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Entrevista con Chema Rodrigo

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Alrededor de 1994, Richard Wiseman, un profesor de universidad estadounidense,  decidió comenzar a estudiar la suerte de forma científica. Puso un anuncio en su universidad en el que buscaba a mil personas que consideraran que tenían buena suerte y a mil personas que consideraran que la suerte no les acompañaba. Una vez aparecieron los voluntarios, Wiseman comenzó a aplicar sus métodos de estudio científicos. Llevó a cabo entrevistas, realizó encuestas, analizó los resultados y publicó sus conclusiones en un libro titulado The Luck Factor (2004). El libro llamó mi atención desde el primer momento. Los conceptos de «buena suerte» y «mala suerte» habían formado parte de mis obsesiones desde mi juventud. ¿Podían estudiarse estos fenómenos vitales y encontrar fórmulas para acercarse o alejarse de ellos?

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Confieso que, aunque me considero una persona muy afortunada, mi obsesión con la suerte ha menguado en los últimos años. Sin embargo, en cuanto conozco a alguien que se retrata como afortunado, esa persona consigue toda mi atención, analizo su comportamiento e indago sus razones para considerarse con buena suerte. Así me sucede con Chema Rodrigo. Nos acabamos de conocer, nos acercamos a la barra para pedir y, mientras esperamos a que nos sirvan, me espeta eso de “yo es que tengo mucha suerte.” En ese momento, mi cabeza se alza de un brinco y miro a Chema a los ojos. No hay en ellos altanería. Lo que encuentro es humildad y agradecimiento hacia esa buena suerte. Soy todo oídos.

Chema Rodrigo es de Valdemoro de toda la vida. De hecho, las últimas cuatro generaciones de su familia nacieron en Valdemoro. Como su padre trabajaba en Madrid, se crió en el barrio de Legazpi, pero pasaban todos los fines de semana y las vacaciones en Valdemoro. Cuando se jubiló su padre, se vinieron a vivir definitivamente a nuestra localidad. Chema, que había comenzado en Madrid, continuó sus estudios de  Delineación en la escuela comarcal (ECAM) de Valdemoro.

Tendrás que empezar contándome por qué crees que tienes buena suerte.

Es una afirmación que puede sonar graciosa, saliendo de una persona que ha tenido varios accidentes de aviación, otros de espeleología… (sonríe), pero sí, me considero afortunado porque sé adaptarme a las circunstancias e intento sacar partido de cualquier situación vital en la que me encuentro. Siempre he tenido buena suerte. A lo mejor es que la he buscado inconscientemente.

Decir que basta que desee algo para que ocurra podría parecer un tanto presuntuoso, pero es verdad que, cuando deseo algo de verdad, siempre aparecen ciertos factores externos que me lo facilitan.

Hace cinco años dejé mi empresa, dejé el trabajo, vendí la casa, el coche y un avión ultraligero (soy piloto e instructor de vuelo), reduje a un mínimo mis posesiones y abandoné todas las redes sociales. Ahora no tengo ni cuenta bancaria. Mi madre tiene noventa y dos años y necesitaba de mi atención y cuidados constantes. Mi novia vive en el País Vasco, así que mi situación no era ideal, pero yo decidí aprovechar al máximo mi momento vital. Muchas personas no habrían sabido qué hacer. Yo comencé a pintar todos los días. Estos cinco años he pintado todos los días. Mi situación personal, que podía considerarse compleja, se ha convertido en mis cinco años de universidad.

¿Cuándo comenzó tu afición por el arte?

Desde pequeño, me ha gustado dibujar. Recuerdo que el bloque principal de los regalos que me traían los reyes magos eran materiales de dibujo: papel, rotuladores, pinturas de colores… Mi padre era aficionado a la pintura y hacía cuadros para casa, pero a mí, sobre todo, me gustaba dibujar. La afición de mi padre le llevaba a comprar libros de arte. En casa teníamos una enciclopedia, en siete tomos, de Historia del Arte. A mí me gustaba mucho esa enciclopedia, mirar sus cuadros y reconocer a los autores. A los diez años, recuerdo que ya podía identificar a muchos pintores. Recuerdo que, ya de pequeño, gané un par de concursos de pintura y, en la Escuela Comarcal Arzobispo Morcillo, siempre me llevaba un premio u otro en los certámenes de arte. A veces acuarela, pero dibujo principalmente.

