, por el contrario, la comodidad de estar en un lugar fresco en verano y caliente en invierno no se tiene en la calle. A nivel físico empiezas a coger peso y afloran problemas que no tenías antes: el ácido úrico, el colesterol, etc.

Estoy seguro de que muchos de los lectores de La revista de Valdemoro te reconocerán por el trato tan amable que te suele caracterizar. ¿Le das mucha importancia al factor humano en tu trabajo?

En este aspecto confluyen diferentes factores. En primer lugar, he mamado esta profesión desde pequeño, tanto mi padre como uno de mis hermanos han sido carteros toda la vida. En segundo lugar, y como te he dicho antes, creo que ponerse en el lugar de la otra persona es fundamental para que el servicio sea satisfactorio tanto para el cliente como para ti. Creo que la gente es buena por naturaleza, y si la tratas bien, ella te trata bien a ti. Todos nos equivocamos porque somos humanos, lo importante es no perder los modales y la buena intención. Como funcionarios tenemos que adquirir unos conocimientos técnicos sobre nuestro trabajo; además, hay otros conocimientos que se forjan con la experiencia en el trato con el público.

¿Crees que con la irrupción de las nuevas tecnologías se puede perder ese factor humano que tanto te atrae de tu oficio?

Me temo que el trato humano acabará desapareciendo, lo importante es saber a lo largo de cuánto tiempo se va a producir esa pérdida. Antiguamente, cuando un repartidor cogía un distrito lo hacía prácticamente de por vida. Conozco carteros que han prestado servicio durante más de 20 y 25 años en una misma zona. Por cuestiones productivas esto ya no es así. En la actualidad los tiempos de atención se reducen e indudablemente este factor afecta a las relaciones que puedes establecer con el público. Creo que es un error adoptar este tipo de medidas, porque en la actualidad Correos no solo se limita a ser un servicio de mensajería y paquetería, también se venden otros productos como loterías o libros. Si no se cuida el trato con el cliente, éste pasará por la oficina para recoger el paquete y marcharse sin mirar nada más. No debemos olvidar que hablamos de un servicio público además de empresa. Como servicio público, es lógico que haya parcelas que son deficitarias.

¿Podría estar entonces en peligro que el servicio de Correos siguiera siendo público?

El mercantilismo es una realidad que está presente en Correos desde hace ya varios años. Uno de los factores que hace pensar que Correos puede dejar de ser público es la ausencia de oposiciones a funcionarios desde hace más de una década. La plantilla de funcionarios ha disminuido de más de 50 000 a 10 000. El personal que entra a formar parte de correos lo hace en condición de laboral, por lo que no posee la estabilidad que tiene un funcionario. Si el número de funcionarios continúa descendiendo pueden aumentar las posibilidades de que una gran empresa le haga una oferta de compra al gobierno de turno y este se vea seducido por una cantidad de dinero que seguro necesitará.

Por el entusiasmo que muestras al hablar de tu profesión, ser cartero para ti no ha sido un trabajo, sino un oficio, en el sentido más romántico de la palabra. ¿Cómo fue dejar aquello que llevabas ejerciendo durante más de cuarenta años?

Como se suele decir, todo cansa. Después de cuarenta años, el factor físico es uno de los motivos por los que necesitas descansar. La empresa tambien cambia y quizás ya no es el mismo lugar en el que entraste. No te voy a negar que es una decisión difícil de tomar pero necesaria. Una vez hecho, es importante ocupar ese tiempo en otras cosas que por cuestiones varias no hayas podido hacer. Actualmente practico yoga, toco la guitarra, leo y tengo una de las aficiones que me siguen recordando al pueblo y que me hace mantener esas relaciones sociales de toda la vida, el huerto urbano. Esta es una de las opciones que nos da Valdemoro.

Texto_Sergio García Otero

Fotografía_Ncuadres

 

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