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Entrevista a Juan Canales, desarrollo industrial de Valdemoro en la segunda mitad del siglo XX

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Juan Canales nos habla de una de las principales industrias: Río Gulf

Enunciaba un redactor de la revista Octano en 1975 sobre nuestra localidad: «El Valdemoro actual es un pueblo con pretensiones donde se mezclan lo antiguo y lo moderno. Grandes bloques de pisos, industrias y la proximidad de Madrid le dan la importancia de un pueblo en alza. Perdiendo su sabor añejo, pero conquistando el progreso…».

Esta afirmación era una de las cientos de versiones que tenían muchos españoles que se trasladaban desde diferentes puntos de la geografía española a Madrid en busca de un futuro mejor. En este contexto, Valdemoro comenzaba a articularse como un municipio asequible para muchos de ellos, que aún conservaba esa esencia rural. Poco queda de esa primera industria que se instauró en el municipio y que fue el reclamo para que el número de habitantes aumentara y con ello se llevara a cabo un proyecto de ciudad con mejores servicios y más atractivo para los nuevos vecinos.

Juan Canales Serrano nació en 1937 en Ossa de Montiel, provincia de Albacete. Juan llega en 1967 a Valdemoro como muchos jóvenes de provincia que acudían a la capital para buscarse la vida fuera del campo. A partir de ese momento y hasta 1995 fue parte activa del desarrollo industrial que hubo en Valdemoro durante las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Son muy pocos los testimonios que llegan hasta nuestros días de uno de los agentes de esta pequeña industria, la planta de asfalto Río Gulf. Hoy nos reunimos con él para conocer mejor la historia de esta empresa activa en Valdemoro durante tres décadas.

Albaceteño de nacimiento, sus orígenes se gestaron en un pueblo de provincia.

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Mis padres se dedicaban al campo, éramos una familia de cinco hijos y el principal sustento eran las ovejas. Entre mi padre y mi tío tenían quinientas ovejas. Recuerdo que en mi casa se hacían cuatro quesos diarios. A los seis meses de nacer mis padres decidieron darme una vida mejor con mis tíos, quienes trabajaban para la señora Carmen Peña en Socuéllamos. Tan solo viví allí cinco años porque doña Carmen falleció, por lo que tuvimos que regresar a Ossa de Montiel. Yo empecé a trabajar desde muy joven, con catorce o quince años, en el campo. La labor con las ovejas y las viñas me parecía muy dura y decidí marcharme a Alicante para trabajar en la construcción.

1941. Colegio de Socuéllamos

¿Qué le llevó a parar en Valdemoro?

Conocía a unos herreros que se fueron a Añover del Tajo a trabajar. Ellos me ofrecieron ir a trabajar a una tala de árboles. Entré en la empresa de Vicente Forqué Santamaría, que se dedicaba también al transporte en pequeña escala. Vicente consiguió entablar relación con la empresa Explosivos Río Tinto, a quienes les construyó las cisternas para transportar el asfalto. Yo no tenía ningún conocimiento sobre trabajo en la industria, pero dos chavales de Badajoz me enseñaron a soldar por petición de Vicente. Como la fábrica de Río Tinto estaba en Valdemoro, construimos la nave aquí. Recuerdo que era una de las primeras naves que se hacían en Valdemoro. La construimos con nuestras propias manos, soldando tramo a tramo, toda la estructura. Se ubicaba cerca de la Nacional IV, en lo que hoy es el polígono La Postura. En esa nave construíamos las cisternas que trabajaban para la planta de asfalto.

¿Cuál fue su primera impresión de la localidad?

La primera impresión fue muy mala. No había agua corriente, teníamos que ir a la fuente de la Villa. Casi todos padecíamos del riñón porque tenía mucha cal. Tan solo había una central de teléfono. Las dos únicas calles que estaban asfaltadas eran las que comunicaban con la plaza del Ayuntamiento. La agricultura era muy complicada porque nunca hemos tenido vega como Ciempozuelos o San Martín. La industria era mínima y se concentraba en la explotación del yeso, donde la gente padecía de dolores porque trabajaban incluso de rodillas. El trabajo era un privilegio, siempre ha habido paro.

