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Entrevista al maestro José Luis Rosa

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«Siempre he intentado ayudar a aquellos que más lo necesitaban»

 

Valdemoro es confluencia de gentes de todos los rincones de la geografía española. Andaluces, castellanos, gallegos, valencianos, catalanes o vascos son gentilicios muy comunes entre los vecinos de nuestra localidad, y todos ellos aportan al municipio parte de su cultura.

En esta ocasión nos quedamos con Extremadura, en concreto con la provincia de Cáceres. Allí, en Serradilla, nacía en 1944 el protagonista de las próximas páginas, José Luis Rosa Solana. El mayor de cuatro hermanos, nació en una familia humilde donde su madre se dedicaba a las labores de la casa y su padre, tras ser obrero del campo, trabajó como guarda forestal. A los doce años, José Luis se marcha con su familia a Malpartida de Plasencia, muy próxima a la ciudad que le da nombre. Allí desarrolla el resto de su infancia, cursa sus estudios y conoce a Toñi, su mujer. José Luis eligió la carrera de maestro por obligación, pero a lo largo de más de cuarenta años de ejercicio, la profesión se convirtió en su vocación. Una vocación que, todavía hoy, ya jubilado, no deja de reportarle grandes momentos en su vida.

¿Cómo fue tu infancia en un pueblo de provincia?

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Pues fui un niño normal que creció en un pueblo que, como tú muy bien has dicho, era de provincia, de Cáceres. En eso hay que matizar porque no es lo mismo ser de la provincia de Madrid o Barcelona que de Cáceres. Yo estudié en Malpartida. En casa de mis padres no había posibilidad de estudiar y en cuanto dejábamos la escuela, la mayoría de los chicos de mi época se marchaban a ganar las cuatro perrillas. Los maestros les dijeron a mis padres que yo valía para los estudios, pero mis padres no podían pagar las clases particulares ni los materiales que iba a necesitar.

Estudié por libre en la academia de Malpartida, que era muy buena y la formaban fundamentalmente tres maestros: uno asumía las matemáticas, otro las cuestiones de geografía, historia y religión y otro la parte de lengua. Tuve suerte, hice el bachiller elemental y después magisterio, la única salida que había en Cáceres. Hice magisterio porque para hacer cualquier otra carrera tenía que salir fuera y mi familia no se lo podía permitir. Estudié y me presenté a los exámenes por libre, con la suerte de que conseguí aprobar. Rondaba los veinte años cuando aprobé la oposición de maestro.

Comienzas tu carrera profesional muy temprano, ¿era lo normal en la época?

No era muy normal, pero tampoco creo que fuese algo extraordinario. Tuve suerte en los exámenes y conseguí aprobar rápido. En Malpartida había muchos y muy buenos albañiles. En mi casa era una necesidad colaborar con la familia y, antes de comenzar a estudiar, mi padre me advirtió de la situación: si los libros no funcionaban tenía que escoger el ladrillo. No era ninguna amenaza, era la realidad de mi familia.

Tenías claro que querías trabajar fuera del pueblo…

Siempre me ha gustado la vida de pueblo. Socialmente soy muy abierto y me gusta mucho conocer a la gente. En una ciudad es más complicado de conseguir y siempre me ha venido grande. Yo soy de pueblo. Después de hacer la oposición estuve de provisional en la provincia de Cáceres. Cuatro de esos años trabajé en Plasencia, que está a siete kilómetros de Malpartida. No me podía permitir un alquiler en Plasencia, así que tuve que vivir en casa de mis padres; sobrevivía con las clases particulares, principalmente de lo que se llamaba «cultura general».

Iba y venía a casa todos los días. Mi madre me hacía la comida y me la llevaba en una tartera; mi padre me llevaba algunas veces en la moto que tenía para hacer el servicio. Otros días me tocaba hacer autostop con los poquísimos coches que había en el pueblo en los años 60 y, si no, pues andando, que siempre me ha gustado mucho andar. Después de hacer la mili seguí dando clases en Cáceres y cuando me casé nos marchamos a un pueblo en la sierra de la provincia de Cádiz, Alcalá de los Gazules. Allí, como decimos mi mujer y yo, más que de profesor estuve de misionero. (Sonríe).

¿Qué situación te encontraste y qué nivel educativo había en esa época?