A mis estudios de Delineación entré con la inconsciencia del adolescente. Yo quería dibujar. A mí, me gustaba dibujar. Mi padre, muy hábil, ni siquiera mencionó Bellas Artes. Me sugirió Delineación, pensando que sería una profesión donde tendría más seguridad laboral. En el primer año, ya me di cuenta de que no era lo que yo había imaginado, pero había que terminar los estudios…

Y, cuando terminaste tus estudios, te dedicaste a otras cosas.

Sí. Yo tenía muchas inquietudes culturales. Estuve involucrado en la creación de la primera estación de radio en la localidad, Onda Valdemoro. Estuve cuatro años dirigiéndola. «Crearla» significa «crearla». Me tocó hasta clavar clavos. Estábamos en un local del Ayuntamiento, en la Torre del Reloj. Todavía está la antena. También me hice monitor de tiempo libre y director de actividades infantiles y juveniles. He estado de campamentos con chavales durante veintiséis años. También trabajé en la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento. Colaboré en la creación del Centro Cultural. Hicimos muchas cosas que no había habido nunca en Valdemoro. Hicimos fanzines, organizamos formalmente los carnavales, organizábamos las fiestas de Valdemoro (entonces, te quedabas hasta el final del concierto para pagar a los músicos)…

Mientras trabajaba para el Ayuntamiento, un interiorista me ofreció trabajar con él, como socios. Él tenía muchos contactos en el sector de la hostelería y me propuso crear una empresa de publicidad. A mí me gustaba también mucho el tema del diseño gráfico. Fueron años muy buenos. Teníamos una oficina cerca de la Plaza Mayor, en Madrid. Luego fuimos moviéndonos por la Comunidad de Madrid. En un momento dado, creé mi propia empresa… llegamos a tener una imprenta, aquí en Valdemoro… luego nos fuimos a Vallecas… Fueron unos años muy buenos. Muy divertidos. Hasta que llegó la crisis y, con ésta, yo ya con otro socio, vimos que había muchos gastos y nos costaba mucho ganar algo de dinero.

¿Es en ese momento cuando te planteaste tu futuro?

Yo decidí hacer un parón. Decidí tomarme dos o tres meses para ver cuáles debían ser mis siguientes pasos. Yo no había estado sin hacer nada durante dos o tres meses seguidos en toda mi vida. No es fácil, cuando uno es tan activo como yo. De esto hará como unos cinco años. Un día, estando con un amigo de la Asociación de pintores de Valdearte, le pregunté qué debía hacer para formar parte de la asociación. «Vente y ponte a pintar con nosotros», me dijo, «es un ambiente muy agradable». Fui, me uní a ellos, y, desde hace cuatro años, decidieron que fuera el presidente de la asociación.

Yo no había pintado nunca hasta ese momento. Llevo cuatro, cuatro años y medio pintando. Mi afición estaba ahí y yo no lo sabía. Había muchos conceptos con los que ya había trabajado por mis anteriores trabajos y por mi afición a la fotografía: color, mezcla de color, iluminación, pose, anatomía, encuadres, composición, armonía…

Mi habilidad manual, como siempre he estado dibujando, mi muñeca funciona bien para hacer lo que mi cerebro quiere. Así que, tengo la suerte de trabajar con cierta rapidez.

Y, tras un tiempo, decides presentarte a algunos concursos.