¿Cómo llega usted a trabajar en la planta?

A Vicente le faltaba medio pulmón, lo que le acarreaba muchas dificultades para poder trabajar y le obligó a abandonar el negocio de las cisternas. Él me recomendó en Río Tinto para que no perdiera el trabajo y así es como empecé a trabajar en la planta de asfalto en enero del año 1970. Al principio tan solo me encargaba de reparar las cisternas que llegaban dañadas. Más tarde aprendí las tareas de los diferentes puestos de la planta y realizaba trabajos de los turnos ordinarios.

Conocemos que la actividad de la planta giraba en torno al asfalto. ¿Qué labores se hacían con este compuesto?

Nuestra actividad principal era la elaboración del oxiasfalto y su posterior almacenaje. El oxiasfalto se elabora a partir del petróleo refinado, que recibíamos desde la refinería de Huelva, al que se le añaden compuestos químicos como ácidos para oxidarlo mediante un catalizador. Nuestra labor consistía en hacer la mezcla de los compuestos y mantenerlo caliente para poder manipularlo y conservarlo correctamente. En los primeros años de trabajo en la planta, el almacenaje se realizaba en bidones, más tarde comenzamos a almacenarlo en bolsas de plástico para que fuera más fácil su aplicación. Fuimos los primeros en fabricar este tipo de asfalto en España. Su utilización era muy variada; se utilizaba para la reparación de carreteras y también como aislante, pues era resistente al agua, muy fácil de aplicar en caliente y se adhería muy bien a superficies como el hormigón.

Para aquellos lectores que no llegaron a conocer la planta, ¿podría hablarnos sobre las dimensiones que tenía?

La planta se abrió en 1965 y tenía 50 000 metros cuadrados. Se ubicaba muy cerca de la vía férrea de Valdemoro, y contaba con un apartadero por el que entraban los vagones que venían de la refinería de Huelva. En total éramos 32 empleados y su actividad era continua. Se establecieron tres turnos de ocho horas cada uno. La mayoría de los empleados vivíamos en Valdemoro, pero muchos de nosotros veníamos desde otras provincias. El ambiente de trabajo era muy bueno, cumplíamos con nuestras obligaciones y nunca hubo una discusión, éramos una pequeña gran familia.

¿Cómo fue su integración en la vida social del pueblo?

Siempre me trataron muy bien en el pueblo. Los que veníamos de fuera tampoco hacíamos mucho ruido, nos limitábamos a acudir a nuestro trabajo y hacer una vida normal. Lo que sí recuerdo es que cuando fui a empadronarme en el Ayuntamiento me mandaron al antiguo cuartel para poder formalizar el padrón. Cuando llegué al cuartel pregunté por el comandante del puesto. Nunca había estado en un cuartel, y el comandante salió en mangas de camisa y me preguntó algo agresivo que qué quería. Me asusté y me fui corriendo. Cuando llegué al Ayuntamiento y conté lo que me había ocurrido se echaron a reír. Finalmente, el señor De los Santos llamó al cuartel y me ayudó a conseguir el padrón.

En 1974 se produce un incendio en la planta. ¿Estuvo presente en el incidente?

El incendio se produjo en mi turno. El motivo del incendio fue una fuga de ácido fosfórico. El ácido era muy corrosivo, tanto que se debían cambiar las tuberías cada muy poco tiempo. Una fuga de ácido hizo que el oxidador se prendiera en llamas. Lo cierto es que todos teníamos mucho miedo, pero por suerte habíamos recibido formación en extinción de incendios. A mi me tocó enfriar el tanque del ácido, que era casi más peligroso que el fuego. Hicieron un corte eléctrico y por suerte pudimos controlar las llamas. No hubo que lamentar ningún daño humano y todo fueron daños materiales. Una vez apagado el fuego, reiniciamos la actividad lo antes posible para que los tanques no se enfriaran.