Estuvimos cuatro años allí. Yo había venido de un pueblo de la provincia de Cáceres donde el nivel era muy bajo, pero cuando llegamos allí notamos que el nivel era horrorosamente más bajo. En esa época la cultura que había, en general, era de supervivencia. Los maestros trabajábamos con los medios que teníamos, que eran muy escasos, cuando no nulos.  Además, en el momento que tenían la oportunidad de meter algo de dinero en casa, los niños faltaban a la escuela y se iban a los espárragos, la campaña de la aceituna… Algunos de ellos no pisaban la escuela en tres o cuatro meses.

El ambiente cultural también era bajísimo y había contradicciones. La mayoría de los maestros que había eran de allí y no interesaba demasiado que la gente progresara mucho para que la diferencia social se acentuara.

Entiendo que la tarea del maestro era muy complicada.

No se podía hacer mucho, aunque se quisiera. No había ni los medios ni la materia prima para poder hacerlos. Los niños venían a clase en muy malas condiciones higiénicas, muchos vivían en chabolas, y no estaban interesados en lo que les contabas. Aunque valiera uno del pueblo, había unos sesenta kilómetros hasta Cádiz, su porvenir era el mismo que el de sus padres. Pero bueno, con paciencia e ilusión, allí hice todo lo que estuvo en mi mano.

¿Cómo se produce ese salto tan grande desde Cádiz a Madrid?

Teníamos una hija de tres años y nos planteamos otra zona para que la criatura tuviera medios para estudiar en el futuro. Teníamos que buscar un lugar donde pudiéramos vivir, comencé a ejercer con un sueldo de maestro que, nunca se me olvidará, era de 16 220 pesetas anuales en las que incluían dos pagas extraordinarias. Lo irónico es que nos pedían que fuéramos con chaqueta y corbata para mantener la dignidad de la persona, cuando no teníamos casi para comer.

Podíamos haber ido a Malpartida, pero nunca me ha gustado ejercer en mi pueblo. En Madrid mi suegra tenía una casa pero, sigo insistiendo, soy de pueblo y la capital me venía muy grande. Buscamos pueblos por la zona sur de la Comunidad de Madrid hasta que encontramos Pinto y Valdemoro, que se ajustaban a nuestro presupuesto. A Toñi le gustó este pueblo y nos vinimos aquí.

¿Cómo recuerdas tu llegada a Valdemoro?

Aquí no conocíamos absolutamente a nadie y los primeros años fueron duros. Llegamos en el año 1974 y los primeros meses vivimos en los pisos de La Pradera hasta que nos mudados al centro del pueblo. Pero fíjate cómo es la manera de ser según la región. Cuando nos fuimos a Cádiz tampoco conocíamos a nadie y, sin embargo, los compañeros nos arroparon los primeros meses para que empezáramos a hacer vida normal. Esos primeros momentos que siempre son tan angustiosos nos los dulcificaron.

Cuando llegamos a Valdemoro el contraste fue enorme. Estábamos en Castilla y nos tropezamos con ello. El único colegio público que había era el Cristo de la Salud. Yo pasaba mucho tiempo en clase y cuando volvía de allí Toñi me decía: «Algún día me vas a encontrar muerta con la lengua gorda porque no tengo con quien hablar». Yo trabajaba, pero me ocurría algo parecido. El año que llegué se echaron las navidades encima y todavía no conocía el nombre de muchos compañeros. La mayoría era de Madrid. Venían con la hora justa y cuando terminaban les faltaba tiempo para marcharse a casa. Los que eran de aquí también se marchaban a sus casas y ahí me quedaba yo. Los viernes por la tarde, cuando terminaba las clases, nos íbamos a Madrid a la casa de mi suegra para oxigenarnos un poco. Al tiempo empecé a dar clases de adultos por las noches porque nos hacía falta el dinero, y empezamos a conocer a más gente. Me invitaban a tomar una cerveza o un vino, aunque no soy muy tomador, pero fue una brecha por la que empezar a socializar. Ahora ya no nos mueve nadie de aquí.

Resulta extraño que al tratarse de un pueblo fuera esa la reacción.

Yo creo que es una cuestión cultural. El carácter castellano es más introvertido y austero. Con el tiempo nosotros tenemos aquí los mejores amigos del mundo.

(Toñi). Esa situación nos duró poco. Cuando nos compramos el piso empezamos a hacer más relación con los vecinos, que eran gente de aquí, y yo empecé a salir y a socializar. En aquel entonces llegabas a conocer a toda la familia y sabías quién era cada persona».