Un amigo perteneciente a la asociación de artistas, ya desaparecida, Francisco Bayeu me propuso que me presentara al 50 Premio Reina Sofía en 2015, organizado por la Asociación Española de Pintores y Escultores (AEPE). El tema era libre, pero yo decidí presentar un retrato de la Reina Sofía. Estaba basado en una fotografía que le habían tomado casi al final de su reinado y aparecía cabizbaja, pensativa, reflejando el estado de ánimo, tal vez, de ese momento de su vida. Algunos criticaron que a un miembro de la realeza no se le debe retratar con ese tipo de poses, menos pomposas que las habituales, con la sonrisa forzada, cortándole la corona y sin joyas. El cuadro no es un contrapicado, pero lo parece. Y la reina tiene arrugas. A mí me daba igual. Yo el cuadro lo veía bien y, tal vez, porque era nuevo en todo esto, lo presenté.

El caso es que la obra fue una de las seleccionadas entre las ochocientas cincuenta presentadas y, obviamente, llamó la atención de la reina cuando acudió a la exposición y pronto reclamó mi presencia pues estaba interesada en conocer al autor. Estuvimos hablando, me presentó al embajador de los Estados Unidos… Me preguntó sobre la técnica que había empleado y también quiso saber el tiempo que había tardado en hacer el retrato. A mí me daba vergüenza decirle la verdad porque, como he dicho, soy un pintor rápido. Había tardado unos dieciocho días en total, incluyendo la construcción del tablero, del bastidor y el marco, que también hice yo. Me daba apuro y le dije que había tardado unos cinco meses, que es lo que calculaba yo que se tenía que tardar en pintar un cuadro de la reina.

Me pareció fascinante la forma en la que la reina mostró interés en el retrato que yo le había hecho. Cuando estaba hablando conmigo, me dijo: «A mí me hacen muchos retratos, pero muy pocos me gustan».

¿Quieres hablar de tu estilo pictórico?

Me gusta incluirme dentro del Neorrealismo contemporáneo, en contraste con el mercado actual del arte que se basa en la propia destrucción del arte, en una corriente que ya tiene cien años y que no tiene objetivo ni horizonte claro. Y existe un gran público con otras demandas que ya no sabe si ir a los museos y a las exposiciones porque se ha vetado todo realismo, sobre todo si es figurativo. Y hay una corriente muy poderosa por toda Europa que defiende un nuevo realismo, un arte que se pueda defender a sí mismo, sin necesidad de ser explicado por los expertos y críticos de arte. Claro, hay mucho dinero en juego porque, si alguien se ha gastado unos cuantos millones en arte abstracto, no le interesa que ahora se devalúe.

Ese Neorrealismo no debe confundirse con el Hiperrealismo. El Hiperrealismo, incluido también dentro de este Neorrealismo, supera a la foto. Aporta unos detalles que la foto no capta. Yo no me considero hiperrealista. Creo que en un momento dado, en el realismo, la abstracción es necesaria para sacar de tus tripas lo que sientes de una forma rápida. Creo que mi realismo viene impregnado de un impresionismo y de un expresionismo. Para mí, eso es más difícil de sacar de dentro, con todos mis respetos hacia los hiperrealistas.

Creo que el público de la calle puede entender este tipo de arte. El público de la calle está cansado del tipo de arte al que se ha llegado en los últimos años. No lo entiende y cree que es una tomadura de pelo. Y, encima, como está «prohibido» convivir, parece que si hay un movimiento abstracto dominante, no se puede desarrollar ni convivir con ningún otro estilo.

Me gustaría que nos contaras un poco de qué va la exposición Humano, que se inauguró en Valdemoro a finales del mes pasado.

Yo quería hacer una exposición pero no sabía muy bien cómo quería hacerla. Reservé la sala, porque hay que hacerlo con un año de antelación, y, como he tenido la suerte de poder trabajar mucho durante este año, he podido ir encontrando una temática para la exposición. Pronto la encontré. Me encanta el arte figurativo y me encanta la gente. Mis pasiones han sido siempre el arte y las personas. Todos mis trabajos y mis aficiones han girado alrededor de la gente. Por eso, creí que una exposición de retratos y figuras podría cerrar el círculo. Con Humano, terminaban mis cinco años de universidad. Mis cinco años de aprendizaje y experimentación. A partir de ahora, quiero dar paso a una nueva etapa, a una nueva figuración neorrealista.