Los vecinos de Valdemoro tenían cierta reticencia a la actividad de la fábrica, hecho que se agravó con el incendio. ¿Cómo vivió usted ser vecino de Valdemoro y empleado de la fábrica?

Manejábamos materiales muy peligrosos y el principal motivo de su cierre en 1999 fue la proximidad del núcleo urbano a la fábrica. Nunca nos dijeron que el olor tan fuerte que respirábamos era tan perjudicial para la salud. De haberlo sabido estoy seguro que todos nosotros nos habríamos negado a respirarlo. Tampoco nos dieron aparatos auditivos que disminuyeran el ruido hasta que pasaron veinte años. Era complicado trabajar en esas condiciones, pero ninguno de los que estábamos allí nos podíamos permitir perder nuestro puesto de trabajo. Los vecinos nos trasladaban muchas veces sus quejas, pero poco podíamos hacer nosotros por mejorar la situación. Es cierto que el incendio generó miedo en el pueblo y la planta suponía un peligro para todos los que estábamos próximos a ella.

¿A qué se dedicó tras el cierre de la planta?

En 1995 me prejubilaron y cambié mi actividad. Durante varios años me dediqué al cambio a domicilio de las gomas de butano. Más tarde me formé como instalador de calderas de butano y ejercí durante algunos años.

¿Qué opinión le merece el cambio que ha sufrido Valdemoro desde ese pueblo sin pavimentar que conoció usted hasta la ciudad que es hoy?

El crecimiento no me parece malo, aunque ha sido demasiado. A pesar de que estéticamente el pueblo ha mejorado y sus servicios también, Valdemoro continúa teniendo su gran problema: la ausencia de industria. Aunque el número de habitantes ha crecido muy rápido, lo cierto es que la mayoría de personas que viven en Valdemoro se tienen que marchar todos los días de aquí para trabajar. En mi opinión, sería conveniente potenciar la industria local para que gran parte de esos vecinos pudieran trabajar en el municipio en el que viven, como yo pude hacer durante veinticinco años.

¿Cómo ha sido construir una familia en Valdemoro?

Mi primera vivienda en Valdemoro fue una casa dentro de la nave que construimos. La hicimos con cuatro hierros que conseguimos. El motivo de que la casa estuviera en la nave era que por el día trabajaba y por la noche, al vivir allí, hacía de guarda. Cuando nacieron mis hijos hablé con Vicente para marcharme, porque necesitaban ir al colegio y estaba muy lejos del pueblo. Compramos una casa que construyó el Ministerio de la Vivienda en la calle Cristo de la Salud. En esa zona no había nada, tanto es así que ni el edificio tenía número. Nunca me gustaron los pisos, creo que son jaulas. Hace ya mucho tiempo tuve la oportunidad de comprar una casa baja y no dudé en adquirirla. Si tenías trabajo, Valdemoro siempre ha sido un buen sitio para educar y ver crecer a tus hijos, mantenía el espíritu de un pueblo, pero con la mayoría de los servicios necesarios en el día a día. A mis dos hijos Valdemoro también les encanta, tanto es así que también decidieron quedarse en Valdemoro cuando se independizaron.

¿A qué dedica su tiempo ahora?

A lo que yo llamo la vida del vago. Todavía hay gente que se pone en contacto conmigo y me pide que les haga algún arreglo en la instalación de la caldera, pero siempre me niego. Mi tiempo de trabajo ya ha pasado y ahora hay profesionales que tienen los medios y nuevos conocimientos para hacerlo. Me gusta ir de vez en cuando al Centro de Mayores, pero la mayoría del tiempo lo paso con mi mujer en casa.

Texto_Sergio García Otero

Fotografía_Ncuadres

 

 

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