Has cubierto todo tipo de edades a lo largo de tu carrera, ¿en cuál te ha gustado más ejercer?

Así es, llegué incluso a dar a adultos, que en su mayoría eran del Colegio de Guardias Jóvenes porque les pedían formación para ascender. Pero la edad que más me ha gustado siempre es entre los once y los catorce años. Es la edad más complicada porque empiezas a despertarte y tener inquietudes. Uno no se entiende a sí mismo y muchas veces no escuchamos los consejos que nos puedan venir desde fuera. Es lo que yo llamo la etapa del no, cualquier cosa que te propongan tiene una negativa por respuesta. Me gusta esta época también por mi forma de ser, es una manera de no dormirme. Siempre me ha gustado estar en la brecha y a Dios le pedía que el último día que impartiese clase fuera con el mismo dolor de estómago que el primero. No me gusta sentir la rutina y la repetición.

(Toñi). Siempre le han gustado los niños más difíciles. Muchas veces cuando vamos por la calle y nos encontramos con alguno de esos alumnos le recuerdan lo que le hicieron sufrir, pero lo mucho que les sirvió todo lo que les decía. Al final, los más rebeldes son los más agradecidos.

(José Luis). Eso es un denominador común a todos. Con el tiempo se dan cuenta de que la gente que ha estado a su lado sí les quiso hacer un favor. Algunos lo aprovecharon y otros no. Mi obligación era intentar ponerles en el buen camino.

¿Cómo era la formación en Valdemoro cuando llegaste?

Algo anecdótico fue que por primera vez en mi vida di clase a chicos y a chicas. Hasta entonces la educación era segregada y cuando yo llegué en el 1975, aproximadamente, Franco estaba a punto de morir y se empezaba a mover la educación mixta. De maestros pasamos a ser profesores de Educación General Básica, que algo fue. La primera vez que fui a dar clases a chicas la verdad es que estaba nervioso porque nunca lo había hecho. Pronto vi que no era tan complicado. Los libros también comenzaron a separarse por materias, porque al comienzo de mi carrera teníamos un único libro y todo estaba en la cabeza del maestro.

Con el tiempo, no sólo en Valdemoro, la docencia ha encontrado menos apoyo tanto de la sociedad como de la familia. Los padres siempre reforzaban al maestro. La pérdida de esos valores creo que va en detrimento de la educación, también de la enseñanza, pero la más perjudicada es la educación. Se ha perdido el respeto a una persona por el hecho de ser mayor, o de ostentar un cargo. Ahora los jóvenes te pasan por encima, pero no lo hacen con maldad. Esa actitud es la consecuencia de que nos vamos embruteciendo poco a poco. Tampoco quiero caer en extremismos, pero la verdad es que noto que hemos dado un paso atrás.

Estuviste durante veintitrés años en el Colegio Cristo de la Salud y terminaste tu carrera en el Instituto Avalón, ¿qué te llevó a cambiar de centro después de tanto tiempo?

Mi forma de ser. Era una nueva aventura, coincidió con que era un centro nuevo en Valdemoro y había hecho cursos para impartir formación en institutos. Me lo concedieron, pero no sabía qué me iba a encontrar. Siempre hubo algo de leyenda entre los licenciados y los maestros. El clasismo era importante y había roces. Gracias a Dios me encontré todo lo contrario. Los compañeros fueron admirables y, además, en ocasiones nos consultaron a los más experimentados sobre cómo se debían hacer algunas cosas. Mi experiencia en el instituto fue muy positiva. Siempre me he sentido muy querido allí. Tanto es así que cuando me jubilé me hicieron un reconocimiento poniendo mi nombre a un pasillo del centro. Esos días fueron muy buenos y emotivos. Llevo catorce años jubilado y aún sigo yendo de vez en cuando.

¿Qué balance haces de toda tu carrera?

Estuve cuarenta años de docente y desde el año 1 hasta el 40 la diferencia es abismal. Desde mi punto de vista, con muchas partes positivas, y otras no tanto, y eso que siempre he tenido una línea muy aperturista. Si lo poco que iba a conseguir tenía que ser con rigidez, mal iba la educación. En mi clase entraba la dureza o yo. En ese sentido, en los últimos años siempre establecí la familiaridad necesaria para que los alumnos tuvieran la soltura de preguntar todo aquello que les preocupara, tanto profesional como no profesional.