Todo esto coincide con el hecho de que he conocido un grupo inversor que ha apostado por mí y ha decidido apoyarme durante tres años para que pinte mi obra, nos metamos en el circuito del mercado de arte e intentemos promocionarlo. Parte de su compromiso consiste en proporcionarme un local donde pueda trabajar y conseguir que mi obra adquiera un valor determinado. Mi compromiso es crear una obra seria. Aunque ya les he dicho (ríe) que ganarían más con una empresa de pladur que conmigo. El arte no deja de ser una lotería.

Trabajar en un local solo me vendrá bien para la escritura de mi obra pictórica. Antes de pintar un cuadro, el artista debe escribir el cuadro, su mensaje, su composición y armonía, debe concebirlo en su mente para luego elaborarlo. Esta escritura mental que va cobrando significado en mi mente es el setenta y cinco por ciento del trabajo para mí.  El cuadro final es un resumen corto, una sinopsis de una página de todo el libro que ha sido escrito en mi cabeza.

La exposición me ha desbordado. Ha tenido una gran aceptación popular. El día de la inauguración vino muchísima gente, han contabilizado miles de visitas y nos han contactado para llevar la exposición a otros lugares.

¿Dónde conoce un artista un grupo inversor de estas características?

El grupo se llama #Versosdarte. Los conocí cuando dos de ellos me compraron varios cuadros de una exposición. Estaban apadrinando vinos de autor, combinándolos con el mundo de la poesía y el arte. Desde que los conocí, se interesaron en mi pintura y creyeron en mi obra. Pronto diseñaron un proyecto que incluía la promoción de mi pintura y, más tarde, la creación de una escuela de arte, posiblemente aquí en Valdemoro. Yo me he comprometido a coordinarla. Me gustaría que fuera una escuela multidisciplinar, con pintura, escultura, fotografía… Me encantaría que se convirtiera en un referente de la zona sur de Madrid.

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La suerte no está echada. En todo caso, en muchas ocasiones, la suerte no está echada sino hecha. Es el caso de Chema Rodrigo, que va haciendo su suerte. La va construyendo, poco a poco, con su deseo y su trabajo; la va modelando, aceptando sus rugosidades, sus curvas y sus pliegues; la va convirtiendo en un retrato más de su obra. Por eso, sabemos que, pase lo que pase, siempre que nos crucemos con Chema, lo encontraremos despierto, con la mente activa, aceptando la dirección del viento y con mil proyectos entre las manos.

 

«El arte figurativo comienza a penetrar en amplios sectores de la sociedad actual, generando un cambio de perspectiva en muchos profesionales del arte que, por fin, empiezan a entender que el arte de nuestro siglo necesita de nuevos planteamientos y nuevas metas, muy desvinculados de cánones y tópicos heredados del siglo anterior.

Un arte que ya no se conforma con la experimentación convertida en un fin en sí misma, ni con el permanente ensayo de formas y colores sin lograr producto definitivo alguno; ni tampoco con el culto al ruido por el ruido, ni con la fabricación de montajes cinematográficos condenados al aburrimiento. Y esa nueva expresión requiere, de nuevo, un arte directo, expreso, rotundo, absoluto, real, inteligible y genial, capaz de generar ilusiones y de despertar admiraciones en amplios sectores de la población que, de esta forma, volverán a hacer las paces con el arte de su tiempo y a soñar con ilusiones hoy por hoy totalmente olvidadas.

El arte ha de ir dirigido al hombre de la calle, no al erudito ni al especialista. El arte ha de hablar el lenguaje del pueblo, no el de los académicos.»

Aquellos que tuvimos la suerte de visitar la exposición Humano de Chema Rodrigo en Valdemoro, del 19 de septiembre al 4 de octubre, recibimos un pequeño y cuidado folleto en el que aparecía este texto, procedente del manifiesto del Museo Europeo de Arte Moderno. Recomendamos leer el manifiesto completo en https://www.meam.es/es/about/.

 

Texto_Fernando Martín Pescador

Fotografía_Ncuadres

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