¿Cómo has concebido la docencia?

Este trabajo no tiene unos límites claros. Nunca sabes si lo haces bien, si te has pasado o te quedas corto. Siempre he intentado ayudar más a aquellos que creía que más lo necesitaban. El problema es que si tienes treinta angelitos en clase es más complicado, aunque sepas que hay dos o tres que te necesitan. Otro problema era cuándo lo podías hacer, porque había que atender a la clase. Siempre he tenido ese debate. Como profesor siempre he sido partidario de crear un buen ambiente en clase donde hubiera libertad. El problema es que, según ha evolucionado la sociedad, esa libertad se ha confundido con libertinaje. Nunca creí en que hubiese que haber barreras afectivas entre el profesor y los alumnos, pero eso no da licencia a que la chabacanería se meta en las aulas.

En 2006 sufres un ictus, me gustaría que me contaras cuál ha sido tu experiencia.

A toro pasado se puede hacer un análisis mejor, porque realmente han sido los momentos más duros que hemos pasado. (Mira a Toñi). Sucedió a finales de agosto, estábamos en el pueblo de vacaciones, era por la mañana temprano, y me estaba preparando para irme a correr. Bajando las escaleras de la casa sentí un dolor muy fuerte de cabeza y perdí el conocimiento. Me llevaron al hospital y desde allí me trasladaron a La Paz, donde trabajaba mi hermana en neurología. Estuve treintayocho días en coma inducido en los que mi mujer y mis hijos tuvieron que estar con prácticamente un cadáver. Yo siempre digo que para mí fue la siesta más larga de mi vida, me acosté en agosto y me desperté en octubre. (Se ríe).

Después, la recuperación ha sido muy lenta. No conocía a nadie, no sabía ni andar, ni hablar, ni valerme por mí mismo.  Muy poco a poco hemos ido ganando mucho terreno y hoy en día me alegro mucho de como estoy.

(Toñi). El médico nos dijo que era como un niño que acaba de nacer. No debíamos ayudarle en nada porque tenía que aprender a valerse por sí mismo, se metía unos porrazos tremendos. Él mismo no nos dejaba que le ayudáramos cuando se caía. «Tengo que correr» fueron las primeras palabras que dijo. Yo decía: «¡Bendita carrera!».

Hoy en día ya sé correr, escribir y valerme por mí mismo. Por suerte también he recuperado toda la memoria. Ahora siempre estoy alerta y ejercitando la cabeza, sobre todo, con los nombres de mis alumnos. Es algo que te cambia por completo. Ahora sí que valoro realmente las pequeñas cosas de la vida. Mover una mano, comer, poder dar los buenos días o una sonrisa, ¡vaya si los valora uno ahora de otra manera!

Aunque te jubilaste, no has dejado tu vocación como docente y ahora eres voluntario en el Centro de Mayores.

Al final, todo se va poniendo bien. Una compañera del instituto me propuso dar clase en el Centro de Mayores cuando estaba recuperándome. Al principio estaba muy reticente porque todavía tenía mucho que recuperar, pero me animé y aquí sigo. Estoy encantado de ir. Doy clase de lectoescritura. Algunas de las mujeres han ido muy poco tiempo a la escuela porque han servido siempre a su familia. Yo les digo que pasaron de ser «la hija de» a «la mujer de», y ahora tienen la posibilidad de ser ellas mismas. La labor no es mucha, damos clase los lunes y miércoles, pero el grupo va avanzando, ellas se sienten queridas y yo soy muy feliz. Me siento realizado y tengo la sensación de que estoy haciendo algo por los demás. También, por primera vez en mi vida, estoy dando clases y no me pagan por ello; esas son las clases que a mí me gustan, porque las doy con total placer y no por tener que ganar un salario.

Vocación y humildad son las palabras que definen a José Luis. En los treinta años de docente que ha estado en Valdemoro, cientos de alumnos se han sentado en un pupitre frente a él. Muchos de ellos todavía hoy le recuerdan con cariño por su carácter y metodología a la hora de impartir la enseñanza. El maestro de las barbas, como le nombraban cariñosamente, consiguió hacerse su hueco en el municipio. La historia de José Luis es la historia de un provinciano que, junto a la de muchos otros, enriquecen y construyen la identidad de Valdemoro.

Texto_Sergio García Otero

Fotografía_Ncuadres

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